Bienvenidos a este lugar de consulta sobre poetas, narradores y ensayistas de todo el mundo escritos o traducidos al idioma español.

"... el bibliotecario protege los libros no sólo contra el género humano sino también contra la naturaleza, dedicando su vida a esta guerra contra las fuerzas del olvido"
Umberto Eco

PERSICO, Eduardo

Eduardo Pérsico,

Banfield-Buenos Aires-Argentina//Lanús-Buenos Aires-Argentina


Obras publicadas:
1978 Crónicas del Abandonado. Cuentos.Editorial Mensaje. (Faja de Honor de la SADE) 3 ediciones.
1982. Gardel Supo Retirarse a Tiempo. Corregidor, Novela.
1983. Resistencia Lunfarda. Poemas. Editorial Rueda. 3 ediciones.
1986. El Olvido está en Libertad. Novela, Editorial.Futuro.
l989, De nuevo lejos de Uppsala. Novela, Ediciones Bell.
1993, Un Mundo Casi Feliz Cuentos y Poemas.
1993. Nadie Muere de Amor en Disneylandia. Novela. (Premio Fondo Nacional de las Artes) Beas Ediciones, 3 ediciones.
1995. Cuentos con Mujeres. 1998, Beas Ediciones.
1998, Madame Bovary era una Buena Chica. Novela, Editorial AINI. 2001. El Infierno de Rosell. Novela. Ediciones del Leopardo.
2004. Lunfardo en el tango y la poética popular. Ensayo y Glosario, Proyecto Editorial.

Participaciones en: Fútbol a Puro Cuento, Ediciones Faro Verde; Escritores argentinos según ellos mismos, compilado para la Universidad INCCA de Colombia, por Joseph Vélez, de Baylor University, USA; Cien sonetos Lunfardescos, Academia Porteña del Lunfardo; Los que conocieron a Borges nos cuentan, Editorial Tres Haches.

Convocado a universidades en USA, España, Cuba, Canadá, y países latinoamericanos, expuso aspectos culturales de Argentina y Amércia Latina en el Hunter College of the City University of New York; Borough Manhattan Community College of New York; Baylor University de Waco, Texas; Greeley University y Fort Collins University, Colorado; Bienal Internacional de Poesía en Madrid, 1987. Por el Instituto Cultural Hispánico de California, en la Pedagógica de Santiago de Chile, Asunción del Paraguay, UNEAC, de la Habana, Cuba; y en 1995, Domínguez Hill University, Los Angeles. Integró la Bienal del Libro en Río Centro, Brasil, año 2001.

Coordina talleres literarios y seminarios en la Universidad de Lomas de Zamora, UNLZ, Argentina. Material último ver Google.

OBRA

POESÍA

ACASO FUERA OTOÑO.

Mi soledad hoy convoca al color de unos ojos,
y a un húmedo paisaje de arroyo y arboleda.
Inicial abordaje entre cuerpos flamantes
de pieles imbatibles y una fuga de pájaros.

Las voces que dijimos son pasado perpetuo.
El ayer nunca entrega ni el más leve latido.
Pero quizá sonreímos al abrochar tu falda
y jamás olvidarnos, tomados de la mano.

La noche seguiría detrás de nuestro paso
y acaso fuera otoño. Tampoco lo recuerdo.

Cada inicial acorde del ‘amor para siempre’,
lo mismo que tu nombre se ha vuelto desmemoria.
Una piadosa sombra menos cruel que el olvido,
que a veces se descuida y nos perdona. (dic.2009)


MOMENTO IRREPETIBLE.

Del silencio a la sombra la luz teje su trama
prolija, minuciosa, sin dejar una hilacha.
A bullicio los pibes van cubriendo la escena
y al abrirse la escuela, ya entonces entra el día.

Convención de torcazas, vaivenes, revoleos
y atávico misterio a perderse lejano.
Cada instante protege su perfil más oculto,
con ecos y sonidos de rumor callejero.

El momento es flamante,
único, recién hecho,
con cielo más opaco y verdor melancólico.

Ahí cruza la vecina que ni siquiera mira
y ya se desmelenan las ansias por el barrio.
Eso sí que es la vida, no jodamos.

Sin respuesta probable me abruma el universo
y hoy quizá necesite imaginarme dioses
que certeros acierten tanto enigma y mis ojos.
Pero ninguno de ellos, aún, me ha convocado.
(setiembre del 2009)


NUESTRO ÚLTIMO CAFÉ.

Hay bares tan opacos que ni siquiera muestran,
el brillo de unos ojos al decir sin reflejos
‘dejamos de querernos, los dos bien lo sabemos’.

En la misma mirada juntamos las palabras,
las tardes en el cuarto, los ardientes desnudos,
y sin la menor huella de la emoción que fuimos,
dejamos los ‘te quiero’ del lado del silencio.

Sin ecos ni rencor, simplemente pasado
salimos a la calle.
Y apenas nos dejamos una misma sonrisa,
cada cual por su lado.

Cuando llega el adiós por esas cosas,
no es bueno esperarlo en Buenos Aires.
Que en otoño y te extraño,
tiene este modo tan cruel con el olvido.

Argentina. (octubre 2009).

NARRATIVA:

ALICIA PLANCHA SU PAÑUELO.

Sólo algo no existe; es el olvido. Jorge Luis Borges.

