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"... el bibliotecario protege los libros no sólo contra el género humano sino también contra la naturaleza, dedicando su vida a esta guerra contra las fuerzas del olvido"
Umberto Eco

DÁVILA, Tere

Tere Dávila

San Juan-Puerto Rico


Libros publicados:
*Relato: El fondillo maravilloso y otros efectos especiales (Terranova Editores, 2009)
*Cuento infantil: La Oreja Sebastián (Gabriel Press, 2004)
*Ensayo y fotografía: Fiesta en Puerto Rico (Gabriel Press, 2002 - libro sobre las festividades populares de la Isla)
*Antologías: Voces con vida (México, 2009) y Cuentos de once gavetas (Tinta Sin Freno, 2010 )

OBRA

SELECCIÓN NARRATIVA

LA LEYENDA DEL CANTANTE DE KARAOKE Y LA BAILARINA EXÓTICA

Maloliente y oscura era la alfombra de la que emergían colillas como minúsculas columnas griegas, las ruinas de Winstons fumados en el frenesí multiplicado por la absorta observación de ese arte que nunca falla en despertar el instinto lúbrico del hombre y que aquella azarosa noche de excesos dominaba a las almas de la clientela del legendario Tai Ki Ki. Yo era uno de esos clientes y, como todos, me deleitaba con los maravillosos secretos que la naturaleza desplegaba en las delirantes ondulaciones de la hermosa mujer enroscada, imponente y a la vez delicada, cual enredadera de tenaz tallo y frágiles hojas, sobre el tubo de la tarima de baile.
—Esa a la que observas con tanto interés—interrumpió una voz que me sacó de mi embeleso—, es poca cosa.
Giré y vi a un viejo enjuto, con una cabellera barrida por las canas. Era evidente su empeño de abordarme en conversación, y repitió:
—La bailarina que tenemos de frente no es nada comparada con la beldad de aquella estrella que glorificó hace años esta misma tarima con su donaire y hermosura incomparable. Aquella a la que le decían La Bella Sahara.
Me quedé mirándolo, intrigado, y el viejo, al comprobar la curiosidad que se asomaba a mis ojos, prosiguió.
—¡Esa sí era una maravilla de mujer! ¡Sahara, cuya existencia sobre la tierra terminó cual lucero que se apaga en un trágico destello! ¡Sahara, la protagonista de la más triste de las historias! ¿Tienes un cigarrillo?
Terminé invitándolo a un trago y comenzó:

