Bienvenidos a este lugar de consulta sobre poetas, narradores y ensayistas de todo el mundo escritos o traducidos al idioma español.

"... el bibliotecario protege los libros no sólo contra el género humano sino también contra la naturaleza, dedicando su vida a esta guerra contra las fuerzas del olvido"
Umberto Eco

SEGADES-MANIAS, Norma

Norma Segades – Manias

Santa Fe-Santa Fe-Argentina


Libros publicados:
* Más allá de las máscaras (Poesía-Santa Fe, 1989)
* El vuelo inhabitado (Poesía-Santa Fe, 1990-Premio Edición en el Certamen Regional Rosalina Fernandez de Peiroten-Asociación Santafesina de Escritores-Santa Fe-Argentina)
* Habitantes del paisaje-Capítulo: Mi voz a la deriva (Poesía-Santa Fe, 1ª Ed.1990/2ª Ed.1991)
* Tiempo de duendes (Poesía-Santa Fe, 1991)
* El amor sin mordazas (Poesía-Seuba Ediciones-Barcelona, 1992- Premio Edición en el Certamen Internacional Villa de Martorell-Barcelona-España; 2ª Ed. Santa Fe, 1994-3ª Ed. México, 2004)
* Crónica de las huellas (Poesía-Vinciguerra, 2000- * Premio Alicia Moreau de Justo; 2ª Ed. México, 2004)
* Un muelle en la nostalgia (Poesía-2001)
* A espaldas del silencio (Poesía-2002)
* Desde otras voces (Poesía-Linajes Editores-México, 2004-Santa Fe, 2005)
* La memoria encendida (Poesía-Santa Fe, 2004)
* Pese a todo (CD-Poesía al alimón, en co-autoría con Silvia Delgado Fuentes-2004)
* A solas con la sombra (Poesía-2005-Editorial Alebrijes -E-books)
* Bitácora del viento (Poesía-2006-Editorial Alebrijes -E-books)
* Historias para Tiago (Poesía-2007-Editorial Alebrijes -E-books)
* En nombre de sus nombres (Poesía-2008-Editorial Alebrijes -E-books)
* Réquiem por los pájaros (Narrativa-2010-Editorial Alebrijes -E-books)

OBRA

SELECCIÓN POÉTICA

DOMINGO A LA MAÑANA.

El templo está colmado por fieles penitentes.

Han vestido sus sedas
y brillan los adornos bajo los resplandores reflejando sus luces en pebeteros de oro.

El sacerdote apoya el cáliz consagrado
sobre el altar de mármol
de perfección pulida.

Flota un perfume incierto en el aire dormido.

Miles de flores blancas agonizan sumisas.

El lamento del órgano se eleva hacia la cúpula.

Repican campanillas su cántico gozoso
y agobiadas se inclinan las cabezas culpables…
¡Dios está con nosotros!

¿Dios, está con nosotros?
¿Está conmigo ahora?
¿Está con mis hermanos?
¿Con la anciana que intenta comprar una esperanza?
¿Con la mujer sentada que juega con sus joyas?
¿Con aquel comerciante que arregló su balanza?
¿Con ese joven médico de clínicas privadas negándose a asistir pacientes sindicales?
¿O en este funcionario
a quien Dios y la Patria habrán de demandar en otros tribunales?

¿Quizás con el señor hincado de rodillas
–los ojos distraídos clavados en el piso-
pensando en la manera de deslizar su cuerpo hasta el humilde lecho del cuarto de servicio?

¡Dios está con nosotros!

¿Dios, está con nosotros?

¿Está con esa tímida señorita que reza
–ahogada por el cuello de su vestido blanco-
sintiendo palpitar por sus azules venas el galope impetuoso de un deseo salvaje
que la lleva a vagar secretos territorios
en busca de los clientes para sus amoríos?

¿O en esa adolescente que ha entrado con su madre,
las manos apretadas en una unción perfecta
a pedir le concedan salud inquebrantable para abortar su niño de manera discreta?

¡Señor, yo no soy digno!

¡Señor, yo no soy digno!

