Bienvenidos a este lugar de consulta sobre poetas, narradores y ensayistas de todo el mundo escritos o traducidos al idioma español.

"... el bibliotecario protege los libros no sólo contra el género humano sino también contra la naturaleza, dedicando su vida a esta guerra contra las fuerzas del olvido"
Umberto Eco

RODRIGUEZ SORIANO, René

René Rodríguez Soriano

Constanza-República Dominicana//Miami-Florida-USA


Libros publicados:
*Apunte a lápiz
*Sólo de vez en cuando - Editorial Isla Negra, Santo Domingo
*Queda la música
*Tizne de nubes
*Textos destetados a destiempo - Editorial Gaviota, Santo Domingo, R.D., 1979
*Raíces - Editora Taller, 1977 y Editorial Gente, 1981.
*Canciones Rosa para una niña gris metal - Serigraf, Santo Domingo, R.D., 1983.
*Muestra gratis - Editorial Gente, Santo Domingo, R.D., 1986.
*Todos los juegos el juego - Editorial Gente, Santo Domingo, R.D., 1986.
*No les guardo rencor, papá - Ediciones ONAP, Santo Domingo, R.D., 1989.
*Su nombre, Julia - Editora Alfa & Omega, Santo Domingo, R.D., 1991.
*Probablemente es virgen todavía - Ediciones Mambrú, Rhode Island, USA, 1993.
*Y así llegaste tú - Editorial Jaberwocky, Santo Domingo, 1994.-
*Blasfemia angelical - Editora Taller, Santo Domingo, R.D., 1995.
*La radio y otros boleros - Ediciones de la Biblioteca Nacional, Colección Orfeo, Santo Domingo, R.D., 1996.
*El diablo sabe por diablo - Editorial Gente/Editorial Isla Negra, Santo Domingo, R.D., 1998.
*Salvo el insomnio - Ediciones La Trinitaria, 2002.

OBRA

SELECCIÓN POÉTICA

TANTALIA

Una mujer en la arena no sabe a sal
la noche en su humedad de sombras compartidas
muda desnudez
alud de amarres
aguaclara a contrarritmo
voces de susurros que se pierden en encuentros
mujer
arena
playa
toda palabra es un silencio
todo silencio una palabra
un barco que viene o va
la arena en la mujer
las manos
la piel
una mujer en la arena
territorio de luz
arpa de contracciones
un castillo para construirse y destruirse
tantas veces cuantas
la noche el mar la infinidad y la mujer
prolonguen el poema

ÍCARO CABALGANDO

Vengo de ver tu voz tatuada
por mis besos
de oír la luz que posa en la ventana
de tus ojos
soy y no soy jinete de tus sueños
aferrado a la silueta
dulce y cálida de tu aliento
dueño del mundo
timón alado
cuando me nombras
por mi nombre
y remontas vuelo
viajera
golondrina


POSPENÉLOPE

En la acuarela de la tarde
desbandados colores
esparcen formas
un lenguaje antiguo
transfigura mi recuerdo
y estás
aunque no eres la misma
de hace mil años
parada en la ventana de mi ser
estás parecidamente a ti misma
aunque no igual
tú misma sentada en el parque
tejiendo y destejiendo
esperándome con el pincel
de tu sonrisa en puntas
bailarina

ES QUE ES MAYO Y LLUEVE

Algo está sucediendo que mueve a reflexión y análisis.
Me estoy volviendo irremisiblemente borgetariano.
Me encanta esta lluvia minuciosa que me ciega
los cristales, invita al chocolate, al trago compartido
o esas cerezas rojas en el patio, La Lupe
en el casete, el atardecer —al doblar seno izquierdo
entre malecón y unas caderas turgentes—, el sazón,
la salmuera, salvoconducto al desenfreno...
Ojalá el presidente decrete imprescindibles
la llovizna en la tarde, tus muslos en mis manos,
laberinto sin fondo
© Rumor de pez, 2009

PALABRAS PARA RECIBIR UNA LLAMADA

Nunca pensé que detrás de la fuente una mirada
me apartara la fruta de unos labios,
la sonrisa más limpia, el mordisco sin guiño,
el beso más audaz de caramelo
y la más cuerda locura en un segundo.
Yo sólo estaba allí, sin ver que estaba.
Mansa lucía la tarde hasta el instante
en que unos ojos, desde el centro del agua,
trizaron mi alfabeto y mis fronteras,
me golpearon de luz y picardía,
haciéndome nombrarte, sin nombrarte.
© Rumor de pez, 2009.