“Era Sahara el astro del Tai Ki Ki. Su desnudez turbaba e incrementaba los fuegos pasionales; las redondeces de su grupa, adornadas por luminoso y abrillantado panty tanga, hacían grácil magia malabar sobre el tubo donde bailaba cual estrella de Venus cruzando el firmamento de los dioses, pero con las piernas bien abiertas. Y si bailaba con galanura inigualable era porque su corazón la impulsaba: colmaba sus pechos, hacía fulgir sus ojos y le otorgaba a su piel el brillo del amor.
El mancebo que enardecía a la bella golondrina se llamaba Alvar. Era uno de los que, en una esquina del club, se batía en continuos duelos de karaoke con otros que jamás le podían igualar en apostura ni melodiosa voz. Alvar era ruiseñor que alberga en su pecho el deseo por conquistar a la hembra, esa paloma casi inalcanzable, especialmente cuando se encaramaba al tope del tubo. Entonces sí que la bella Sahara era dueña de la voluntad del valiente varón. Para ella, Alvar cantaba ardientemente frente al plasma gigantesco que iba descubriendo la letra de las baladas que a ella más le causaban fascinación. Con arrojo, el enamorado se lanzaba, micrófono en mano y en nombre de su tesoro a interpretar aquello con lo que proponía conquistar a la bella bailarina. Había consagrado su espíritu a las obras de Sandro y Nino Bravo, que en Sahara penetraban hasta lo más profundo. Jubiloso, Alvar comprobaba que ella no le era indiferente y que sus suculentos ojos brillaban cual lunares mágicos mientras él cantaba y ella hacía la pirámide egipcia invertida sobre la tarima. Él dulcificaba su voz, engolaba las estrofas como si su misma vida dependiese de ello. Y a fuerza de las más osadas interpretaciones de Tus labios de rubí y Rosa, Rosa había logrado que las almas de la bailarina y él hicieran comunión. En las altas horas de la noche incrementaba sus fuegos hasta quedar rendido y ronco y ella desmayada con sus senos resplandecientes apuntando al norte como Alpes gemelos. Los enamorados eran dos astros que cada noche en el cielo de neón y lleno de humo del Tai Ki Ki orbitaban uno alrededor del otro, dirigiéndose lentos y radiantes hacia la deleitosa fusión que debería haber sido su destino.
Pero, en los laberintos de la vida, son hartas las veces que se pierde el rumbo de la felicidad para los amantes, como ya he comprobado yo, por viejo. Con estos ojos malditos vi como una noche de mal agüero entró el audaz invasor en el edén y lo trastornó hasta sus cimientos. Apareció por estas partes un personaje misterioso de penetrante mirada y portador de una resplandeciente cadena de oro donde colgaba un amuleto con el nombre de Pichón.
—Este apelativo me lo he ganado por las galanterías de mis cuerdas vocales y astucias en el las batallas del Karaoke —anunció a todos al entrar, con una fanfarronería punzante. Entonces añadió:
—¡Reto a cualquier valiente que no tema ser derrotado por los dotes de mi interpretación!
Grandes fueron las protestas y numerosos los murmullos entre los presentes, pero también hubo muchos que admiraron la agresividad y firmeza de propósito del forastero que retaba al fiel Alvar. Tampoco ignoró Sahara cómo, sin disimular, el extraño dirigió lujuriosas miradas hacia ella mientras la repasaba de arriba abajo, agarrándose el paquete de la entrepierna en un gesto de lo más vulgar. ¿Le picaba algo, o serían sus intenciones poseerla de la manera más vil y hacer con ella su terrible voluntad de buitre más que de pichón? Temblorosa, miró hacia Alvar, quien, lejos de acobardarse, aceptó el reto como firme y robusto caballero que era, merecedor de su buen nombre.
—¿Cuál es su placer, señor Pichón? —preguntó—, Yo aceptaré sus condiciones, y para ser justos cantaremos lo mismo. Así las comparaciones serán honrosas y no se mezclarán chinas con botellas. ¿En qué tema nos lanzaremos al duelo?
—¡Qué pregunta! —vociferó Pichón con perversa sonrisa—. Sólo hay una canción por la cual vale la pena debatirse; sólo una merecedora de la dicha del que sale victorioso, y también del sacrificio del derrotado. Pues no duden que habrá martirio para el perdedor, quien tendrá que abandonar para siempre el Tai Ki Ki y la ciudad. ¡Será desterrado a Cataño para nunca regresar!
—¡Dejemos ya los preámbulos! —interrumpió nuestro osado amante—. ¡Revele ya su elección! ¿Cuál de tantas canciones es ésa que reina misteriosamente y decide cursos en las vidas?
—¿No lo intuyes, ingenuo? —rió burlón el contrincante—. ¡Es A mi manera, la misma que inmortalizó a Sinatra!
Al oír ese título maldito, un grito salió de los labios de Sahara. Alvar palideció. El salón se volcó en un revuelo de tortuosos susurros e inflamadas protestas.
—¡Es la canción prohibida! —gritó uno de los presentes.
—¡Exactamente! —recalcó el cantinero, que muchas cosas había visto en su vida y carrera, pero jamás una barbaridad tal—. Muchos son los hombres que han perdido el aliento de la vida al interpretarla, muchos los que han sucumbido a la rabia de otros compañeros del arte del karaoke y han perecido víctimas de tiros y cuchilladas en medio de garatas. Y también muchos los que se han cegado la existencia por mano propia, ahorcándose o matándose de un tiro a la sien al sentir la humillación de una interpretación no digna. En ciudades civilizadas, al otro lado del mundo, hoy día es ilegal interpretar dicho tema en público. Aquí, son muchos los años que ni siquiera se menciona.