El rebaño de fieles canturrea en voz alta los gemidos que ascienden adentro del santuario
y se toman las manos formando una compacta cadena de conversos
que adquirieron la gloria de recibir el Cuerpo del Gran Crucificado
con la conciencia limpia del que ordenó su casa
junto al velado pórtico de los confesionarios.

Y son dignos por fin.

¡Ahora sí que son dignos!

El aseo les dura una larga semana.

Son dueños de la gracia,
propietarios del cielo
con derecho a ocupar la celestial morada
y consumir el pan de su mesa tendida.

Miembros del importante y patético ejército
que habrá de proseguir su lucha de centurias contra los condenados y perdidos escépticos.

¡Podéis iros en paz, la misa ha terminado!

Alguien cierra despacio los portales del templo.

En la penumbra vaga de la iglesia vacía
se escuchan los sollozos de Cristo

en el silencio.
(Más allá de las máscaras)


HEROICA.

(Los pájaros rebeldes)

Por ciudades de estambres hasta el cielo,
masticando la tierra
con su idioma de látigo,
el hombrecito gris reclama los cereales,
los árboles,
las napas,
las escamas…,
sus verdes sembradíos de monedas,
su harina matemática.
En respuesta a su atenta,
desde el ápice austral del horizonte
los pájaros anónimos,
embriagados de estrellas insepultas
entre sombras opacas,
vendimian en la noche del suburbio
sus racimos de amor deshilachado,
recogen transparencias de rocío,
hilvanan el futuro con agujas de viento
y en la ausencia del pan
edifican de nuevo la esperanza
para inventar un mundo
de manteles tendidos y agua clara.
Verbenas rezagadas
encrespan su frescura sobre hierbas de octubre,
la sonata de un grillo
sumergido en el fuego del silencio
trepa sus espirales sin escalas
y la complicidad de los faroles
inaugura secretos de obstinada argamasa,
de cajones de frutas,
de callos extenuados,
de delgadas ternuras fortaleciendo el vuelo
bajo la luna intacta.
(El vuelo inhabitado)

JUAN MIGAJA

Afuera,
en el linaje de la noche,
las fauces de la luna desangran transparencias
en las arterias místicas del agua
y suspende en la urdimbre de las hierbas
filamentos de escarcha.
Adentro,
en la tibieza,
el leño trasfoguero fosforece su vigilia quemada
-duende azul de ceniza enlutando senderos de hojalata-.
En la liturgia de la alfarería,
desde su blanda arcilla traicionada
Juan Migaja combate la inocencia con puños de aldabones,
con ojos humillados,
con corazón de piedra cuando estalla en la piel de la intemperie la ronca ingratitud de las cucharas.
Por los pliegues del hambre extravió el alfabeto y las hogazas...
y sin decreto
inciso
o codicilo,
heredó este cansancio que le deshila el alma.
Tendido sobre el vientre del planeta,
sueña que sueña sueños implacables de espigas y panales y naranjas...
Fantasma encadenado a la tristeza,
polvo en el polvo de la madrugada,
embriagado de sal,
sombra
y vinagre,
adelgaza su risa de hojarasca
y edifica en los límites del miedo
blancas torres lunarias
desde donde enarbola la miseria
la terca insurrección de la esperanza.
(Mi voz a la deriva)


SUEÑOS DE BARRO.

Caracolas de silencio
tejen sus manos delgadas
mientras la tarde perfila
los follajes de los talas,

Cuando a la orilla del vuelo
vienen a dormir las garzas,
sueña que sueña mi niña,
junto a los dedos del agua.

Las florecillas del viento,
trenzando verdes distancias,
andan con pisadas leves
los harapos de su falda.

Y al ocultarse las islas,
por las veredas sonámbulas,
mi niña sueña que sueña,
sueños de lunas quebradas.
(Tiempo de duendes)


ANDAMIOS EN EL VIENTO.

Yo edifiqué este amor.
Con fragmentos de oscuras inocencias,
con torpes esqueletos de caricias,
con harapos de sueños,
con astillas de heridas sin cerrojos,
con retazos de olvidos,
con silencios,
con este terco corazón obrero
enhebrando
una a una
las miradas
hasta llegar al beso.