CORTAZIANA CON LLUVIA Y CHOCOLATE

Si una mujer te invita a un chocolate espeso espumeante
al insinuar la tarde con mar de albaricoque al fondo
y tú no sabes si mayo o la mujer si la mujer si lluvia
todo poema prometido es una mandarina esdrújula
un voto en vilo un niño mudo en pleno parque
una acuarela sorda o tres cerezas tristes en un trípode
melódico mordaz y el chocolate o la mujer y el chocolate
o la mirada que se filtra por la tarde entra por el teléfono
se derrama indiscreta por las piernas de azúcar
dice algo sin decirlo la lluvia la mujer el chocolate
o el poema quizás el poema tal vez la tierra prometida
o volver a empezar hasta que salga el poema la lluvia
el chocolate la mujer o
© Rumor de pez, 2009

RETRATO DE MAMÁ

Cada vez que me mira,
ve que la miro,
envejeciendo de este lado
mientras ella cada vez rejuvenece
en mi recuerdo.
© Apunte a lápiz

NO ESTOY PIDIENDO LA VÍA LÁCTEA

Quisiera tener una bicicleta
una bicicleta anaranjada
o tan sólo una bicicleta veloz
sólo veloz para perderme en las tardes de tus ojos
rodar y rodar manisuelto por los pasadizos de tus sueños
una bicicleta torcaz sórdida y bufa
una bicicleta para pilotarla a mis antojos
para visitarte por las noches
para llenarte de piruetas
una bicicleta quiero una bicicleta
© Rumor de pez, 2009

SED DE PEZ

Tu seno izquierdo navega hacia el olvido.
Enriquillo Sánchez

De tu silencio a mi silencio hay un abismo.
La angustia es un puente con las vigas rotas.
La sed, un cántaro ciego y al desgaire río abajo.
Un pájaro sin rumbo vuela la noche honda.
Mudo y sordo un pez se pierde en la comisura
de tus labios.
Yo no soy si tú no me nombras.
De mis labios a tus labios hay una historia.
Un cuento que termina en la palabra
misma del comienzo.
De tu silencio a mi silencio hay un reloj.
Una aguja que se clava en el silencio adrede.
Una daga herida por la ausencia de tu luz.
(Rumor de pez, 2009)

OBRA

SELECCIÓN NARRATIVA

HUMO EN TUS OJOS DE ESPUMA Y MARAFUERA

Si una muchacha viene de tarde y mandarina y te sopla la flauta de su risa, la lluvia y las cigarras vendrán a contramano a cantarte muy quedo otros asuntos. Uno dice las cosas por su nombre y los puentes se pueblan de amapolas, geranios y sandías. (Después, que se callen los poetas del carajo). Entra una manada de colespadas por El Conde. De Las Damas, desemboca la muchacha en cuestión y es un poema ver los ojos salidos de los sacristanes en conserva, las viejas santurronas y al jocundo Monseñor de los altares, toda una sinfonía de aspavientos. ¡Qué monería! Un bolero hierve en la tisana del ambiente, otras muchachas rielan por los empedrados, miran los papalotes y es La Habana. Morena, la muchacha, en aluvión de caramelo. Te sientes el jenízaro que se le bebe a sorbos largos el aroma, los pespuntes y el mohín (Que se vayan al diablo los poetas con sus gaitas) Está sonando ahí, muy cerca tuyo, la canción noventinueve y el locutor, sediento de beber lo que nos dice que se bebe y poner la última canción, decir adiós, y tú la miras y ella te mira y todos la miran y te das cuenta que su rostro es todo mar o nube y algodón y, como dices, amaneció dulce y variopinta, te sirves sopa rosa. Das las gracias a Abreu y le prometes, por enésima vez, la propina que no cumples y el café ya está frío de esperar a la muchacha (diles que se callen, calle abajo, que no jodan con los premios y los versos Llénales de abalorios las recetas Cámbiales los cassettes, verás que ya no más, que nos dejan tranquilos Mándalos con sus partes y compartes). Mírala que se acerca y hay tumultos: maniquíes, escaparates y mirones que se ensartan a codazos y empellones. Mírala que ya viene, asolando las praderas de las horas. Fresca y franca como el agua de la fuente. Engúlletela ya, poeta tonto. Embístela sin pausas, antes que se te vaya de mañana y amarillo. ¡Vuela!
Para Adrián ©rrs