Pero de nada sirvió tan sabio sermón. Ya estaba puesta en marcha la máquina del destino. Se había aceptado la contienda y para los rivales ya estaban dichas las palabras, esas que tientan al mal que rumia entre los hombres y al sólo ser mencionadas cobran fuerza para deshacer el bien y traicionar la vida y el amor. ¿Tienes otro cigarrillo?
…Bueno, la cuestión es que Pichón miró nuevamente, y aún de forma más indiscreta, a Sahara. Luego, se volvió hacia Alvar:
— ¿Le negarás a tal gatita la mejor de las canciones? ¿No darías por ella hasta tu última gota de sangre y el más intenso resoplar de tu galillo?
Alvar contempló, melancólico, la frágil desnudez de su Sahara, quien ostentaba estrellas de escarcha y borlas coloradas sobre los pezones de lirio. Entonces contestó sereno:
—Ni por un instante dudaría. Será A mi manera mañana mismo luego de la hora embrujada de la medianoche. Rogaré que Dios me acompañe y me haga vencedor.
¡Oh, corazón valiente y arrojado que por amor se lanza a tales hazañas para las cuales su cuerpo no está capacitado! El malévolo Pichón mostraba ser el más fuerte y robusto de pecho, pero Alvar, impulsado por el honor y la esperanza de aumentar la admiración de su amada, estaba ciego a las fatídicas consecuencias que le deparaba la contienda.
En fin, Alvar aceptó el reto más o menos seguro de sí mismo. Pero entonces, al advertir las lágrimas de diamantes que brotaban de los ojos de su amada, reparó en su difícil situación: era él quien llevaba las de perder. Al ver esa pena, ese llanto dificultoso —llorar piedras preciosas no en fácil hazaña— se supo causante de un gran sufrimiento y flaqueó. Dudó de sus capacidades y deseó por cualquier modo, aún el más innoble, ganar la competencia.
Esa duda dañina que llega a la mala hora y que aniquila toda virtud en los mortales lo hizo susceptible a aquella voz tenue que le susurró al oído:
—Ey, Alvar…
Giró para encontrarse cara a cara con DJ Bembo, el que corría la magistral discografía del karaoke.
—¿Qué voy a hacer, Bembo? ¡Estoy perdido! —lloraba, pero con lágrimas normales, pues sólo Sahara era capaz de berrear en gemas—. He perdido ya, y por perdida puedo darla a ella, la luz de mi vida!
—Calma, amigo —le confortó el DJ—. No son inmutables las leyes de los cielos. O mejor dicho, esta vaina tiene arreglo, si eres gallo.
—¡Haré lo que sea!
—Te parecerá increíble —comenzó a explicar Bembo—, aunque apenas salgo de la adolescencia y todavía curso mi cuarto año en la secundaria, hace años que practico ciertas artes mágicas que me confieren poderes que brindan dones especiales y maravillosos. Te aseguro que puedo ayudarte a salir airoso de tu predicamento.
Alvar lo miró con desconfianza, ¿No sería este muchacho un timador? Volvió a afirmarse en él su natural sentido de honra y orgullo propio.
—¿Osas ofrecerme a que recurra a trucos y artimañas? ¿Cómo te atreves? ¡No te he llamado ni te he hecho pedido de artificios! Me valdré de mis propios dotes artísticos para vencer.
—Pues te aseguro que saldrás perdiendo. Y para que veas que yo no soy ni un timador ni agente de las fuerzas oscuras sobre la Tierra, te daré un consejo: llévate a la Bella Sahara esta misma noche. Claro, espera a que se ponga algo de ropa primero, y huyan lejos de aquí , protegidos por las tinieblas y los velos de la noche que tantos favores le hacen a los amantes. Presiento que lo fatal les hace la ronda. Podrían irse a Las Vegas, donde viajeros me han dicho que abundan escenarios para los talentos de ambos. Parte un vuelo de American Airlines esta misma noche.
—¿Huir como un cobarde? —exclamó el otro indignado—. ¿Cómo podría contemplarme entonces en los ojos de mi amada sin sentir la más profunda vergüenza? ¿Cómo podría yo ser entonces el olmo protector que la sostiene en sus brazos? ¡No! Mejor enfrentarme a cualquier rival y hasta morir tratando. Sin mi honor, ni siquiera el amor serviría de bálsamo para tanta herida.
—Pues si te empeñas en competir, toma esto, entonces —y Bembo extendió la mano, que sostenía un globo azul inflado.
—¿Qué es?
—Confía en mí y apréstate a inhalar todo lo que esta esfera aquí contiene. La he llenado de aire mágico que te hará cantar, no sólo como ruiseñor, sino como testigo federal con inmunidad.
Tomó Alvar la orbe de hule con brazo tembloroso mientras Bembo proseguía:
—Pero te advierto: una vez inhales no hay vuelta atrás. Saldrás victorioso, pero arriesgando la vida y la suerte de lo que más precias.
—Ya todo está arriesgado como quiera. Lo que necesito saber es si podré cantar tan bien como Sinatra.
—Sin duda —aseguró el DJ—. Pero no pareces haber escuchado las advertencias que con buenas intenciones te hago. Sería mejor que escaparas con Sahara lo más pronto posible.
Pero la posibilidad de un triunfo, aún innoble, había colmado de traicionera ambición el alma de Alvar.
— ¡No hará falta huir si el triunfo es seguro!
En fin, no valió consejo para quien ya vislumbraba laureles, y hasta tal vez luego una oportunidad en Broadway. Ya habíase envenenado el razonamiento del pobre, y así, sin más pensar, aspiró la misteriosa magia.
—¡El triunfo sobre todo! —exclamó luego de desinflar el globo, y enseguida quedó horrorizado al escuchar que su voz se había tornado aguda como la del Ratón Mickey.
—No te preocupes —rió Bembo—. El globo estaba lleno de helio. Es uno de los ingredientes necesarios para el encantamiento. Se te pasará en unos minutos.