Tal vez fuera la Madre Superiora quien dijera ´las alumnas reclaman por el gusto de hacerlo’, y en aquel atardecer de víspera increíble Daniela quince años. Ayer nadie la vio, mejor es no hablar de cosas tristes, o ’por algo será’; pero ella no aparece y en herencia de sueño que mantienen las hembras, la cepa de la espera les crece cada hora. Y a viento atravesado o en el mar más profundo, ninguna madre olvida ni un minuto su cría...
Así que pronto anduvo Alicia por la Plaza de Mayo y de blanco pañuelo en la cabeza, junto a otras apretadaS del brazo afirmando el mandato de la sangre. En ellas no valen cobardías ni palabras menores y recorren la Plaza sin el mínimo rezo, contrariando amenazas milicas o la cobarde frase ’yo no me meto en nada’. '¿Qué quieren esas locas desvelando a la gente que desconoce culpas?' - aullaron los 'valientes diarios de la patria' y otros palabreríos anunciando que nada sucediera. Pero, ¿hijos de quienes fueron los muchachos sin rastro tras letales pinchazos y tirados al río?
Daniela no aparece y ni recuerda Alicia cómo aprendió a llorar en tono bajo sin inquietar los ruidos de la calle. Alguien se ha detenido pero sigue en la noche, el resonar de un timbre solamente es deseo y los autos que pasan se llevan la noticia, en tanto para Alicia no es verdad ese sueño de monstruos asesinos y sellados cuarteles.
No regresa Daniela y Alicia carga entero su fusil de recuerdo. Con proyectil de tiempo ella orienta su búsqueda, si nada más que el aire con su manera antigua puede contar la historia sin rendirse un instante. Y a pesar de todos los pesares Alicia imagina a cada rato el rostro de quien robó a su hija; y lo trae de ida y vuelta con la furiosa pena de no olvidarlo nunca. Porque al fin, distraído en menesteres del cielo y esas cosas anduvo dios por esos días, sordo ajeno al minuto cuando Daniela quince años, de los pelos y en andas entre voces de mando y brutal reglamento, derrumbada en un piso de orín y violaciones. Y ha de seguir Alicia requiriendo a quién confió dios conducir la manada...
Pero cada pregunta clavándose las uñas ha sido derrotada de tanto preguntarse. ¿Quién dispuso que Daniela quince años no volviera a decirle que unos tipos de anteojos apagados por cumplir unas órdenes bestiales, la arrastraron y luego lo demás igual de miserable? Hoy Daniela no está y Alicia plancha su pañuelo. Ya vuelta de los años sin consuelo anda su pena visceral contra las voces muertas de los comunicados. ’Señoras, investigaremos hasta las últimas consecuencias’ y otras jaranas que tanto han divertido a tipos de uniforme y de sotana. Pero Alicia pervive, ya sabe quién amenazara ’las alumnas no deben reclamar ni sonreír a destiempo’, infamia que también le duele cada hora. Y el nombre de pretores de astrales intereses al ordenar ’ni una sonrisa adolescente puede quitar al rezo de su sitio’; y más tarde Daniela aullara en medio del tormento.
Han de seguir el sol clareando grises y el perfil del jazmín bajo la lluvia; nadie esquiva el fusil de la memoria aunque cambie su aspecto cada día. Sólo algo no existe, es el olvido, y el aire prosigue su relato si Alicia plancha el pañuelo que llevará a la Plaza.


APARICIÓN DE LA OTRA.

Aquel viernes la mujer cerró su estudio contable y viajaría a la costa sin manejar su auto. Ya saliendo de Buenos Aires en el último asiento de un ómnibus, a media tarde presintió el fin del verano. Ella andaba cerca de cumplir cincuenta años, temible divisoria entre mujeres, y aquello también rondaría la inevitable discusión que tendría con su marido en la casa de veraneo. Algo nada agradable.

Unos futbolistas en los asientos cercanos quizá le aturdirían el viaje pero el hombre a su lado, sobre el pasillo, le sonrió que los muchachos viajaban cerca y le ofreció acomodarle el bolso en el portaequipaje. ‘Sí, gracias’ dijo y no sospechó nada en la tibia demora sobre su mano. Por una hora larga fueron cambiando frases de ocasión: ella habló de su hija de veinte años y no mencionó estar casada con un político ‘siempre en campaña’, y el hombre, algo menor, reconoció ser un perpetuo viajante ‘por ahora en seguros’ y divorciado hacía mucho tiempo. El ómnibus iba a buen ritmo hacia cuando el día cae plomizo sobre el campo, y al descender el grupo futbolero y acallado el murmullo, los dos quedaron en el último asiento lejos y apartados del resto.

Al rato y tal vez no de improviso, el hombre le tomó una mano con decisión y le habló sonriendo ‘al fin solos’. Acaso ella fingió distraerse pero más bien nadie vería cuando él musitó ‘permiso’ al quitarle los anteojos. Ni apenas atinó al usual ‘¿qué hace?’ sin convicción al ablandar los labios al imprudente beso y como si obrara por reflejo, aflojó una mano hacia el pecho del hombre debajo la camisa. Se apartaron a mirarse en los ojos y ya retomaron el juego que les conmovería más allá de la boca, creciente impulso tras ocultos fervores que refrena la especie. ‘Nuestra pasión también somos nosotros’, le recordó esa otra mujer que contuviera ella.
- Carlos- pronunció él al separarse y rozar suave sus ojos con dos dedos.
- Daniela- pronunció por primera vez en tanto él ambulaba su mano infructuosa en destrabarle un cierre. Y de haber sabido eso, la otra, Daniela, hubiera vestido una falda liviana en lugar de ese incómodo pantalón vaquero, sonrió…

Bajaron en el primer pueblo y entraron a una hostería donde él solía dormir. Sin demasiado preámbulo, en la habitación Carlos se adelantó a moderar el agua para bañarse juntos y al quitarse íntegramente la ropa, ella se alegró que ‘la otra’ le dispusiera esa libertad. Y juntos derivaron a linderos con incitaciones que en sus sueños ella anhelaría traspasar. Sin apremios cada uno ahondaría la intimidad sin límite o precepto, hasta culminar en el primer temblor tan ajeno a misa y confesiones, y gloria de compartir aquel desborde entre desconocidos.

Desde empezar el viaje hubo horas en un tiempo sin medida relojera, y no por ser llamada diferente se sintió feliz. Ella o aquella imaginaria recién aparecida, amada con la intensidad que prometen los sueños, se convirtió en hembra plena con más gemidos que palabras en aquel regodeo de explorar socavones de su cuerpo. Y quizá tan sólo descubrieras eso, le diría Daniela…

Al anochecer pidieron algo de comer, coincidieron en dos copas ‘del mejor vino blanco frío’ y charlando con alguna ternura al paso, se durmieron. Tal vez abrazados por un rato. A la mañana el hombre prometió ver a un cliente y volver pronto, la besó al salir y le puso en la mano sus datos y teléfonos ‘por cualquier cosa’. Ella dobló la tarjeta sin leerla y al verlo irse la dejó por ahí. Después recompuso su maquillaje, acomodó sin apuro el bolso de mano y dejó la habitación.

- ¿A qué hora hay micro a Buenos Aires? –preguntó.
- En veinte minutos – le dijeron. Así que tuvo tiempo para un jugo de fruta y subir al ómnibus que llegó puntual. (enero 2010)


EL IMPERDONABLE DOCTOR TALCAHUANO.