MAMBO DEL ESQUIZO

Mamá, ellos son de la loma
Mamá, ellos cantan en llano
Sí señor…
Miguel Matamoros

En el Palacio de la esquizofrenia no hay rockolas como las de antes. Ni hace falta, la tisana de la tarde hierve un mambo que bate y cuela toda la tersura y el mirar de “mediolao” del más conspicuo de los miembros de número del club de la humildad fingida. Caliente o frío, el cafecito le da el toque justo a las miradas que te eluden al decir “qué bueno verte, cuánto tiempo”. Afuera hay más que adentro, lo confirma el floreteo de guías y buhoneros que son capaces de venderte una vez más los tesoros y los mapas del pirata Francis Drake. La Catedral, solemne y saboteada, no nos deja mentir.

En el palacio de la esquizofrenia, florecen los geranios con racimos de poetos, y las mandarinas, las sandías y los melones resbalan por los pastizales de la tarde que se vuelca en la plaza llena de palomas (las palomas aquellas, que decoran pelos e indumentarias)… y las poetas, sí, las jugosas y las pasas, –si es que pasan–, endulzan el café o encienden amapolas y azucenas.

Desde el Palacio de la esquizofrenia se domina en segundos la conciencia colectiva y el imaginario ¿nacional? Eso, antes de que llegue Carlos Goico con su acuarela sorda y tres o cuatro pinceladas de cordura perdidas en su pelo o de sus ojos que hace tiempo hicieron ruta en La Vía Láctea, y te pinte a tembloroso pulso, lúdica la tarde y la llovizna. Cestero posa distraído con el púrpura mordaz que se le chorreó por sobre la blanca túnica del nalCarde. Hay duendes y otros peces, rielando en la pecera, la mayoría fumando entre las turbias aguas y el hastío.

El palacio de la esquizofrenia es una catedral primada donde Colón aún sueña con los bucles de la beltraneja; y los adoquinados de los alrededores, te hacen sentir que si no estás, nunca te irás de la cafetería donde Abreu, además de servirte unas tostadas, sabe más del poema que el dudoso Premio Nacional de cada año. Si no me lo crees, puedes preguntar por Lassosé o por el tipo aquél que secuestró a la secretaria de educación de Balaguer y, según dicen –no me crean–, se intoxicó con la peluca que ese día llevaba la encopetada funcionaria, y todavía anda pidiéndole indemnización a Canadá…

Lo sé Ramón, de vez en cuando elido lo que aludo cuando eludo lo evidente o su trasfondo. Soy de los tigres del Licey y nunca adulo, colecciono uno por uno los graffitis de Crucita Yin, ¿debo esperar que lleguen otros contertulios a aguarnos el café? Un merengue es un merengue, apambichao, o pa bailar de empalizá, la diáspora no es mas que un mambo guabinoso y tenue que “probablemente es virgen, todavía”.© rrs

PERMISO PARA SUBIR A LA CORNISA DEL OLVIDO

Toqué las puertas de la risa y me burlaron. Pisé los adoquines, las esquirlas y las alfombras de un tequiero almidonado. Trepé los aposentos de la espuma, del miedo y del espanto. Me adentré. Anduve. Troté. Esquivé salté y me empujaron. Los verbos, los sujetos, los objetos (y el otoño, con su crujiente cortina de hojas idas), cedieron, me abrieron paso hasta allá, al mismo fondo del olvido.

Olvido, creo que dije. Llamé. Grité. No respondieron mi llamado. Pienso que me senté (no lo recuerdo ahora, pero no importa), sobre una tarima de palabras, de versos, de jirones, de aliento. Un alfabeto adusto y ocre me desató de un tajo los zapatos. Me penetró hasta el metacarpo de las penas. Me hirió y sangró conmigo a la bartola, hasta el alba. Soñamos y, hechos carne y uña, dedo y llaga, despertamos ante el umbral impresionista de un sueño a campo abierto, luz del viento, una muchacha.