A pocas calles de allí, Sahara daba vueltas en la cama. No durmió bien toda esa noche —o mejor dicho, todo ese día, pues su turno terminaba a las cinco de la madrugada y ella dormía hasta las dos de la tarde—. Soñó que la esperanza de vivir entrelazada a su querido Alvar se esfumaba, que iba en un navío que se estrellaba contra las rocas del mar frío e inmisericorde de la catástrofe, que su amorosa abnegación se hundía en el fango de una cueva y naufragaba su garganta ahogada por la sangre mientras sus manos acariciaban el cuerpo también ensangrentado de su amante. Ni siquiera cinco miligramos de Xanax pudieron zafarla de la angustia y entregarla en paz a Morfeo.
Al llegar la hora pactada para el duelo, la bailarina, nerviosa, no pudo enredarse en el tubo con su acostumbrado garbo. Su corazón angustiado no le permitía lograr bien las gráciles posturas del loto florecido y el camello resbaladizo. Todo su ser intuía una fatal desgracia y casi se sintió desvanecer cuando Pichón entró por la puerta, se plantó en medio de la pista de karaoke y ordenó:
—¡A mi manera! ¡Ahora!
Obediente, Bembo puso la pista musical. Pichón agarró el micrófono y comenzó a cantar con tanto ímpetu y donaire que pareciera estar poseído por el espíritu del mismísimo Frankie.
“¡Estoy perdida!”, pensó Sahara. “Mi Alvar tendrá que marcharse para siempre y quedaré marcada por las torturas a las que me someterá este forastero al que tanto aborrezco. ¡Tonto y a la vez amadísimo Alvar! Cómo me has comprometido la existencia, siendo gemelas nuestras almas, al aceptar tan pérfido reto. ¡Qué fatal desgracia me espera!’
Y mientras ella se consumía en estos tétricos pensares, le llegó el turno a Alvar que con temblorosa mano tomó el mismo micrófono que ya consideraba le había traicionado por haber hecho lucir tan bien a su rival. Dudó de la magia de Bembo, pero no era hombre para retirarse, así que se dispuso fervorosamente a hacer la mejor interpretación de su vida. Depositó en aquel micrófono el hilo de su existencia.