Yo edifiqué este amor.
Me desollé las manos
y el alma
para hacerlo.
Desgarré la agonía de mis pieles
en el seco perfil de tus misterios,
en tu salvaje lluvia de raíces,
en tu escasa ternura,
en la eterna aspereza de tus miedos,
en el rencor marchito de tu zarza,
en la estirpe indomable de tus fuegos.

Yo edifiqué este amor.
Establecí mi sumisión descalza
como piedra y cimiento,
lo parí con la fuerza de la tierra
en la orilla de enero,
lo afirmé como hiedra a tus murallas
de aguijones sin tiempo...
y lo sostengo
a pura garra y dientes
entre racimos de cuchillos negros.
(El amor sin mordazas)


En la orilla del viento.

Habla
María

Ya no puedo parirte nuevamente...
Tengo toda tu muerte en mi regazo
y la inocencia herida de tus sienes yaciendo... en el ritual de mi ternura.
Pero puedo mecerte,
como antaño,
cuando enjambres de ráfagas azules desceñían la paz de tus caricias,
cuando mis manos de ágiles vaivenes tejían, con vilanos encendidos, las pastorales tramas de tus túnicas.
Pero puedo tener entre mis brazos,
no al Cristo... no al Profeta... no al Mesías...
sino esta palidez de tu silencio capturado en las redes de los sueños, como en esas fragancias madereras con que José, te construyó la cuna.
En la orilla del viento,
con tu sombra esbozando ese cuerpo fatigado sobre espinas de penas absolutas...
porque, no en vano el eco de mi sangre retuvo en sus esferas solitarias el dulce cautiverio de tus lunas.
En la orilla del viento,
sin respuestas,
paladeando un brebaje acidulado
mientras otras mujeres sollozantes salmodian sus dramáticas liturgias.
En la orilla del viento,
abandonada,
reclamando una tregua a los enigmas para cubrir tu pecho mancillado por navajas de sórdidas injurias.
Pero puedo tener,
junto a mi rostro,
tus frágiles mejillas, tus cabellos derramando sus últimas penumbras.
Porque ya nada existe sin tu vida: exhausta, macilenta y derribada en la ardiente crueldad de las torturas.
¿Por qué, entonces, me fuiste prometido por las voces del ángel, al crepúsculo
siendo, apenas, un cáliz de azucena sediento de lloviznas invisibles que colmaran mi entraña taciturna?
¿Por qué elegirme a mí?
¿Por qué mi vientre?
¿Por qué no te engendraron los volcanes en la lava apremiante de su furia?
¿Por qué fue una mujer?
¿Por qué la arcilla hubo de recibir la gracia plena para tensar Tu Nombre en su cintura?
¿Pensaste alguna vez que, en esta hora saciarías mi espacio de miserias?
¿Que un dolor excesivo, ilimitado, me entregaría a huérfanos naufragios, a ciegas escolleras de locura?
Ya no puedo parirte...
Ya no puedo...
Soy sólo esta mujer encadenada a su tristeza anónima y aguda...
(Crónica de las huellas)


SOLEDAD.

Filiación de llovizna.
Santa Fe, 1956

Nunca dejé aflorar
hasta la arcilla
ni imágenes de secas orfandades
ni rituales de agravios insistentes
ni hoscas penas
ni fuegos subterráneos
ni filiación de súplica
ni alquimias
engendrando
en redomas sin sosiego
en sediciosos úteros de azogue
la fuerza desgarrada de mi canto
Rehén de las cabriolas más rebeldes
me empeñaba en hilar mis talismanes
en maquillar de olvido la intemperie
a pura carcajada de payaso
en cubrir
a mansalva
cada grieta
rasgando las membranas de mis máscaras
en colgar
de patíbulos prolijos
ramilletes de cielos coagulados
Sólo en la libertad de los silencios
mientras andaba
el mundo
en madrigueras
paría la esperanza de mis versos
derramaba el calostro de mi llanto
Nadie supo
jamás
de tantas muertes
de tanto sueño andando por mi sangre
porque
sólo entre pulsos de tinieblas
pujando en soledad
nacen los pájaros
(Un muelle en la nostalgia)


EL CORAZÓN DESCALZO.