Una muchacha loca y amplia, una muchacha ebria es el olvido. Una muchacha en mangas de camisa, desmadejando al aire negrísimos cabellos, trotando manisuelta por las sórdidas melenas de la tarde. Una muchacha triste, con ojos de aguaclara y despoblada, con música, con góndolas, con labios y amapolas, dramática, sinfónica, mordaz. Una muchacha lúdica, pálida como una lámpara en el baldío. Una muchacha púb(l)ica, coral, sola y difusa, y el olvido.

Permiso, dije para entrar, y entré al olvido. Abracé a la muchacha. Mondé el poema por su esquina más dúctil y lo engullí. Era un poema fibroso, carnal, de jugos transeúntes y embriagantes, tan limpio como el fuego. Metálico, frutal. Un poema lavado de recuerdos, óptimo para el olvido. Había perdido la memoria en un recodo del camino. Era un poema erecto, viril, con su guitarra blasonada de silencios, con la alegría rota en un falsete y la tristeza muerta y desolada. Un poema desnudo, como la muchacha en mangas de camisa. Un poema sin nombre, como todos los hombres.

Estoy adentro —dije— y no me salgo. Enciendo de mis pipas la más bella, la de espumas de mar, y te invito a que entres y te sientes. Toca. Palpa. Desnuda a la muchacha. Restriégate el poema por el iris, por las carnes. Te invito: entra al olvido, no hacen falta artimañas. Aquí, plácido el poema, con toda la piel poblada de amarguras, latiendo en carne viva, te invita a sentar reales.

Ven, no te acobardes. Oye al olvido, diciendo el nombre de las cosas por su nombre. Contándonos su historia sin historia. Y Heráclito, su fuego, los puentes y los gatos y los pasadizos. El hombre olvida. El poeta olvida. El amigo. Toda una geografía que palpita a borbotones, mentando madres, diciendo amor como bazooka, ardiendo en llamas de ternura, óyelo.

No es un paisaje acompasado y mustio. No es un cassette para colección. Es más...

...olvida, ya no podrás salir. Eché las siete llaves del olvido.
Para Miguel Ángel Forneín © Memoria de lo efímero

JUNIO ES PRIMAVERA

Y con su sangre, noble prendieron
La llama augusta de la libertad…

La brisa de la tarde del 14 de junio juguetea en la melena de los pinares, una muchacha quizás corta flores, y algún niño empuja un carrito de ruedas de javilla. A simple vista, nada perturba la paz que respira el Constanza de entonces, a no ser por los tres o cuatro rafagazos de la cincuenta que se le trancó al sorprendido y asustado guardia de servicio en La Aviación. No había escuela esa tarde. Yo era un muchacho apenas, llevaba corto el pantalón, peinaba bucles. Tan convencido estaba de que Dios y Trujillo eran la misma divina persona, que coleccionaba igual postalitas del hijo mimado del Jefe que del Santo Niño de Atocha.

Éramos, en realidad, una aldea vegetal, una hortaliza, camino hacia la cima de un casi mundo de cartón. Íbamos a la escuela con el mismo uniforme de los guardianes que custodiaban los altares y secuestraban capítulos enteros de los manuales de historia. Rodeados de montañas auditivas, en una casi isla de tristes habitantes.

Entonces un domingo, llegaron por el aire los niños con fusiles que ya no soportaban la liturgia del vómito. Treparon las colinas —sobre los mil doscientos metros sobre el nivel del mar—, pintaron como un grito en las paredes de los montes los silenciados nombres de los sin nombre. Como pólvora, la consigna bajó a los llanos, pobló las cárceles, las oficinas y los ecuestres monumentos, hecha trueno o canción. Vi la tarde asustada, queriendo socorrer a las gallinas en desbandada, y oí el metrallazo tardío y despistado. Cómo iba a saber, entonces, que se gestaba un río para salir de madre, y de qué madre.

Es una historia conocida. Nadie me la contó. Ni la borraron los aviones bombarderos ni los demás. Todavía me asombro desde la ventana de la tarde cuando los P-51 y los Vampiros depositan su óbolo mortífero sobre el monte firme. Todavía escucho a los jenízaros del régimen, en el radio, babeando a toda suela.