El fin muy cerca está, lo afrontaré serenamente,

Al escucharlo entonar la primera estrofa, Sahara sintió como todo su ser se estremecía y se le quería salir el alma por el pecho de narciso. Su amor, que ya en demasía era, creció aún más, hasta rayar en la idolatría que reservaba para Ricky Martin.

Ya ves, yo he sido así, te lo diré sinceramente

Con cada nota que brotaba de su garganta, Alvar hacía salir el sol en medio de aquella noche. Para los presentes, era como si una intensa luz se les adentrara en sus cansadas almas y el mundo se hiciese repentinamente esplendoroso.

Viví la intensidad y no encontré jamás fronteras

Sahara casi no podía ni respirar del deseo que la dominaba. Hasta el cantinero, que era hombre no dado a impresionarse, sintió que volvía a la juventud, que reverdecía como una planta nueva, y alegrose de que todavía quedara para él en la vida algo glorioso por descubrir. No había un ojo seco en todo el Tai Ki Ki, y los sollozos se hicieron audibles cuando Alvar entonó la famosa última frase:

Y puedo decir, llegué al final ¡A MI MANERA!

Sólo Pichón, su alma ennegrecida por la envidia diabólica, quedó sin conmoverse. Por el contrario, estalló en él una rabia tal que lo elevó del suelo. Porque si ya no habías adivinado, mi querido oyente, el tal Pichón era el mismo Satanás sobre la Tierra. De sus espaldas salieron cuatro alas negras que de seguro sorprendieron a la clientela del Tai Ki Ki —y eso que esa gente estaba bastante acostumbrada a ver cada cosa—. Pero lo que les causó verdadero pavor fue la metralleta infernal que el rufián produjo de su chaqueta y apuntó hacia Alvar.
Al ver el arma, nuestro pobre cantante se quedó tieso y mudo. Recordó entonces la advertencia del DJ: el triunfo le costaría la vida. Se arrepintió de su ambición insensata y se dispuso a pagarla enfrentando estoico a la muerte. Pero nunca contó con la reacción de la fiel Sahara, quien en el segundo final saltó de la tarima con una pirueta que haría palidecer de envidia a Alicia Alonso y se lanzó sobre su amado, haciendo de su cuerpo el más hermoso de los escudos.
¡Oh, desdicha! Poca protección brindaron esas suaves carnes. La uzi ya vaciaba su contenido mortal sobre los dos cuerpos, y así, enredados el uno con el otro, recibieron unidos la ristra de balas. Se confundieron en un amasijo de carne y sangre mutua, sacrificándose él por el amor de ella y ella por la existencia de él; dos almas gemelas que completaron el círculo de sus vidas en un mismo final”.

—¿Y atraparon al asesino? —interrumpí al viejo—. Un crimen tan espantoso tuvo que ser vengado. Se tuvo que haber hecho justicia.
El viejo rió sarcásticamente:
—¡Ay, muchacho! Ese Pichón salió volando del lugar y ¿quién se iba a atrever seguirle? Se consideraron dichosos los testigos de nunca más encontrárselo de frente.
Me rehusé aceptar que una historia tan terrible y triste quedara sólo en eso, en unas palabras que van de boca en boca, un cuento que se repite como se repiten tantas otras cosas sin importancia, para entretener a las gentes y pasar el rato.
—O sea, que cuando se vayan muriendo los que conocieron a los enamorados, y se vayan borrando los detalles de lo sucedido, ¿quedarán Alvar y Sahara reducidos al olvido y a la nada? ¿Así es que el mundo le paga al amor verdadero?
—¡Al olvido, no! ¡Jamás! —prorrumpió encrespado el viejo. Allí tienes la prueba de que sus espíritus siguen vivos y que inspiran a cuantas personas entren aquí. Y así será por siempre, o por lo menos hasta que el Departamento de Sanidad cierre el Tai Ki Ki.
Señaló hacia un tablón de madera enorme que sostenía a un gigantesco pez espada disecado, la decoración principal del club y tesoro predilecto de su dueño, el cantinero.
—Lee, muchacho, lo que dice allí debajo.
Así lo hice. Debajo del pico del monstruoso animal brillaba una placa de bronce que portaba una inscripción bellamente ejecutada en letras lo suficientemente grandes para que hasta un borracho las pudiese leer desde la barra:
En memoria de Alvar y su bella Sahara, quienes vivieron, amaron y murieron… A SU MANERA.


CINCO EJEMPLOS PARA UN MACONDO BORICUA

El tapón duró cuatro años, tres meses y dos días. Se instaló como una lombriz gorda por todas las calles de todos los pueblos de la Isla, pero fuentes fidedignas afirman que comenzó por Ceiba, con un Toyota Yaris que dejó el tren delantero en un boquete en la carretera producto de los trabajos de construcción del hotel de cinco estrellas en la playa de Los Machos. Dicen que fue por allí que los carros comenzaron a apiñarse y que cuando la policía llegó a tratar de mover la cosa lo que hizo fue empeorarla, que toda esa tarde y esa noche miles de bocinas quedaron roncas de tanto chillar.
Aunque la mayoría de los conductores no conocía La autopista del sur de Julio Cortázar, muchos se comportaron de acuerdo con el relato y no abandonaron sus carros confiados de que el tapón se movería en cualquier minuto. Así se enamoraron parejas, nacieron niños, se engañaron maridos y esposas, se murieron viejos; de todo en la vida al ritmo del reguetón de Calle 13 soplando por los radios de los coches cortesía de las ondas radiales de La Mega. Por su parte, Coors Light logró adueñarse de la exclusividad del patrocinio de la Gran Tapónalooza, como fue conocido y anunciado el fenómeno en los periódicos, y se convirtió en la cerveza #1 en Puerto Rico.