Acaso por vivir su niñez entre tías de llevarlo a misa los domingos y otras desechadas costumbres, aunque fuera un especialista en asuntos de familia al doctor Talcahuano las mujeres le alteraban el ánimo. Exitoso profesional que al ir engrosando sus ingresos como abogado y ya casado con Silvia, contrató de secretaria a Lorena, divorciada de treinta y cuatro que de tan segura y eficiente, no admitió encamarse con él en la hora del almuerzo. ‘¿Pero cómo? Esa habitualidad es de rigor entre nosotros’ le anunciaría un colega, pero también por cosas habituales su esposa y Lorena, su empleada, cada tarde más charlarían por teléfono y según los códigos mujeriles fueron ganando espacio, sin aviso las dos decidieron juntarse a tomar un té. Ya en el primer encuentro que repetirían cada tanto, hablaron de amoríos, desencantos, arrimes en lugares imprevistos y al pasar, Lorena deslizó su amistad con otra adolescente cuando viviera pupila en el Sagrado Corazón. Un renglón que sin esperarlo entusiasmó a Silvia, 'contame más, eso debe ser apasionante', siguieron confesiones que cambiarían la inicial formalidad y al despedirse admitieron, entretenidas en mirarse, compartir el anuncio de un secreto. 'Somos tan pacatas que vivimos ocultando', se animaría Silvia; Lorena la miró humedeciendo los labios 'depende de la otra persona' y se despidieron postergando palabras. Unos días más tarde en el mismo bar, se distrajeron en rozarse las manos al juntarse. Silvia pidió un whisky y Lorena una copa de vino blanco; la charla andaría nuevos carriles y el mozo por un rato ausentaría su mirada. Acaso cuando alguna de las dos repitiera 'me gusta estar con vos' convinieron reunirse más tranquilas y secreto decretado. .

En el pequeño departamento de Lorena anduvieron al desgaire y luego de preparar café, se acercaron a ver decaer la tarde, sin hablarse. Los pocillos en la mesita baja se irían enfriando, el venidero paso no era fácil y al arrimarse Lorena se recogió el pelo con las dos manos. 'Estoy algo nerviosa' alcanzó a pronunciar Silvia y un beso temeroso las conmocionó; ya el temblor de las anunciaciones se adueñaría en tanto afuera ya el atardecer era un fulgor opaco. Las manos se animarían a recónditos sitios, y al destrabar breteles y desechar encajes llegaron enlazadas al insondable milagro de algarabía, se dijeron más tarde.

¿Qué pasiones postergadas las enamoraron para que ‘estas dos locas se fueran a vivir juntas’?, - se preguntaría el abogado Talcahuano uno meses más tarde cuando su esposa Silvia le dijera ‘lo nuestro se acabó, Facu. Aquí termina’. Aunque acaso para él la desdicha mayor que su derrota catedrática, - no hallar jurisprudencia adecuada, como abandono preterintencional o tesis parecida- fue la bestial vindicta varonil de sus colegas. 'Pero doctor, ¿cómo dejó que las dos minas lo cornearan en un solo acto y al mismo tiempo? Eso no es profesional y nos hace quedar muy mal a todos'. Pero claro, al doctor Talcahuano las mujeres solían alterarle el ánimo…


GUARACHA AL CORAZÓN.

Esta noche en el Queens cantará Paquito, Rey de la Salsa, se alegra Juana y contonea ante el espejo sus rotundas tetas tucutum tum tum, y rebusca la ropa de atender en su ‘apartament’ diminuto pero en New York, que no era poco. Y en aquello de aguardar a un cliente; admirador amigo; calza sus medias negras, corpiño de sólo encaje y jubón de satén que permitiera ver y calentante, tacones sin pulsera de quitar fácil y bailar descalza que así es el juego. Y en meneadora soledad de pelearle al duro frío de invierno se alista la Juana a puro tucutum tum tum de cuerpo entero, que tan bien luce.

Buen fin de semana se le ofrece; quizá caiga nieve en la ciudad y ella se apresta en atender al viejo Robert, infaltable si ya anunció caballeroso que vendría y él, espectador dos veces por semana de su guaracha calentona, es de cumplir horario y paga por contemplar a pleno su cuerpo categórico. Eso que se mira y no se toca disfruta el Robert, sólo desnudez cien dólares cada martes y viernes, que por más yanki ingenuo y frío según dicen de los yankis, a él le alegra el alma el tucutum tum tum de la guarachera Juana. Y hombre maduro exhausto de lengua afuera al subir los cuatro pisos, cuelga su chaqueta en el asta de una silla y vuelca sobre la cama desbrozando bragueta en un ejercicio ejercitado. Para fingir mirar el techo, que ya la Juana se pegó el enjuague de axilas propio a mexicana de sudor caliente y principia el ritual de calentura. ‘Y mira chico’ le dice en español y acerca y retira según le enseñara su abuela la putanga.

Juana se contonea a racha en lentitud, entorna los ojos porque su fantasía sirve en la ceremonia, y bien recuerda que anoche tanto la complacieron con las adulaciones en ‘El Patio’, donde de nuevo actuará el Paquito y a ella la endulza esa compatriotidad latina donde saben que ‘la Juana es hembra modelo de la publicidad’, y que su inglés hasta suena neoyorkino. Si para ella veinte es ‘tuani’ y ciudad se dice ‘cery’; aunque no logre su legal documento, a pesar de ser hembra afilada por muchos que cada noche convierten su trago en imperioso semen que le darían a ella, cada minuto más hermosa según los tragos de madrugada. Aunque los tipos sepan que no vale pasarse de manos con la Juana, ni la menor corajeada latina de ninguno…

Y ya vamos mi veterano Robert quietecito a recuperar resuello y fingir mirar el cielorraso que la Juana ya tucutum tum tum bien cerquita y limitado atuendo hace lo suyo. Proscenio de cuatro paredes y dos espejos más esa cama que con Robert nunca usara, meta y dale tucutum tum mimbreando su lenta guaracha con el saliente culo juvenil que contoneado es infalible. Y Juana tan sabedora se apoya de revés en una silla y al elevar de cóncavo despliegue su trasero la va luego de piernas largas a favor de oscuras transparencia. Y vaya de a poco tembleque tucutum tum tum con sus soberbias tetas ‘que la candela le baja de los hombros a esta niña’, se decía su abuela al entrenarla.

Ella, íntegro fetiche exclusivo para el bueno de Robert y venga Juana humedeciendo su boca coloreada por Dios para la eterna tarea de calentar a un macho; eso, que el hacerse mirar es oficio del cielo y mientras sudan obreras malpagadas o sirvientas a miserable precio, lo de Juana es virtud de hembra elegida. Codiciada al demostrar en tumbeos de guaracha tucutum tum tum, que nadie aprende en la primer encamada y cada oficio requiere requiere darle tiempo. ¿Y qué nombre daría Juana a ese hombre que la mira queriendo dormirse y amanecer con ella entre los brazos? Pero a no distraerse en aquello de ir perdiendo su poca ropa en danza lenta, prenda a prenda quitando breteles que la embretan, muévete pez perca percanta desbrozando escamas del misterio que le enciende calenturas a cualquiera con sólo imaginarte, Juana. Así que sigue bailando que en horitas ha de llegar la noche ya la verá el Paquito, Rey de la Salsa, que también prometió documentarla y jamás pudo, se dice al soltar al aire su corpiño y el viejo Robert en la cama de mirada fija y un hilito de baba, en tanto le guarachaba tucutum tum tum recibiendo la visitación de los caprichos compadres. Pero con todo, no es fácil entibiar el Village a puro contoneo.