Era tan niño, entonces, para bregar con tantos giros idiomáticos, con tanta sed queriendo vaciarse en vasos limpios del cristal de un nuevo día. Los muchachos del catorce siguen siendo niños, aún. Trujillo —ya lo advirtió Neruda— enfermó de un balazo en la sien. Yo, como dijo el poeta, quizá siga apacentando mi ganado de esperanza.
© Crónicas crónicas

MÁS QUE LA PALABRA ROSA

Recuerdo aquellos días de la cafetería de Humanidades. Dis traído en una de las mesas, Malagón mordía a desgano su derretido en pan de agua. Mientras leía a Marcel Proust, movía con soltura los caballos, los alfiles y las torres de su minúsculo ajedrez. En las monta ñas, el coronel de abril había ascendido a Comandante, y en las calles, los perros cancerberos del auriga pisoteaban margaritas y amapolas con su aliento despoblado de sonrisas. Yo, tal vez, sorbía una limonada ácida. Miraba sin mirar por la ventana, y soñaba.

Bajo el mango, las muchachas, a la vez que subrayaban trazos de la tarde en sus cuadernos, extraían de sus bolsos montones im pensables de cosas. Pitágoras pitagoreaba; y más allá, del otro lado del pasillo, Julia azotaba el aire, pintando y despintando la Vía Lác tea, cosiendo y descosiendo algún panfleto. Mancilladas por las cor tapisas y empellones, las palabras padecían delirio de persecución, melancolía de primaveras presentidas, en junio o en abril, como en febrero. Pero eran tiempos de cizaña y atropellos. Caían las hojas de los árboles como desaparecían del calendario las tardes de domingo, sordas, desplumadas, silenciadas.

"Escribir es fácil —recuerdo que había dicho Malagón—, lo difícil es pensar". Y yo, pensando en la verdad a medias que decía la radio amorfa y desgarbada, trazaba curvas y quebradas con un lapi cito mongo que había pasado casi incólume las últimas requisas de los lamebotas apostados en los cuatro puntos cardinales de las tar des. Era la rosa o la palabra rosa, la realidad se agazapaba escurridiza y diminuta en las comisuras de los márgenes estrechos de las hojas aprobadas y cernidas por la miope bonhomía de los censores. ¿Era el coronel el coronel o simples mariposas de papel que, con su artificio sa manía de tomador de pelo empedernido, había lanzado al aire enrarecido el auriga?

Estaban permitidos los silbidos, las misas de domingo y, si dabas con la tila, té de tila. Pensar era otra cosa. Había lentejas para postre y plato fuerte. La entrada eran lentejas, y algún sermón para el olvi do temblaba en los altoparlantes, cuarteados, estridentes. El auriga dialogaba con su hermana muerta y, entre la redada y la llovizna, los niños merendaban habeas corpus, ley de fuga, patirrotos caballitos de madera, y mugre. Socavadas las torres, herniados los peones y heridos de ignominia los alfiles, Malagón seguía retando los vaivenes del tablero. Pienso en él y el lápiz dice "rosa", sin sonrojo.
© Betún melancolía, 2008.-

GATO ENCERRADO

Todos en la casa éramos locos con ella. Manuela, los niños y muchos de nuestros parientes más cercanos no comían cuentos con doña Tatica.

Eran exactamente las tres de la tarde; no, quizás las tres en punto no, poquito más, poquito menos. Pero, cosas de la vida; hay momentos en que uno tiene que asumir decisiones cruciales sin tomar en cuenta lazos profundos o sentimentalismos de cualquier clase: había que deshacerse de ella, y ya.

Hora en que toda la ciudad pasaba por el cotidiano bochorno. No recuerdo si era una tarde de febrero o marzo, era una tarde ciega de esas que uno va por la calle tropezándose con los tapones y las maldiciones de los conductores y los agentes de tránsito con su prepotencia y sus grasientas barrigas. Una parte de la ciudad sufre una parálisis total, crucial.

Doña Tatica se queda mirándome, al menos eso podría pensar cualquiera que no la conociera ni supiera nada sobre los últimos años de la historia política de San José del Puerto. Pero no me ve. Estoy seguro de que no me veía como tampoco podía hacerlo el viejo caudillo que, también a esa misma hora, se dejaba guiar por sus lazarillos y adulones por el mismo Mirador por el que Alberto y yo, pasarían apenas unos cinco minutos, acabábamos de dejar abandonada a su suerte a la pobre doña Tatica; ya los niños no querían seguir jugando con una gata vieja y ciega.
© Solo de flauta

ELOGIO DE LA CORDURA

Mal, que mal, el bien existe. Nado entre el azul y el cielo, buscando lo que no se me ha perdido. Y, de vez en cuando, aunque me salga espuma o se me brote el guarapo por los metacarpianos –o la sed me supure por las comisuras de las sienes–, para librarme del tedio, escribo. Tengo un resguardo de apasote, chile verde, chirimoyas, pelos de ángel y carey que me cura del pasmo, retruécanos y pasioncillas. Eso me hace muy bien. Sobre todo, si no tengo que cambiarme de camisa ni atusarme el peluquín o maquillarme.