***
Durante aquellos años del tapón, pasando más trabajos que Fitzcarraldo para traer y llevar materiales, el magnate norteamericano Donald Trump construyó un hotel de cinco estrellas en la playa de Ceiba, y para adornar los predios, voló desde Luxenburgo a un arquitecto paisajista de nombre Sebastián Wiewall, con instrucciones de sembrar las plantas e instalar las esculturas y fuentes más exquisitas que el extenso pero tacañamente administrado presupuesto Trump pudiese comprar. Sebastián Wiewall no sólo cumplió, sino que sobrepasó las expectativas de su cliente y decoró los jardines y caminos del resort con gusto impecable. Sin embargo, ni las fuentes juguetonas ni las esculturas que se movían en el viento eran lo más atractivo, sino la música que salía de los chinos de río que bordeaban todas las veredas. Curiosos acudían en tropa a escuchar aquellas piedras que cantaban y de las que sólo Sebastián sabía el secreto, pues él mismo le había diseñado e incorporado a cada una un ingenioso sistema de micro-amplificadores que conectaba a su i-pod y por los que transmitía una selección de inspiradoras corales New Age.
Un día mientras inspeccionaba el sistema de sonido, la i-pod se le cayó en una fuente, se fue por la tubería detrás de uno de los delfines escultóricos y se perdió para siempre el origen de la música. Sin embargo, los chinos de río siguieron cantando. Una por una, Sebastián les sacó las microfichas a las piedras, pero estas siguieron cantando, las sumergió por horas en las fuentes pero al sacarlas siguieron cantando. Cuando reveló el milagro en una entrevista radial —y en el proceso confesó el engaño del que había sido autor— nadie le hizo caso. Todos ya entendían que los chinos de río cantaban por su cuenta; hasta la fascinación inicial había mermado y ya no iba tanta gente a ver aquel fenómeno. El que piedras comunes interpretaran corales era noticia asombrosa sólo para el pobre Sebastián Wiewall, que nunca más habló de otra cosa y terminó tildado de loco. Tres años después, se suicidó.

***

La tala que se llevó a cabo para limpiar los terrenos del Trump Resort desterró a millares de iguanas que de pronto se encontraron a la intemperie, forzadas a cruzar la carretera en busca de cobijo y amapolas en los patios de las casas de los barrios cercanos a la construcción millonaria. En una de esas casas vivía un muchacho al que apodaban Chivito y que lo único notable por lo que se le conocía era por ser sobrino del alcalde, un líder de barrio querido y admirado por su promesa cumplida de mantener el pueblo limpio y dar fiestas a cada rato. Además, tenía una pintoresca costumbre: cada noche de tercer viernes de mes se hacía de un rabo y cuernos y salía a chuparle la sangre a las cabras de las fincas del pueblo aledaño de Naguabo. Dicen que una vez le chupó hasta la última gota de sangre a una pantera negra que se había escapado de un zoológico a más de 150 kilómetros de distancia y que a pesar de ser divisada por muchos conductores del inmenso tapón que ya llevaba tres años y medio, había logrado internarse en el este de la Isla.
A pesar de compartir la genética de tal personaje, Chivito era un muchacho más bien aburrido, con una sola afición: una adolescente flaca de ojos y boca grande y pelo negro llamada Joankamaris. Una tarde, su deseo por la chica cobró tal intensidad que eslembó a todas las iguanas que colmaban el patio de la casa donde vivía con su madre; hipnotizadas, lo siguieron todas punta de rabo con punta de hocico, tantas que formaban su propio tapón iguanil por las aceras, y así, como flautista de Hamelín, pero en vez de con ratones con iguanas, el pretendiente llegó a la residencia de la familia Quiñones. Cuando Joankamaris abrió la puerta y vio aquel mar reptil de púas y escamas, corrió a su cuarto y se negó a recibir a Chivito. No valió para nada que el señor Quiñones, apenándose del pobre muchacho rechazado, tratara de convencer a su hija de que saliera a hablar con él. La chica, aterrorizada, no quiso, y Chivito se marchó con el corazón roto y con todas sus decepcionadas y deprimidas iguanas, que nunca más lo abandonaron, pero por lo mismo no le permitieron acercarse a otra mujer ni tener algún tipo de relación sentimental normal.