- Siento frío, Robert. – cortó Juana su danza a pelvis descubierta y al vestirse descubrió una mano crispada del hombre en la camisa. Su guaracha tucutúm tum tum hizo lo suyo pero el buen Robert, inmóvil, era un yanki correcto de no fingir caerse muerto en un cuarto piso sin ascensor.Y cuánta complicación Juana, justo un viernes que podría nevar en New York y por ahí actuaría Paquito, Rey de la Salsa.


MADRUGADA DEL DESOCUPADO.

Con mis bolsillos llenos de fósforos gastados y otro fin del verano sin conocer el mar, remonto el tenso barrilete de la noche. Vago hastiado de ómnibus errantes en la madrugada y de miradas sin novedad ni asombro, soy esa sombra que ambula intuyendo soledades detrás de las ventanas. Misterios silenciosos boca arriba y el indomable insomnio de buscar algún dios de cielorraso.

Hoy ya sin trabajo arrastro dolorido mis raíces, retazos que vienen en la sangre, cierta traición diminuta y cotidiana más los ‘te quiero’ supuestamente eternos. Ya resulta improbable que la gracia divina secunde mi camino, y así deambulo este tanguero juego de caminar silbando, sin más anhelo en esta noche dura y sin renglones de algún recuerdo bueno. Y cuando el amor anda solo por la noche, más presiente caricias detrás de las ventanas y los humores desbocados del instinto.

Sin rumbo y desolado, cargo con la ausente mirada de otros ojos y esa pequeña muerte que ronda al solitario. Intuyendo detrás de cada ventana los pechos anhelantes, deseos humedeciendo bocas y el ferviente incendio de cuerpos que se aman y se inmolan. Es que la procreación, sin darnos tregua, se aparea al placer que vale doble si con él abatimos las soledades mutuas; sólo el amor conjura si ejerce la alegría desgarrando las sábanas…

Han de ser ya las tres y al amanecer no habrá tarea que señale mi existencia en el mundo. Pronto la estación ha de quedar vacía y aunque el banco del andén es harto duro, los guardias de los trenes simulan no mirarme. (dic.2009)


PASAJEROS DEL MISMO VIAJE.

Dos hombres repitieron durante años sus viajes en el mismo tren, con salidas seis en punto y llegadas seis y quince a Constitución. Quien ya venía sentado leyendo era un empleado de Tribunales conocido por jueces y secretarios, que sonreía para sí al ver en el diario algo que trabajara en su escritorio. El otro, que suponía ‘este viene desde Temperley, tan cómodo’, viajaba de pie sobre el pasillo y era el padre de Jorgito; un pelo corto que por la tarde tecleaba escalas en el piano, aún lejos de Bach y de Clementi. El de viajar sentado pensaría que el mismo horario los igualaba ante las arengas del ministro de economía, ocultas amenazas oficiales y paros sorpresivos que engrosaban la charla de cada cual en su trabajo. Palabrerío donde después de ‘todos los días una huelga, qué barbaridad’ llegaba el irrisorio ‘este país necesita alguien que mande’; aquel aliento a comunicados militares, recomendaciones de uniforme con fuerza de ley y la bendición de dios para proteger la patria. Y cuando el calor renacía el yuyal entre las vías, ellos dos no se cruzaban en tanto sus vacaciones no coincidían.

Por los años setenta Jorgito, que ya era Jorge, consiguió trabajo como pianista y aquel verano sus padres se lucieron diciendo ‘sí, anda por la costa haciendo baladas, rock y esas cosas. Le va muy bien’. Y al retornar en otoño usando barba y un lenguaje enrevesado, ‘este Jorgito’ los preocupó. De pronto entre armonías de Bela Bartok y desenfados del Jazz Quartet, se trenzaría con sus nuevos amigos en descifrar el compromiso social del canto y si la música era el arte de apasionar la política. O cosas así.

Los dos pasajeros imaginarían al otro; trabajos, mujer, hijos; y también los acompasaba la idea sigilosa de la jubilación. Cierta vez hasta compartieron un asiento sin hablarse, pero de tanto Lanús a las seis y en quince minutos terminal Constitución, irían opacando trajes y corbatas y sospecharan los arpegios de lluvia tras el vidrio. Eso sí, sin dejar de apreciar a las muchachas volviendo del verano piel caoba, aquel tren a tren tiempo a tiempo les cambiaría el paisaje sin notarlo.

Jorge sin más noticias se fue convirtiendo en un sollozo perpetuo de su madre, ‘dios quiera que por la música haya viajado lejos’, al tiempo que el empleado de Tribunales iría sabiendo de invisibles tratantes en negociar hijos de personas asesinadas. Desaparecidas. Y tantos ‘vaya uno a saber’ farfullados en pasillos y mingitorios del Palacio de la Justicia. Igual, por los noticiosos litigarían generales contra brigadieres por más incienso en la iglesia, sin confesar el sitio de ningún oculto cementerio.

Y pasados ya más de veinte años, cierta vez entrando a la terminal algún muchacho revoleó unos volantes y saltó a correr por el andén. Mirándose a ráfagas ambos leyeron algo del hambre y el gobierno usurpador y al bajar del tren, quizá elevaran las cejas conviniendo. .
- ¿Qué le parece si tomamos un café? – dijo uno sintiendo continuar un diálogo anterior.
- Por supuesto. Después de tanto, ¿quién nos puede reclamar por llegar tarde? (abril 2010)


EXPERIMENTO.

Sin que haya algún posible que pudiera evitarlo, el sol despierta y anda sin pausa ni demora. Su átomo de eternidad le corresponde.
De esa lumbre reciente que atenuó el horizonte, el mismo sol opaco en la alameda ya se entrega al designio de la tarde.

Las luces y la noche son formato de tiempo. Un impulso incesante sin pactos ni retrasos. Nada apremia su espera. Lo perpetuo es latido riguroso y el día volverá, qué duda cabe, pero anhelos constantes acrecientan la tarde.

Si muere un pibe de hambre cada cinco segundos se agotaron los dioses de leyenda y milagro. No más sermón errátil de compartir los panes
si muere un pibe de hambre cada cinco segundos. El perjurio de magias y cielos del arcano, son antiguos borrones caídos en desuso. La continua derrota de esperanzar la espera.
Hambrientas multitudes sin hallar pertenencia, príncipes sonrientes al temblor del vencido, patrones de la tierra y burlas del Poder son siglo veintiuno.