Soy caribeño, nada sonoro me es ajeno, y me gustan, ¡cuánto me gustan! las palabras melódicas como mandarinas y los vocablos fuertes, contundentes. Por ejemplo: pedazo de esperpento, picada de cacata, aguacate con yuca, chocolate de ajonjolí, merluza con gorgojos, jengibre con cazabe o moñito de tusa. Pero lo que de verdad, verdad me gusta es jugar con trabalenguas, perderme en el rejuego silabárico de esas palabras extrañas y, quedarme al final, sin saber qué dije cuando dije, más o menos: que un moñito es un animañito que come mañí moñido o que no es lo mismo el río Missisipi que me hice pipi en el río, como tampoco es lo mismo el trasero de Tapachula que tápate, chula, el trasero...

Todas estas cosas me gustan. Me gustan tanto que, a veces, no sé si me divierto o sufro tratando de construir frases profundas, con alto sentido filosófico, científico. Esta mañana, para ser más específico, me pasé horas y horas sentado frente a una libreta de notas tratando de hacer una oración que definiera el universo. Me gasté alrededor de catorce hojas. Vano intento. Por más que me esforzaba en mi parafernalia, no llegaba más que a meterme en intrincados laberintos que podrían sacar de quicio al más ecuánime de los mortales.

Acudí a mil tratados. Hasta que Darwin, siempre pensativo, siempre canero retardado me hace pensar en sus antepasados y los míos, cada vez que ve o apenas olfatea o presiente que una salchicha o pequinesa de la vecina del Audi 1000, sale a rociar los geranios del jardín y, le cae un cosquilleo –a Darwin, por supuesto– en la cola o en las patas y se le resuda la nariz, se revuelca en los tarros y desordena mis papeles, provocando la ternura de mis pírricos aullidos que, al parecer, muy poco le divierten (¿será porque presiente, como siempre, el postre: mi chancleta, sonora y matancera, posándose sin tapujos en la placidez de su posadera?).

En fin, me gustan los tratados pantagruélicos. Los poemas famélicos. Sincrónicos. Monógamos. Cromosómicos y catalépticos. Plenos de verbos tísicos y mordaces como alcachofas, lechugas hervidas (hará apenas una semana, leí unos versos de un poeta porfiado y comadrero, tan soso y tan nadero como el Baltasar que desbarata Borges. Unos versos, ay, tan molondrones que me internaron en un mundo de sueños zigzagueantes y arbitrarios. Unos versos tan pigmeos y esmirriados que me llenaron las manos de metáforas sebosas y raquíticas, de tropos en almíbar, en punto de caramelo; de símiles, prosopopeyas; de gentilicios y patronímicos apagados y desmadejados. Unos versos, caray, tan enjutos, crustáceos y morrudos, que me dejaron la esperma podrida de gerundios, arabescos y manzanas pomelos gusaneras. Unos versos, unos versos que, ya quisiera usted nunca encontrarlos en su mesa).

Ah... también me gustan las frases esquemáticas, glaciales, lapidarias, anacrónicas, hueras, huecas. Ay, las frases interruptas (Verbigracia: hijuetuma... ¡y las otras que usted sabe!). Ya lo dije, me gustan las palabras. Superpuestas. Yuxtapuestas. Montadas en canciones. Cortadas. Entrecortadas. Sojuzgadas por el ritmo. Me gustan las palabras. Las palabras, las palabras me gustan, me enloquecen, me llenan, me placen, me enternecen, me arrullan, me sacan de la cama, me tiran sobre el piso, me lavan, me sacuden, me sumergen, me atrapan.

Mmmm, me llevan y me traen, me matan las palabras, las duras, las cuneiformes, las palmípedas, las contumaces, las esquizoides, las peripatéticas, las enigmáticas. Pero, las que en verdad me ganan, con sobradas razones, son aquellas contundentes, secas, mágicas, definitivas, instantáneas y cáusticas. Las que pautan el final y punto.
para Juan Freddy - © Manuel de intrusiones