***

Todos recuerdan cuando Donald Trump fue a visitar al gobernador Luis Fortuño en la Fortaleza. Fue el día que el cielo se llenó de los fondillos. Había amanecido gris y Trump se armó con un paraguas que, como todos los del famoso millonario, se estrenaba nuevo y a la hora terminaba roto y hecho trizas sin que se hubiese siquiera abierto. Ese día, llegó a la Mansión Ejecutiva para vender su plan de traer de nuevo a la Isla la franquicia del popular certamen de belleza Miss Universo. Pero el Primer Ejecutivo, tal vez repugnado por el deplorable estado de la sombrilla de un hombre tan rico, no le hizo caso y Trump salió de allí en medio de una copiosa lluvia, con las manos vacías excepto por un paraguas roto.
Lo abrió dispuesto a ensoparse. Pero al hacerlo, la lluvia cesó, las nubes grises se tornaron blanquísimas, se rompieron en masitas redondas y tomaron contornos de perfectos traseros femeninos que flotaban en el firmamento. El gobernador y sus achichincles corrieron a asomarse a la ventana, y al ver aquel espectáculo, enseguida hicieron llamar de vuelta al millonario. Quince minutos más tarde el contrato del certamen de belleza, a celebrarse en el recién inaugurado Trump Resort estaba firmado.


***

A los cuatro años, tres meses y dos días exactamente de haber comenzado, el tapón se desbarató sin que nadie pudiese explicar porqué había durado tanto. Era la noche del concurso de Miss Universo, y el tráfico fluyó sin problemas hasta el Trump Resort donde miles de puertorriqueños se dieron cita para apoyar a la candidata boricua, la supuesta favorita del jurado internacional, Joankamaris Quiñones. La muchacha, después del traumático episodio de las iguanas, se había marchado a casa de una tía en San Juan y matriculado en una academia de modelaje de segunda categoría. Tenía la estatura necesaria, pero tanto hueso y pómulos que prestaba una apariencia desabrida. Los primeros dos años, su desempeño como modelo de pasarela fue mediocre hasta que algo vio en ella la conocida “Creadora de Reinas”, que la tomó bajo su ala y se dedicó por los siguientes doce meses a broncearla, alisarla, tonificarla, estilizarla, refinarla y añadirle tetas. Joankamaris regresó a su pueblo natal para convertirse en Miss Ceiba, y de ahí en Miss Puerto Rico, aspirante al título universal que pondría en alto el nombre de su país.
Y había llegado la noche. El público aplaudía enloquecido. “¡Te queremos Joankamaris!” gritaban durante los desfiles de traje típico, traje de baño (bikini, por supuesto) y traje de noche. Las banderitas de Puerto Rico llenaron las filas del fondo cuando salió escogida entre las cinco finalistas, y una gigantesca monoestrellada cubrió la sección delantera cuando contestó la pregunta final. Una lluvia de rosas cayó sobre la tarima al anunciarse el nombre de la primera finalista y quedar la boricua como la Mujer Más Bella del Universo, Joankamaris Primera, orgullo patrio. Entonces, tan pronto le colocaron la corona sobre la cabeza, se sintió el temblor. No hubo tiempo de entregarle el ramo de flores. Frente a un público incrédulo, se abrió la cúpula del Ballroom A y Joankamaris se elevó en el aire, flotando sobre el tul de su vestido de diseñador. Ascendió al cielo estrellado de esa noche inolvidable, su belleza iluminada por la luna. Tras bastidores, la Creadora de Reinas sonreía: éste era su mayor logro: su muchacha competiría ahora más allá, con la Remedios de Gabriel García Márquez, la Venus de Botticelli, la Beatriz de Dante. Afuera, en las veredas diseñadas por el recién difunto Sebastián Wiewall, los chinos de río cantaban a coro La Borinqueña. Cerca de allí, en el balcón de su casita de madera, Chivito y sus tres mil iguanas enamoradas elevaron la vista al cielo.