De persistir sin cambio el peso de los cuerpos, el aire que se eleva y otras físicas claras, es frívolo joder a nuestra especie a toda hora. En cuanto si todo es un incipiente ensayo, - acaso experimento- es hora de avisarnos.
Y digamos también, sólo para saberlo. Agosto 2009.


ENSAYO:

EL TANGO LLEGÓ A LA ARGENTINA DESDE ANDALUCÍA.
(Y cuánto contradiga eso, es probable).

Una idea difundida sobre el origen del tango sostiene que nació sin letras por 1880, que deviene rítmicamente de la habanera cubana y que luego, al recibir ‘letrillas procaces y prostibularias’, se iría transformando con giros a veces enriquecedores y otras transitorios y olvidables . Así sintetizado, los primeros tangos de difusión popular fueron expresiones bailables, sin canto, y que entre 1890 y 1900 fue incorporando letras picarescas y lunfardas de las que se guardan aún registros. Tal vez esto no sea muy incierto pero el concepto pertenece a una línea que por décadas ignoró un aporte ciertamente esencial; la raíz andaluza mostrada en los primeros tangos; tan evidentes en los de Angel Villoldo, autor fundacional de esa música y cuya obra más destacada se diera a inicios del siglo veinte. Aquel razonamiento inicial, también, creyó inseparable al tango del lunfardo, esa jerga o código entre dos para que no se entere un tercero, que al fin resultaran dos expresiones culturales independientes; más bien dos absolutos perfiles argentinos potables y libres de la colonia, que bien entrado ya el siglo veintiuno sostienen cierta identidad de nuestro pueblo.

Sin fervores ilimitados, digamos que el influjo del tanguillo andaluz y el aporte sentimental del fado portugués, - este poco considerado pero evidente- son ineludibles a la hora de interpretar el origen del tango, una expresión musical incorporada al modo esencial de generaciones de argentinos y que aún persiste.

A pesar de no ser al principio un género cantable, ya por el año 1811 aparece una copla entonada por los combatientes de Cádiz ante la invasión napoleónica: ‘con las bombas que tiran los fanfarrones se hacen las gaditanas tirabuzones’, a propósito de las bombas francesas que no estallaban. Y aunque no perdure su línea rítmica, refiere el especialista Roberto Selles en Las Primeras letras del Tango, que la milonga siempre fue ‘una especie musical surgida del canto, como sus antecesora, la guajira flamenca’, en cuanto ‘milonga’ es una voz del Quimbunda, un lenguaje de los negros del sur de Brasil que significa ‘milonga: muchas palabras, palabrerío’. Que hoy decir ‘déjese de tanta milonga’ expresa categóricamente ‘por favor, no hable de más’; un dato acaso prescindible pero que enlaza con que las primeras guajiras acriolladas entonadas por los porteños eran letrillas andaluzas de mala intención o de carnadura prostibularia. En 1857 se estrenó en el Teatro de la Victoria de Buenos Aires, Tomá mate, che, del español Santiago Ramos, que aludía al hábito criollo de tomar mate y por ahí decía ‘me dijo un moza al verme, este porteño me mata. Tomá mate, che, tomá mate, que en el Río de la Plata no se estila el chocolate’.

Más adelante, 1868, aparece el primer tango que dicen se oyera en Argentina, El negro Schicoba, de José María Palanzuelo, organista de la Catedral de Buenos Aires con letra de Germán Mc.Key, un actor panameño, y es una canción andaluza con aire muy juguetón que decía ‘un tango cara cun tango, un tango cara cun té, dame un besito mi negra ahora que nadie nos ve’. Otro estudioso, José Manuel Caballero Bonald, en su obra Danzas Clásicas Españolas de la escuela Antigua, habla entre otras del ´bartolo’ o ‘bartolillo’, y los versos identificatorioa resaltaban ‘Bartolo tenía una flauta con un agujero sólo y su madre le decía, tocá la flauta Bartolo’. Esto en Uruguay se adaptó en milonga y en Argentina, además de otras varias, se cantó como tango ‘Bartolo dejó una mina, yo no la quiero dejar, porque me calza me viste y me da para morfar’. Anteriores a este ya existían otros tangos andaluces que se acriollaran marcados con el ritmo de la habanera cubana, como el “Queco”, sinónimo de quilombo, que cantarían las tropas del general Arredondo por 1875, antes de la batalla del Quebracho: ‘Queco vení pal hueco, Queco, te tengo que hablar’, prolongado en su primera memoria como una expresión de tango compadrito. Por 1881, en Colección de Cantes Flamencos, de Antonio Machado y Alvarez, se menciona El Tango de la Casera, que los porteños convirtieron en Tango del Recoletero aludiendo a quienes participaban de las romerías de la Recoleta o del Pilar; reuniones de familia dl día que por la noche era concurrido por algunos bailarines de tango. El ya mencionado Angel Villoldo, - que fuera el primer autor profesional de tangos en cuanto los demás lo ejercían sin mucho rigor musical- tomaba de base al tango andaluz y al cuplé. Por ejemplo La Morocha, su tango más renombrado y difundido internacionalmente, que escribiera en 1905 sobre música del pianista Enrique Saborido, es decididamente un cuplé, concebido para ser cantado por la española Lola Candales, quien junto a Saborido actuaban en un cafetín de la calle Reconquista en Buenos Aires. Por 1906 Villoldo compone Cuidado con los Cincuenta, otro ingenioso tema por su construcción musical y fuera grabado por muchas orquestas modernas pasado más de medio siglo. Ese tema, por su argumento y el modo de contarlo era un indudable tango andaluz: ‘una ordenanza sobre la moral decretó la autoridad policial, y por la que hombre se debe abstener decir palabras dulces a una mujer. Chitón, que al que se propase cincuenta le harán pagar’. Además del reconocido Cuidado con los Cincuenta quedan otros rastros del género chico español en los compadritos de Villoldo: ‘aquí tienen al torito, el criollo más compadrito que pisó la población’, hoy mismo suena divertido y zarzuelero. Y sin ningún ánimo crítico suponemos que este autor, Angel Villoldo, no tendría noticias de la opinión que Domingo Faustino Sarmiento publicara en su Facundo, Civilización y Barbarie por 1845: ‘en Buenos Aires sobre todo, todavía está muy vivo el tipo popular español, el majo… todos los movimientos del compadrito revelan al majo; el movimiento de los hombros, los ademanes, la colocación del sombrero y hasta la manera de escupir entre los colmillos, todo es de un andaluz genuino’. Una muy aguda observación de Sarmiento no muy concurrida al menos en el ámbito de la tanguería.

