Bienvenidos a este lugar de consulta sobre poetas, narradores y ensayistas de todo el mundo escritos o traducidos al idioma español.

"... el bibliotecario protege los libros no sólo contra el género humano sino también contra la naturaleza, dedicando su vida a esta guerra contra las fuerzas del olvido"
Umberto Eco

ALBEROLA, Dolors

Dolors Alberola


Sueca-Valencia-España/Jerez de la Frontera-Cádiz-España


Libros publicados:
*Trizas (Sueca, 1982)
*La quejumbrosa vida de John Stemberg (Puerto de Santa María, El Ermitaño, 1997)
*Cementerio de Nadas (Madrid, Ed.Torremozas, 1998), premio Carmen Conde
*El medidor de cosas (Ayuntamiento de Miranda de Ebro, 1999, 1ª ed. y 2000, 2ª ed.), premio internacional Ciudad de Miranda y finalista del Premio Andaluz de la Crítica
*Historias de snack bar (Jerez de la Frontera, EJE, 2000), finalista del Premio de la Crítica Valenciana
*Ire(né) Lanuit (Valladolid, Editorial El gato gris, 2000)
*Conversaciones con Uriel, el pacificador de cosas (Cádiz, Excma. Diputación Provincial, 2001)
*Una nena que porta al cap un ganivet (Córdoba, Aristas de Cobre, 2001)
*El vagabundo de la calle Algarve (Algeciras, Fundación José Luis Cano), premio Bahía 2002
*Apocalipsis Sur (Granada, Excma. Diputación Provincial, 2003), premio Villa de Peligros 2002
*El último tren (Chiclana, Fundación Vipren, 2003)
*Cementerio de arena (Cuadernos de Orpheu, Brasil, 2003)
*El monte trémulo (premio Vila de Martorell, 2003)
*Decomo (premio Cálamo de poesía erótica, 2003), en colaboración con Domingo F. Faílde
*Esa mujer de Lot (Els Plecs d’Alfons el Magnànim, 2004)
*Juego de Damas (Instituto Andaluz de la Mujer, 2004)
*Ciudad contra la lluvia (premio Victoria Kent, 2005)
*Acaso más allá (premio José Luis Núñez, Sevilla, 2006)
*El don del unicornio (premio Ernestina de Champourcín, Álava, 2006)
*El libro negro (Madrid,Ed.Huerga & Fierro, 2006), premio Ciudad de San Fernando
*Ángel oblicuo (premio María Luísa Sierra, Bornos, 2006)
*Arte de perros (Jerez, Ed. EH, 2006)
*El ojo y el tiempo (Madrid, Vitruvio, 2007)
*De donde son las voces (2008)
*Del lugar de las piedras (2009).

OBRA

SELECCIÓN POÉTICA

PUELLAE GADITANAE

Recuerdas, Lepidus,
todas las sinfonías, las palabras,
las veces que han llegado a tus ojos con tules
todas las danzarinas del amor
y te han ido mostrando sus perlas, sus delgados
cabellos orbitando sobre sus ojos tenues,
labrados en la cara
como labran en mármol las leyendas
de ágiles guerreros como tú.
Recuerdas sus cinturas tal arpas que, tañendo,
eran notas curvándose, removiendo tus labios
y los verdes laureles que brotaban
de tu vientre en la noche.

Pero las danzarinas eran cada una la misma,
pero las danzarinas todas,
siempre con la nostalgia de gustarte,
pero las danzarinas siempre
se sabían tu nombre,
pero las danzarinas siempre
bailaban con las sierpes del amor
enroscándose, adustas, en sus pechos
hasta llegar a hacerles cavernas en la sangre,
hasta llegar a alzarles con el amor los pasos
de aquella interminable geometría, del baile
que las iba dejando, exhaustas, a tus pies.

Yo sé que no recuerdas el nombre, el pergamino
de la joven que abría sus brazos y eran fronda,
de la muchacha de ónice que mostraba su piedra
para que tú pulieras su oscuridad recóndita,
para que tú escribieras en ella tantas sílabas
que se dejan grabadas para siempre,
para que tú anotaras
aunque fuera la estela de tu amor.

Yo sé que la miraste,
que la viste envolverte con el velo
mistérico que llevan las mujeres que nunca
pudieron dar sus nombres,
aquellas que tenían patronímicos
como hijas del fuego o de la sombra,
aquellas que añadían al silencio
su cualidad de amantes, las que no respondían
si las llamabas Libia o Gaia o Plubia o Sexta,
porque su nombre era solamente tu nombre.