RATÓN, EN FORMA DE BIZCOCHO

Me he paseado por donde todo es un signo de exclamación. He visto desfilar tules de bellas durmientes y colas de trajes de cenicientas babosas. He visto a una Blanca Nieves de treinta y seis pulgas de altura sacándose los mocos. Me he probado orejas de ratón, de perro, de caballo, de león y de una cosa que no pude definir exactamente qué animal era. He respirado el olor de cantidades industriales de bloqueador solar mezclado con el sudor de masas blanquísimas y celulíticas.
He sabido esperar una hora y media por cinco minutos de montaña rusa. He gritado sentada en carritos en forma de leños, vagones de tren, cohetes futuristas y cabezas de dinosaurio. He bebido galones de refresco de dieta en vasos decorados con estrellas multicolores con la inscripción ¡CELEBRA LA VIDA HOY! He viajado en monorrieles que hieden a pañal cambiado de prisa dentro del cochecito. He visto maletas de ratón, gafas de ratón, bañadores de ratón, tazas y platos de ratón, bolas de golf de ratón, llaveros y briscas de ratón, espátulas para virar panqueques de ratón, macarrones en forma de cara de ratón y sushi de caricatura: un ratón hecho con pescado crudo.
Me he parado en cola tras cola tras cola tras cola tras cola tras cola tras cola tras cola tras cola tras cola tras cola tras cola tras cola tras cola tras cola tras cola tras cola tras cola tras cola tras cola tras cola tras cola.
He sido casi arrollada por una manada de tejanos, todos vestidos igual con camisetas anaranjadas. Un grupo de diecinueve turistas me ha pedido que le tome la foto frente al Castillo con C mayúscula. He visto pantalones cortos bermuda, de cuadros, de rayas, de margaritas sicodélicas, shorts pegados a nalgas por el sudor del sobrepeso, pantaloncitos que muestran horizontes de perniles flácidos que chocan unos con otros. He visto más piel de la que hubiese querido haber visto. He vuelto a hacer cola para hacer una pregunta en el hotel. Me ha cegado el resplandor de zapatos de plástico en todos los colores neón existentes, inclusive verde eléctrico con medias blancas hasta las rodillas. He escuchado a piedras cantar ¡zippity-doo-dah zippity –ay! He chocado contra una inmensa cara de ratón, impresa en la camiseta tamaño sábana que cubría la protuberante panza de un gigante pecoso de pelo rojo. He aprendido a distinguir a Paco de Luis de Hugo.
He visto la magia viva en el júbilo nervioso, el de brinquitos, de los niños. He volado en alfombras persas y elefantes con orejas enormes como alas. He escuchado a bebés llorar del susto frente a tigres de plástico, y a un padre y una madre gritarse a todo pulmón frente a sus dos hijos; la eterna discusión de qué fila interminable hacer primero. He visto la magia derrotada.
Me han sonreído, o mejor dicho, le han sonreído a mi hijo de cinco años un promedio de 125 veces al día. He limpiado manitas embarradas de mantecado con mi camisa. He sido testigo de la perreta apocalíptica de una Tinkerbell alada de dos años, ojos azules y rizos de oro. He esperado en otra cola para desayunar en un restaurante que imita a una jungla. Me ha hecho gracia la fantasía de mesas en forma de champiñones rosados y columnas arquitectónicas talladas en las figuras regordetas de los siete enanos. He visto en pez enorme de piedra en el techo de un edificio de treinta pisos.
He aspirado el aroma cálido de siempre-es-navidad-aunque-esté-a-cien-grados-en-agosto de almendras caramelizadas y popcorn. He olido el recuerdo de desinfectante barato en baños públicos, y conozco ya el rugir que hacen mil doscientas familias almorzando hamburguesas juntas en un solo salón. Me han ensordecido las 2,400 mandíbulas mascando al unísono en el atmósfera espesa de grasa de papas fritas. Sin poder evitarlo, he tocado la misma baranda que medio millón de personas, y se me ha olvidado decir “lávate la manos” con la frecuencia que debería. Ya sé como sudan, mientras hacen cola, los flacos, los gordos, los chicos, los viejos, la gente calva y la gente con pelo azul. He visto un bizcocho de bodas con un ratón y una ratona tomados de mano en el tope.
“Por favor permanezca sentado. Verifique sus pertenencias al salir. Abróchese los cinturones. Agárrese de los pasamanos. No se pare mientras estamos en movimiento.”
He visto turistas con gorritos de pelota y expresión confusa, casi de pánico, parados frente al letrero de entrada, literalmente grande como una casa, preguntar “¿Ya llegamos?” He oído como le llaman parque de diversiones a lo que mejor se definiría como un parque de estimulación, de frenético “nos vamos y que se joda”. Un parque de compuerta de escape, de borrar el otro lado, el otro mundo que me viene a la mente bajo el cielo eternamente claro y estrellado de It’s a Small World. Tres mil dólares gastados y todavía no he logrado adentrarme de lleno en el mundo de la fantasía.
He presenciado el espectáculo de una mujer vestida en sudaderas turquesa buscar en su bolso plateado el dinero que no está allí y sin el que no podrá pagar el peluche que tiene su hija de cuatro años en la mano. He visto a la cajera devolverle la tarjeta de crédito que ha sido denegada.
“¿Qué pasa, mamá?”, he escuchado a la nena preguntar.
He visto a la madre sacarla de la tienda deshecha en llanto y sin peluche de ratón, y ya afuera, en la noche a temperatura de baño tibio, la he visto agarrarla en brazos mientras apunta hacia el cielo:
–¡Mira! ¡Fuegos artificiales!