Digo que no.
No quiero esta limosna,
tu cielo a cuentagotas,
tus secretos,
tus recuerdos pariendo incertidumbres,
tu enjambre de relojes decidiendo el ritmo pendular de mis naufragios.
No quiero andar la vida que me falta sepultando memorias clandestinas.
No quiero descubrir en los espejos,
ascendiendo de oscuras soledades,
a las gárgolas rotas del engaño.
Digo que no sin importar tu asombro.
Digo que no sin gritos ni reproches.
Jamás has comprendido
y ya no alcanza hablarte del perfume de violetas deshabitando esperas en mis manos.
Digo que no.
No acepto nuevas treguas.
Dejo aquí,
sobre el lecho:
tus mentiras,
un mustio ramillete de cerrojos,
tu promesa de sol,
la indiferencia
y un remedo de amor recién planchado.
Porque digo que no...
y nada me llevo,
solamente una brizna de esperanza,
solamente el otoño,
algún crepúsculo,
el perfil de tu nombre a la deriva por los cauces heridos de mi llanto,
solamente algún gesto,
alguna estría,
algún roce perdido en la nostalgia,
alguna invitación a la ternura
y envuelto en sus jirones de silencio llevo,
también,
mi corazón descalzo.
(A espaldas del silencio)


LAS MADRES

“Ya no es verano.
No hay Dios.”
Edith Goel
(Argentina-Israel)


Danzan al son del viento.
Danzan con un manojo de memoria
trenzado en el cabello, prendido en la solapa.
Danzan en los umbrales de un insomnio que devora retinas,
que adivina los cuerpos pudriéndose en la entraña del agua turbulenta,
que denuncia las llagas gestándose en los huecos de las noches sin dioses,
que reclama al silencio su azul cosmogonía de esperanza,
vagando por los jueves en la plaza del miedo
ante un pueblo que inventa absoluciones,
que indulta las afrentas.

Danzan sobre su llanto
al ritmo de la lluvia en las baldosas,
al compás de esos nombres que no quiebra la furia
con sus rabos de enconos clandestinos desciñendo relámpagos,
ni la boca asesina consumando rituales de harina fraudulenta;
que no rompe el sigilo de uniformes reptando por senderos impunes
ni la iglesia ocultando la identidad secreta del verdugo
ni la letra amarilla escribiendo otra historia
ni la calumnia alzando sus estigmas
ni la hirsuta impotencia.

Danzan entre el ultraje,
danzan sus terquedades insolentes,
danzan entre recuerdos, entre antiguos retratos,
entre gestos de infancias inocentes encendiendo sonrisas.
Renacidas al mundo desde las hendiduras de sufridas placentas,
paridas por los mismos que parieron sus muslos hace espesos veranos,
delatando los odios que acribillaron pájaros dormidos
cuando urdía la angustia sus tramas de desvelo,
cuando se rebelaron los geranios
y comenzó la ausencia.
(Desde otras voces)


LA MEMORIA ENCENDIDA

Por mis labios ajados,
por mis manos,
por mis mundos secretos,

la sangre de mi sangre,
repetida,
acechaba su nombre en los espejos,

perseguía las huellas del otoño en la alfombra crujiente de los fresnos,
guardaba la cintura de los lagos,

cruzaba
con canoas perezosas
hacia las islas donde nace el duende que cuida de las siestas
y los pájaros ciegos

recorría los parques,
los crepúsculos,
el arco de los puentes hacia el río,
los vacíos andenes polvorientos,
las casonas de adobe,
los vitrales,
las ojivas de templos solitarios deshilachando incienso

y tatuaba los ritos del paisaje sobre la vasta piel de su memoria,
sobre su orgullo de ceniza y viento.

Le legué las raíces,
cada día,

la encadené a los muslos de la tierra,
a su oscuro lenguaje,
a su silencio

para que no cargara en sus insomnios la inflexible condena
de habitar las entrañas de un exilio clandestino y tenaz,
amargo y lento

para que no olvidara sus estrellas,
su filiación de sol,
sus laberintos,
su latitud de lluvia en los esteros

para que,
en el instante en que los sueños
clavan en los desnudos calcañares sus mordiscos famélicos
no canjeara su luna,
su nostalgia,
sus rincones de agravios,
sus recuerdos,
por la promesa ardiente de ser otra bajo el párpado,
seco,
de otro cielo.
(La memoria encendida)


“... el hombre es el único animal que mata por deporte...”