Lo mismo, en más de cien años de existencia el tango tuvo transformaciones en su ritmo así como sus letras llegaron a influenciar toda literatura de los argentinos. Hoy mismo, los escasos nuevos tangos mantienen la distintiva argumentación ‘de lo personal a lo social’, y su construcción musical profundizó una tendencia a ser música de cámara por su mayor elaboración armónica y apta sólo para solistas cada día más aptos.

Tal vez todo eso geste interpretaciones que no le quitarán el carácter argentino al tango, ya advertido por Jorge Luis Borges por 1930 al opinar sobre la calidad literaria de sus letras: ‘de valor desigual ya que proceden de plumas heterogéneas, las letras de tango que la inspiración o la industria han elaborado, integran un inextrincable “corpus poeticum”, que los historiadores vindicarán. Es verosímil que hacia 1990 surja la sospecha de que la verdadera poesía de nuestro tiempo no está en La Urna, de Enrique Banchs ni en Luz de Provincia de Carlos Mastronardi, sino en las piezas imperfectas que se atesoran en El alma que Canta. Y se refería Borges a una popular publicación semanal que difundía las letras de los nuevos y viejos tangos, agregando luego ‘esta suposición melancólica o una culpable negligencia, me ha vedado el estudio de ese repertorio caótico’. Una irónica reflexión en alguien como él, indudablemente argentino, que hubiera merecido un debate mayor entre nosotros, y que quizá no encaramos por esta tendencia nacional a mantener vigentes nuestras contradicciones. (dic.2009)

EL COMPADRITO BORGES

Al referirnos a uno de los exponentes más serios y representativos de nuestra literatura, podría decirse que por cierta costumbre típicamente argentina, por mucho tiempo Jorge Luis Borges fue ignorado y desapercibido. Acaso al insistir desde Europa por su importancia poética y narrativa reconocida y difundida por el crítico francés Roger Caillois, según muchos su descubridor, en Argentina también fue reconocido en su mejor dimensión. En verdad sin fijar esto como una certeza, algo parecido nos sucedió con Carlos Gardel, considerado un cantor popular más y luego resultara una valiosa personalidad cultural de los argentinos; y hoy tanto Jorge Luis Borges como Carlos Gardel son innegables exponentes de esta comarca. Sin discutir si fueron publicitados en el exterior y luego descubiertos aquí, igual aconteció con Julio Cortázar y Astor Piazzolla como si fuera primordial la aprobación externa para valorar mejor lo propio. Y de cualquier modo Carlos Gardel y Jorge Luis Borges valen por ellos mismos sin ninguna polémica provinciana.

Podría apreciar como lo más interesante en Borges desde el punto de vista literario, es que ‘él escribía como si estuviera escribiendo’, sin sentirse presionado en su propio un juego donde casi siempre usaba la complicidad del lector. Una complicidad nada fácil sino más bien lúdica de bromear con él mismo y los demás. A Leopoldo Lugones, por ejemplo, un referente literario obligado entre nosotros, él lo definió como ‘un hombre que se tomaba demasiado en serio’. Algo nada casual.

Por otra parte, podría decirse que la veta fantástica de Borges no le vino desde la literatura sino del propio país. Como un indudable argentino que era, la inflexión y modo al decir lo hacen el escritor nacional por excelencia. Tanto que al leerlo en voz alta; un buen ejercicio; se lo puede imaginar acercados al fogón en una cocina del campo, diciendo ‘vea don, yo le voy a contar, esto sucedió cuando fuera la crecida grande del noventa’ o algo parecido. Cómodamente él podía empezar a relatar así y en un país como la Argentina, poblado por lo europeo, que casi no tiene jungla y sí una geografía transparente; un país casi sin literatura rural, reducida a tres o cuatro obras, lo ‘nacional’ deviene más del modo de contarnos que de lo temático. Y no es extraño que la escasa literatura rural argentina nos sugiere lo misterioso o enigmático de un país selvático. Acaso por eso Borges nos entrega detalles técnicos muy valiosos: no se distanciaba del texto según hacen los narradores para no involucrarse ni esquivaba usar la primera persona y con ella daba su opinión. Un recurso que se aprecia en su ‘Hombre de la Esquina Rosada’, en el relato impersonal según el Juan Muraña o en la llana la forma coloquial de la milonga Jacinto Chiclana: ‘me acuerdo fue en Balvanera en una noche lejana, que alguien dejó caer el nombre de un tal Jacinto Chiclana’. Y esa sencillez intimidante a veces lo repetía en el trato personal y en mi caso, comencé a verlo como un compadrito inconcluso, frustrado, y a rachas, un payador de boliche. Una idea que me indicó escribir algo de ‘un tal Borges, el Inglesito, aquel payador que supiera contrapuntear por milonga en un boliche de Turdera’.
Eso que no vendría, pero al entrar en confianza Borges era un porteño sobrador y canchero, según conversara con él en 1970 y años más tarde. Por 1970 él todavía se animaba con algún detalle ingenioso; sin ‘ingeniosidad; esa malversación del ingenio que cae en la ramplonería’. Solía bromear con él y otros escritores casi sin piedad: de Federico García Lorca sentenció que era un ‘andaluz profesional’, una feroz ‘cargada’ de porteño, aunque al mexicano Alfonso Reyes lo solía recomendar: ‘si quiere escribir bien en castellano debe leer a Alfonso Reyes’. Además era un incansable corrector – ‘hay que publicar para no seguir corrigiendo’, y la palabra ‘trinchante’ en dos ocasiones muy precisas lo habían confundido. Decía que los mexicanos al sitio de guardar las copas lo llamaban ‘trinchero’; y esa palabra lo disgustaba. Luego en el cuento ‘El Muerto’ dice ‘hay un remoto trinchante con un espejo de luna empañada’ y en ‘El Aleph’ fue y vino varias veces, decía, con ‘Beatriz Viterbo, frente al trinchante’ hasta decidir ‘Beatriz Viterbo de perfil en colores’ y a otra cosa. Además, su cuento ‘Hombre de la Esquina Rosada’ conoció una especie de crónica policial en el suplemento de Crítica, ‘Hombres Pelearon’, y luego otra anterior al cuento definitivo. Fue un entusiasta de la corrección.
No pocos vieron en Borges a un ingenioso escritor, pletórico de argumentos perfectos, y sin embargo la frescura de su literatura pasaba más porque él se divertía escribiendo. Y sería bueno releer lo su trabajo junto a Adolfo Bioy Casares con el seudónimo H. Bustos Domecq, ‘Seis problemas para Don Isidro Parodi’. En ese libro estupendo, escrito ‘en complicidad’ por 1942, insinúan una broma futbolera, seguramente urdida por Bioy, y una vez al comentar eso Borges fingió sorpresa y se sonrió. En el libro un personaje, Honorio Bustos Domecq dice ‘durante la intervención de Labruna, fue nombrado primero Inspector de Enseñanza y después Defensor de Pobres’. Esto estaba escrito en el año ’42 cuando el River Plate fuera campeón y ellos escribían por Vicente Casares escuchando la radio. Borges nunca fue futbolero y tomar a un locutor diciendo ‘brillante intervención de Labruna’, se lo endosaba a Adolfito Bioy Casares. En otro cuento de ‘Seis Problemas’, alguien nombra las figuras del zodíaco y don Isidro Parodi le pide decirlas al revés: en vez de Toro, Roto, o por Carnero, Ronecar, y Borges confesó que dar vuelta así las palabras ‘no era chamuyar al vesre’, una frase que acrecentó nuestra confianza.
La primera vez hablamos por 1971 o 1972. Yo colaboraba con una revista literaria de Lanús, ‘Ateneo’, y por eso y otros asuntos iba muy seguido a la Biblioteca Nacional, en la calle México, que por entonces él dirigía. Había gran fervor por el retorno peronista y José Edmundo Clemente renunció a la vice dirección. Ahí actuaban tres delegados gremiales muy jóvenes, con las banderas de la transformación necesaria al país y otras apoyaturas. Un señor Zolezzi y otro empleado, Amón, solían contar que sin estar Clemente los delegados pidieron audiencia y los atendió Borges. Los muchachos le plantearon cosas tipo ‘hagamos la revolución’ y muchos creyeron que Borges se aterraría, pero más tarde él mismo le dijo a Zolezzi ‘hay que atenderlos a estos muchachos; yo estoy de acuerdo en muchas cosas con ellos’. Algo asombroso para quienes veían en Borges a un reaccionario absoluto, y esa tarde se habló bastante que por cierto que él se mandaba alguna opinión retrógrada cada tanto, pero en su obra jamás descalificó al orillero ni al gaucho, al negro o a los laburantes. Y atención que los escritores deben calificarse por su obra, y más aún, por lo mejor de la misma.
Por entonces el despacho de Borges de la calle México estaba en el primer piso y él subía por el ascensor. Al lado de una dependencia oficial, creo de la prefectura, había una casa de inquilinato; un “convoy” típico de Montserrat o San Telmo. El algún mediodía de verano Borges escuchó que abajo, en el zaguán del inquilinato, alguien trataba de tocar una milonga en su guitarra. Zolezzi le preguntó si debía cerrarle la ventana y él le contestó ‘no, es linda la milonga. Ojalá el hombre no la aprenda nunca y la siga tocando’. A propósito de esto, Borges tenía una idea de la milonga taconera, retrechera, muy propia de loa años diez al veinte, y no la versión nostálgica que adquirió la milonga más tarde. Igual con respecto al tango él tenía la lógica de los argentinos de Buenos Aires, hablar de su época de oro negando las transformaciones instrumentales y el cambio de gustos, por ejemplo, de Astor Piazzolla, Tanto que en una reunión alguien con una guitarra frente a Borges y este muy cansado de hablar el Papa como un funcionario de la iglesia que enojó a dos o tres, el guitarrero entonaría la milonga de Jacinto Chiclana y le preguntó a Borges si recordaba al autor de la música. Y el viejo muy molesto respondió ‘no sé, me parece que fue Guastavino’, evitando nombrar a Piazzolla, el autor. Eso le afirmaba su adhesión bucólica a los tangos del año veinte.