Yo sé que tú recuerdas, Lepidus,
la vítrea geometría de sus pasos,
el colorido alegre de su gesto,
el vaporoso traje que esparcía
cuando la contemplabas desde el amplio
triclinium. Ella era
una mujer tallada en maderas oscuras,
una mujer desnuda sólo para bailarte,
una mujer que hacía de la música un alto
sacrificio, clavándose
en su silencio el nombre que llevabas.

Yo sé que tú la hubieras llamado también Appia,
Numeria, Tita, Publia,
pero nunca Agelasta, Atella, Audens, Caeca
y ella ya estaba ciega
cuando giraba ciega
ofreciéndote ciega
en sus volutas todo
el incienso y su vida.


ENFRENTE DEL MUSEO

Existen esas calles en las ciudades, rotas,
donde el viento parece llegar de otros inviernos
que ya fueron el mismo a través de los años.

Delante de la piedra que circunda el museo,
en aquella plazuela moteada por árboles
se alzó un viejo patíbulo. Allí murieron todos
los que ceden sus voces a la noche.
No quiero dar más datos del palacio derruido
que se abre en las fronteras de la plaza,
solamente que un friso
de leones y lanzas lo recorre
todavía ciñendo, ya en su altura,
el vacío interior donde crece la grama.

Se oyen voces, mujeres enlutadas gritando
con sus faldas negruzcas de hollín y niños sucios
lanzando piedrecillas con sus pies
mientras tanto sus padres vociferan y aplauden
la muerte de un gañán
que llevaron allí sobre un burro famélico.

Sonaron los redobles de cajas destempladas
y los encapuchados amarraron al reo
las dos manos, sentándolo en el madero justo
para llegar su cuello hasta el tornillo.

Se oyen voces aún en esas calles sordas
que bajan a las plazas oxidadas.
La luna, displicente, levanta sus encajes
contra las hojarascas que levitan,
ajenas al tumulto que se sigue acercando
desde esos otros tiempos, esos otros inviernos,
esas otras costumbres de aniquilar la vida
y yo veo allegarse, oscuramente intruso,
ese tropel de gentes que repiten
la misma ceremonia cada noche.

Cómo borrar aquellas pisadas, los tambores
con sus cueros flojísimos, las argollas, la angustia,
la muerte que disfraza cada vez sus esbirros
y cae lentamente, mientras la luna, impávida,
sigue acariciando
las nocturnas caléndulas que crecen en los ojos.


TORSO ANÓNIMO

Se parecía a ti aquel torso tumbado
entre las aspidistras y los pies de los sauces.
Aquel invierno todo, se parecía a ti,
hasta la lluvia aquella enramándose lenta
por las lentas riberas de los charcos.
Aquel invierno todo tenía tu textura,
los mármoles, las bellas vasijas ya deshechas,
los resecos laureles coronando
las ilustres cabezas y los pozos.

Todo iba anunciándote,
como una lenta calle
que va alzando sus casas, sus balcones,
sus atrios ateridos. Las colmenas
dejaban escapar abejas con tus ojos,
repletas sus mil patas de miel, de tus inciertos
labios que eran de cera. De todo aquello iba
elevándose el cuerpo,
desnaciendo la nada de tu sombra,
envolviéndose el tiempo.

Se parecía a ti, aunque desnudo, era
la misma forma altísima
de llevar tú la ropa, la misma piedra blanca
de dibujar tu gesto,
la misma arboladura de tus piernas,
el mismo pedestal de tu sonrisa. Acaso
sólo fuera distinta la inscripción
que, ya medio borrada, parecía
querer gritar tu nombre
entre aquellas arcadas de piedras inclinándose
hacia aquel corredor de columnas, de losas,
rectangulares losas que se alzaban
apenas sin poder, recortadas por esas
manos que tiene el tiempo,
por esas uñas secas de los siglos
que las viene arañando en su textura.

Yo me hubiera sentado delante de aquel torso,
me hubiera perpetuado en la delgada
sensación que se iba clavando en mi costado,
me hubiera detenido para siempre en su piedra,
pensando que, ya siempre, estaría en la tuya,
pensando que, ya siempre, me quedaría en ti,
pensando que, ya siempre, se detendrían todos
los calendarios, siempre, los vientos detenidos,
siempre la misma lluvia hiriéndose en tu espalda,
cortándose en tu espalda, muriéndose en tu espalda.

Aquel torso tenía,
la fuerza inmemorable de todo un coliseo,
el salvaje jadeo del león,
el quejido del público, ya muerto,
que llenaba las gradas.
Aquel, tu torso, el mismo
que ahora veo cruzar mi memoria y la niebla.