COLMILLOS AL ACECHO.

Cuando perfila vértices el llanto en úteros noctívagos de luna,
soledades de musgos ateridos sofocan el sonido de los pasos...
y manadas de hienas tenebrosas
observan con codicia la inocencia
extraviada en las pieles del cansancio.
No gime el viento su advertencia oscura ni quebranta pupilas el follaje
y desde madrigueras desvalidas
inquietudes de vísceras insomnes olfatean distancias y presagios.
El peligro está aquí,
lo sabe el miedo,
lo desnuda el instinto desgreñado.
Es un reptar de escamas,
un crujido amotinando sombras y relámpagos.
Por latitudes de estertores ciegos,
con sus hordas de muertes implacables,
anda el hijo del hombre,
amo del tiempo,
señor de los colmillos emboscados.
(A solas con la sombra)


APENAS UNA LÁGRIMA.

Después llegó el despojo.
Después el mundo tuvo nombre y dueño.
Después,
avergonzadas golondrinas bordaron relicarios amarillos
entre los bastidores donde el viento tensaba la nostalgia.
Después cubrió el sigilo migraciones de crótalos tajantes,
turbas de intolerancia a contrafuria empecinadas en ceder indultos a codicias rastreras como hierbas,
a apetencias compactas.
Después llegó la ausencia,
esa yerma orfandad sin atenuantes que hundía los colmillos impiadosos en la médula intacta del silencio,
en la seca sustancia de la angustia,
en la pulpa del alma.
Y a veces
el espanto derramaba ceniza en los rincones para ocultar los rastros de la muerte
que se alejaba,
ahíta de estertores,
embriagada de coágulos morenos,
largamente saciada...
Sobre el lento exterminio
extendieron murallas los secretos,
sofocaron gemidos moribundos con la complicidad del disimulo
como si nadie nunca hubiera sido testigo de la infamia;
como si nadie nunca
hubiera encadenado los sollozos al tributo fatídico de un hambre que atravesó la piel del desamparo a paso de abandonos compulsivos,
a vuelta de mordaza;
como si nunca nadie hubiera denunciado cicatrices entre las soledades agraviadas por tanta cacería inexcusable,
por tantos espinosos latrocinios,
por tanta empalizada.
Así se delinearon
las duras coordenadas del olvido en esta longitud de la deshonra,
en esta latitud de la desdicha donde la dinastía de la tierra obtuvo sus hilachas;
donde el reino vencido recibió su racimo de escorbuto,
su cuota de sermones desdentados, su alfabeto descalzo, su infortunio,
sus mendrugos de vida a la intemperie,
su urgencia de cucharas.
Así llegó a mi mundo este agreste cuaderno de bitácora
apenas un susurro acongojado desciñendo su voz sobre los nombres,
las fechas, las leyendas, los caminos,
los sueños, la esperanza;
apenas un susurro,
un ademán de pena redentora congregando las voces espectrales que se dejan oír en la alta noche
donde espesos murciélagos de sombra despliegan su acechanza;
apenas un susurro,
una actitud de fraternal congoja por tantas injusticias a destajo,
por tanto apasionado desencuentro,
por tanta hipocresía vindicando la sangre derribada;
apenas un susurro
perdido en la espesura de los tiempos
como en enmarañados laberintos de nocturnas cavernas palpitantes
apenas un desnudo balbuceo...

apenas una lágrima.
(Bitácora del viento)


ACERCA DE LOS SUEÑOS.