En su literatura existe una etapa criollista y otra más cosmopolita, pero aunque notara ciertas exageraciones del criollismo, Borges jamás dejó de serlo. Al preguntarle si Macedonio Fernández tocaba la guitarra, él respondió lo esperado: ‘le gustaba afinarla y sacarse alguna foto con ella, pero nunca lo escuché tocar’. Y a propósito de Ricardo Güiraldes contestó ‘sí, Güiraldes tocaba la guitarra porque creía que con eso defendía el criollismo’ De igual manera rechazaba a las ‘chinas’ bailando zambas vestidas de celeste y blanco, que entendía una tonta exaltación nacionalista. De la religión repetía ‘mi madre es católica como todas las señoras argentinas, ¿no?’, pero al preguntarle su padre si tomaría la comunión ‘una ceremonia absurda’ él no quiso. ‘Mi hermana tomó la comunión y es católica, yo no y soy librepensador; aunque eso también es anticuado’. Para disfrutar una charla con Borges se debía aceptar sus giros y réplicas que lo divertían; de los marxistas decía tantos agravios como del peronismo y ambos lo acusaron de todo. Pero sin gorilismo barato, a Borges hay que juzgarlo igual que a Gardel y cualquier otro referente de cualquier comarca o país: por sus obras casi siempre inigualables. Sin duda Borges mucha veces provocó la descalificación con su ‘Borges oral’, a ratos propia de un provocador molesto, aunque yo prefiero a un porteño sobrador y canchero que algún boliche como los de mi barrio, acallaría en sus sonrisa cómplice y burlona ‘no me haga caso, señor, estoy hablando en joda’. Pero claro, la barata intelectualidad pseudo elegante del diario La Nación ni el izquierdismo esquemático entrevieron aquel perfil casi sobrador de esos guitarreros de patio, esos de corbatín y saco oscuro, que es la imagen más sensible de Borges que mantengo y ninguna otra.

Jorge Luis Borges fue el primero en decir el compadrito era una invención literaria, y tal vez por esa atracción surgía en él su provocación permanente. A él lo seducían los payadores de boliche, esas andanzas las de los compadritos; una ausencia que confesaba por haberse criado detrás de una cancela colonial, y en el fondo él se burlaba de todo eso. Una vez recordó pasear una noche con Francisco Luis Bernárdez y Carlos Mastronardi por el barrio sur, la Boca, Barracas, buscando algún bodegón abierto para ver esos hombres de coraje, compadritos o cuchilleros, y no encontraron ni un almacén abierto. Y al preguntarle ‘¿al fin que recuperó Borges de ese paseo?’, se sonrió; ‘que hacía un frío tremendo y fuimos tres ilusos fuera de tiempo’. Un carcajada sobre sus propios mitos, como hicieron con Bioy Casares en ‘Seis problemas para don Isidro Parodi’ al pintar unos arquetipos que se habrían olvidado.