RECUERDA

Te dije:
-Seguiré a tu lado. Soy perra
fácil de contener. No preciso automóvil.
No arriesgo en las subastas.
No te exijo un chalet. Si me pones collar,
desecha los metales de alcurnias elevadas.
Vivo semidesnuda. La calle no me gusta,
me conformo teniendo algún balcón
donde colgar el tedio. Mi escritura
no es fi ngida y antiguos
palimpsestos descubren mi apetito.
Sólo soy una perra
exigente en los huesos:
Son duros de roer los escritos de Homero.
Los versos de Kavafi s me dejan con hambruna.
Regurgito el placer cuando leo a Szimborska.
Debajo de las losas y las alas,
escarbé en el deseo de Cernuda.

Te dije:

-Ven conmigo.
Repliégate a mi lado y miremos al mundo.
Esta vida de perros me despierta la líbido.
Husmearé en tu vientre por si encuentro
un poema de Safo o de Virgilio.


REFRANERO DEL CAN

El poema es el mejor amigo del hombre.
Detrás de un gran poeta existe un perro.
París bien vale un ladrido y Edith Piaf es la luna.
Hasta mayo, no te rasques el verso.
No sólo de la gramática vive el hombre.
Más vale canto en mano que aullido en los bares
de la vida.
Vine, mordí y vencí. Vino, lamió y triunfó
-el hueso estaba echado-.
Las autoridades solitarias advierten
que la vacunación puede dañar, terriblemente,
a la poesía.


TEORÍA DEL ESPANTO

Pobres perros.
Hacinados viajan, caras sucias
entre fardos inútiles.
No les cabe en los ojos la mirada,
saben la libertad como una presa
que se escapa y no logran arrastrar el paisaje.
Pobres perros con sed;
agarran a sus hijos, los aprietan, los miran,
sin poder escapar.
Otros yacen, ya muertos, olvidados de sí,
desconociendo al dios, ignorando los rezos.
Pobres perros, transidos de dolor y cansancio,
babeantes, desnudos, deshechos hasta el fi n,
abominados, fl acos
-son galgos al fi nal de su carrera
y el que les grita tiene su muerte calculada-.
Y no pueden correr,
sustraerse a las garras de su amo,
30
saltar las alambradas, no ser víctimas.
No pueden renegar de la barbarie
ni arrancarse las marcas de su piel.
Se les salen los ojos mirando al horizonte,
caen contra las piedras extenuados,
sus costillas parecen la carne que no tienen,
atienden a las órdenes del que aúlla, gimiendo.
Pobres perros judíos, allá en Austwich,
el negro cementerio del poder de un idiota.


CAVE CANEM

Aprendí a hablar temprano, con el primer hueso.
Despertó mi penuria,
casi al tiempo, de amar la libertad.
Cuidado con el perro –CAVE CANEM-,
porque es animal carente de conciencia;
sólo él es capaz
de arrojarse a la tumba de su dueño
cuando este fenece. Sólo él,
al pie de los amantes esculpido
por nobleza y lealtad. Cuidado,
sus palabras no son edifi cantes,
puede morder, replica
al sentir que le allanan territorios.
Vierte mordacidad, es un poeta,
está loco de luz, es noble, si lo pisas
suele lamer los pies. Ninguneado,
habita las cavernas de la sombra,
suele andar con Platón, lee a Plotino,
su caseta está siempre sosegada.
Cuidado,
¿no leéis el letrero que grita CAVE CANEM al
entrar en la casa de la Literatura?


RETRATO DE MUJER

Ella había crecido
bajo el pilar del templo y la armadura.
Sabía de las eras que no eran,
de las brujas quemadas en Salem,
de Galileo ardiendo como un sol gravitado,
de Servet con la sangre vertida en la quietud.
Ella había cantado
al sol, como quien tiende un brazo.
Sabía de mujeres en mezquitas de higiene,
lavando su colada y de las cosas
que una guerra dejaba calcinadas.
Sabía de caer –cada peldaño, un rictus
de pecado en el rostro,
en la falda naciente de belleza,
en el encaje hostil de los pezones,
en los labios que gritan por poseer más labios–.
Sabía de esplendores
en las yerbas marchitas de los cines.
Sabía de esa escena en que Sacco y Vanzetti
cruzaban el vacío de la historia.
De lo que nunca debe tocarse con los dedos.
Ella había crecido y añoraba
poder plegar sus alas contra un cuerpo.

1 comentario:

Rossana dijo...

Esta sensación maravillosa, de encontrar a mi hermana MAYOR, Dolors Alberola , en tu espacio, querida Norma, me habla, hacia ese, sino que debemos cumplir, los seres humanos.
Precisamente hoy y no antes, me asomé a tu casa, para agradecer y decir , aquí estoy ya, ha llegado la hora.
Te enviaré un correo
A Dolors, que poetaza grande eres, mi hermana/amiga
A Norma : GRACIAS
Besos a repartir
Rossana