El señor de los pájaros fue el primero de todos sus hermanos en transformar la soledad en música.
Nació predestinado a largas cabelleras, tristeza de magnolias derivando en los cauces de la sangre
y esas ciertas sonrisas que no alcanzan para encender los ojos.
En sus días, las ramas de los nísperos, de los olivos y los limoneros
capturaban canciones y poemas bajo el silencio azul de las escarchas.
Era hijo del viento y de la reina de las mariposas.
De su padre heredó las levedades, el idioma de ciertos semilunios, las fragancias y los desmesurados torbellinos.
De su madre los vuelos, nostálgicos, tenaces, minuciosos, translúcidos, los universos verdes.
Creció en medio del huerto y engendró la esperanza en tiempos en que pocos recordaban el destino final de los senderos
y algunos talismanes ya habían abdicado a deshacer hechizos
y los dioses de las vegetaciones traicionaban los pactos.
Con sus uñas de plata desarraigaba voces que insistían en aferrarse al alma del crepúsculo
y se obstinaba en desceñir cadencias en el ritmo preciso,
en la exacta bravura con que la noche, siempre acantilada, interceptaba el pulso de la tarde.
El señor de los pájaros establecía sus insurrecciones en esas latitudes donde se santiguaban las glicinas
y desovaban lunas los relojes, entre caparazones de tortugas heridas por el rayo de la muerte.
Durante interminables desconfianzas las sombras intentaron extirparle los sueños.
Durante largos miedos ocultó las heridas,
esas llagas que olían a cadáver o a lágrima o a niebla.
Durante dudas y fugacidades regresó sin abrazos por el camino de los tulipanes.
Hasta que en las riberas del otoño, una begonia con un ala rota atrapó su mirada y se reconocieron.
A su boda asistieron sólo las mariposas.
El viento ya no estaba.
(Historias para Tiago)


MARÍA EVA DUARTE

Mientras la mayoría del pueblo la llora con desconsuelo, en algunas paredes de los barrios aristocráticos alguien escribe: “Viva el cáncer”. Tenía 33 años.
Buenos Aires/Argentina (1952)

Encarcelada adentro de mis pieles,
el alma se debate entre las llagas que saquearon su cuerpo,
a pura furia,
en estas coordenadas del silencio donde sucede el tiempo en espirales
y la agonía duele todavía
aunque el fétido aliento de la muerte ya no rompa,
con uñas amarillas,
los baluartes del útero infecundo donde engendrara el cáncer su paisaje.
Soy
apenas
la máscara de la hembra
que odiaron los señores biencomidos desde lo más profundo de sus vísceras.
Soy Evita,
la intrusa resentida,
la virtuosa,
la puta,
la arrogante;
la que mantuvo un odio apasionado por los olvidos,
por las injusticias,
y alzó una represalia en torbellino que consumió sus días
y sus noches
y el desleal desenfreno de su sangre
desterrándola al hondo cautiverio de una perpetuidad inconmovible
donde habrán de golpearla,
mutilarla,
temerle hasta el espanto y la locura,
condenarla a un atroz peregrinaje
al que será entregada por bastarda,
por hija de la chusma,
por fanática,
por conducir legiones desdentadas
hacia la dignidad que les adeuda la rapiña legal de los farsantes.
Soy Evita,
la madre irrespetuosa,
la que no consintió con su destino de sirvienta,
operaria,
costurera,
discreto pasatiempo de señores en alguna evasión de mediatarde
y se jugó la vida
a todo o nada
porque tuvo el coraje,
la fiereza,
la razón, el arrojo, los ovarios
para parar el juego
y dar de nuevo
a pesar del agravio interminable.
(En nombre de sus nombres)


SELECCIÓN NARRATIVA

TANGO EN OFF.

Antes de retirarse a buscar una bolsa de basura, la voz recomendó que me quedara quieta. Obedezco en silencio. Ya no es momento de alzar la rebeldía.