Luego de conversar en la biblioteca de la calle México un par de veces por el setenta, recién volví a verlo por julio de 1983. El iría a casa de una escritora amiga, María Luisa Biolcati, y yo fui a la calle Maipú donde vivía. Ahí lo atendía una señora Fanny y fue el mismo día que había operado a Beppo, su gato, que le regalara una familia ‘pero se llamaba Pepo, un nombre horrible. Y yo lo bauticé Beppo, como un personaje de Byron. El gato no se enteró y siguió viviendo’; era algo que solía repetir. Guardo su imagen al salir de una habitación en penumbras y la señora Fanny ayudarlo con la corbata. Iríamos a la calle Charcas, a una reunión donde yo le haría las preguntas y le reiteré mi apellido. ‘Si claro, un apellido italiano, pero también puede haber algo sefardí. Pérsico de Persia’, pero él quería explicarme ‘el mío tiene ascendencia portuguesa. Borges quiere decir burgués’. A muchos los indignaría la frase y pensé “este viejo me está cargando’, pero al fin su estilo incluía a su interlocutor y si uno era un engreído, con Borges perdía por gil.
Ya era un anciano y al leerle yo unos sonetos lunfardos que nombraban a Lenin o Pirandello, me sacudió ‘me parecen de un reo que escribe para intelectuales’; una crítica borgeana feroz….

Algunos periodistas creían que Borges sólo sabía de libros y un periodista le preguntó por el director técnico de la selección de fútbol. El tipo insistió y Borges dijo no conocerlo y se disculpó ‘usted perdone mi ignorancia’. Cualquiera se suicidaría ahí mismo pero el periodista igual que el gato Beppo no se enteró y siguió viviendo. Porque Borges era una persona normal que escuchaba la radio cada mañana. Al preguntarle si Victoria Ocampo era una mujer hermosa contestó ‘no sé, la conocí cuando tenía veinticinco años’. El cholulismo nunca lo imaginaría hablando de ‘minas’, pero lo escuché pontificar que la mujer madura era más hermosa ‘porque la belleza de los veinte es algo mecánica, y a una mujer de cuarenta detrás de los ojos se le intuye la mirada’. O algo parecido, y al preguntarle si lo había ensayado dijo ‘eso y otras ideas las repito siempre’ y se sonrió. Bien calaba la apoyatura de cada interlocutor y como cualquier porteño que se aprecie, lo aterraba el ridículo.

Fue durante años un provocador un tanto gratuito. El ‘Mío Cid’ le parecía una cosa ilegible; del Quijote supo hacer alguna broma pero sin ese libro, repetía, no podríamos entender la historia de España. A Calderón de la Barca lo calificó un invento alemán, de Guy de Maupassant sentenció que no era un cuentista genial y que antes de morir había mejorado: murió loco pero toda la vida había sido estúpido’. Con estas y otras conjeturas Borges llenó varios tomos, bromeando que los españoles hablaban muy mal el español pero lo respetaban ‘porque lo consideran un idioma extranjero’. No pocos entendemos hoy que Jorge Luis Borges ha sido un pilar en la cultura de los argentinos del siglo veinte, y al margen de sus contradicciones, apreciamos sus perfiles nacionales y hasta su radicalidad. Algunos comparan la grandiosidad de Borges con Domingo Faustino Sarmiento, otro titán y fundador de nuestra literatura, pero en un país tan contradictorio como el nuestro los personajes más representativos de nuestra cultura no podrían ser diferentes. Cualquiera puede calificar de contradictorios a Sarmiento, Borges, Facundo, Perón, por decir tres o cuatro, pero así como una vez Borges habló a favor de Pinochet, al enterarse bien que hacía en Argentina el régimen militar de Videla, Massera y esa banda delincuencial, les lastimó con sus críticas publicadas en Europa. En pleno Proceso de los criminales militares ‘nuestros’ él dijo a toda la prensa francesa ‘cuando yo era chico quise ser militar, pero con el tiempo me fui haciendo más cobarde y menos estúpido’ Una verdadera pintura de la Junta Militar para evitar ser utilizado que él hizo sin atribuirse ser el referente moral y ético de la Argentina, un país con líneas ideológicas siempre inconciliables y tensas. Pero Borges opinaba también de temas terrenales y al decirle que el proceso Militar en Argentina pudo ser otra sangrienta interna del peronismo él, Jorge Luis Borges, agregó ‘ese pensamiento es muy coherente, para pensar’. .

Hoy podría suponerse que tanto Borges como Gardel, en esta concentración informativa globalizada hubieran pasado desapercibidos. Sin duda Gardel no hubiera peleado en estos multimedios que mastican y devoran la autenticidad que aparezca. Y de Borges, que jamás fuera un escritor popular por más provocador que resultara, sería difícil vaticinar; por más su excelente Borges oral nunca fue renombrado en la calle y vale preguntarse quiénes son esos escribas… Lo mismo que hay páginas estupendas en cualquier obra de Borges, su ‘Poema Conjetural’ sobre Francisco Narciso de Laprida asesinado el 22 de setiembre de 1829 por los montoneros de Aldao, es una pieza histórica invalorable. En ese poema el escritor muestra su americanismo y por mucho que mal lo acusen, Borges era de aquí.

Algo aparte merecen sus cuentos. ‘El Muerto’ vale en cada renglón y no sólo por su remate; ‘Hombre de la Esquina Rosada’ es una inigualable pintura de una época del bajo Buenos Aires con pasajes geniales: cuando el personaje Francisco Real da un pechazo y atropella a los gritos la puerta del prostíbulo, Borges, el relator que está de espaldas a la puerta, al verlo exclama ‘el hombre era parecido a la voz’. Siete palabras secas para marcar un concepto definitivo del personaje. Esa simpleza demuestra el gran manejo del Borges cuentista, jugueteando casi con sus frases definitivas pero demostración su vocación incansable por corregir. Y hablamos de una generación en la cual se escribía muy bien, aunque en el menester literario no es bueno la sentencia categórica. .Otro cuento, ‘Juan Muraña’, es un enfoque del compadrito y lo desarrolla según el relato de un tercero con una precisión envidiable. En ‘El Muerto’ ubica la acción en San José, un pueblo del Uruguay y en esa pintura casi alardea con el conocimiento de las costumbres. Es que alguna vez en televisión le inquirieron si había conocido algún guapo verdadero y dijo ‘sí, en Montevideo´. Y siguió contando que alguien faltara el respeto a una casa y el dueño, que era un hombre respetuoso pero de acción, le mostró dos cuchillos al ofensor diciendo ‘usted elige’ y ‘¿qué hizo el otro?’ le preguntaron y respondió ‘y qué iba a hacer? Se achicó’; habló sin agregar media palabra en homenaje a la autenticidad que respetaba tanto. Y por su estirpe de tipo genuino y despojado de cualquier empaque, hasta se sonrió al pronunciar ‘sí, creo que sí’, al escuchar de nuevo ’Borges, ¿usted no será un compadrito frustrado?´..

Y bien, por 1983 ya era un anciano en el exilio de la ceguera y del mismo se ocupó cierta gente infatuada de importante en la literatura y sus alrededores. Pero ante su obra literaria sólo vale decir que Jorge Luis Borges fue importante y legítimo de verdad.


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Nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.
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