Con las pupilas fijas en el techo, me niego a percibir los acordes del tango que llega desde el club de la otra cuadra. Fragmentos de la música con que el barrio celebra la mascarada absurda de febrero. Carnaval en las risas y en el aire. Carnaval en la atmósfera pesada y la humedad, la noche, los mosquitos.
Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando…
Sólo llegan a mi alma los ecos apagados de tus pasos huyendo de mi pena. Igual que aquella tarde. Cuando todo el ocaso descendía sobre la orilla opuesta del estanque, testigo obligatorio de mi pena. Esa pena rotunda que oprimía mi corazón, mi entraña… Y yo supe, de pronto, que todo estaba dicho. Que me quedaba sola con mi sola tristeza. Con el peso de culpas y castigos. Tajantes. Desvelados. Contundentes.
Y no tengo el consuelo de poder llorar…
Que me quedaba sola ante la gente, sin reposo ni lágrimas. Procurando el coraje de seguir adelante. De continuar cuidando, sosteniendo, salvaguardando el fruto de mi amor –ahora comprendo- jamás correspondido. Gestado para siempre en esta devoción de mi ternura y tu aluvión de fiebres y mentiras. Hasta que fuera el tiempo de donde no hay retorno. Porque nadie se atreve a interrumpir los sueños cuando la vida transgredió los límites y exige perpetuarse.
Quise abrigarla y más pudo la muerte…
Por eso decidí buscar refugio en casa de Susana. Por eso superpuse corpiños y bombachas. Cubrí falda y remera con el vestido nuevo. Oculté en la cartera todos los documentos necesarios. Y mis ahorros. Y mis ilusiones.
Para vencer un duplo de almanaques, tomar la delantera en los relojes, eclipsar la inclemencia de la palabra aborto.
Así tuviera que irme a otra provincia burlando la confianza de mi madre.
En vano yo alentaba febril una esperanza…
Por eso estoy tan sola. Tan vencida. Por no haber sido leal a mis principios. A la doctrina de la santa iglesia. Al honor, la decencia y el recato. Por haber comprobado en carne propia tantas humillaciones. Tantas puertas cerradas a mi paso. Tanto empleo negado por mantener amarras. Horarios. Gravidez. Hijos a cargo.
Y mientras en las calles en loca algarabía el carnaval del mundo gozaba y se reía…
Por tener la certeza –pobre incauta- de que ya era muy tarde para la interrupción del embarazo.
Y los afectos son imprescindibles.
Sobre todo si el alma anda en penumbras. Sobre todo si extraña los días del encuentro. Sobre todo si abundan las promesas, el perdón, los discursos, los abrazos
Todo es mentira, mentira es el lamento…
Inmóvil, vulnerable, socavado, apenas recubierto con la sábana blanca, mi cuerpo es una ausencia con las pupilas fijas en el techo.
Por la oquedad sangrante he parido seis lunas amarillas sobre una palangana.
Pero la voz prohibe que mire hacia el cadáver.
Hoy está solo mi corazón…


VOS TAMBIÉN

¿Me escucha agente?
Ya no me quedan fuerzas para seguir pidiendo por su vida, para seguir diciendo que no es barro ese colgajo oscuro sino la piel quemada, que no podemos acostar a mi hija en la cajuela de una camioneta porque está agonizando.
No me aparezca ahora con más estupideces porque estoy orillando la locura.
Nunca quiso tomarnos la denuncia. Nunca intentaron vigilar la casa. Nunca creyeron en nuestra palabra. Nunca cumplieron nada.
Y así fue como este hombre pudo llegar en medio de las sombras y quemarla…
Y quemarla…
¿Cómo se atreve a sugerir paciencia?
Ese despojo casi calcinado estuvo nueve meses protegido en mi vientre, alimentado con el mate amargo y rodajas de pan hecho en el horno que armamos en el patio. Años y años luchamos para que no fuera incluida en estadísticas, en la lista de niños que sucumben luchando contra el frío, desabastecimiento de vacunas, carencia de nutrientes, convulsiones causadas por la fiebre, ahogos en la noche… Años y años luchamos, codo a codo, para sobrevivir a la miseria. Y ahora que está grande, que ya cumplió los veinte, que tiene un buen trabajo y una hija gateando por la pieza; viene este desalmado que la golpeaba siempre hasta el desmayo –como a usted tantas veces le explicamos- y discute con ella y le reprocha que ya no lo ame tanto y le arroja la nafta sobre el cuerpo y la convierte en una tea humana.
¿Cómo se atreve a reclamar sosiego?
No es barro agente…. Y aunque fuera barro, que importancia tendría ante la perspectiva de salvarla. Yo le traigo una sábana para cuidar el tapizado limpio. Yo te traigo una sábana… Yo te traigo.
Mirá que ya no tiene fuerzas. Mirá que ya ha dejado de quejarse. Mirá que el pulso apenas si se siente. Mira que va a morirse antes de que aparezca la ambulancia.
Mirá que cuando nazca la mañana y broten periodistas fingiendo interesarse por el dolor ajeno, tratando de obtener el toque bajo que pide el corazón de los espectadores yo voy a denunciarte. Voy a gritar tu nombre y apellido. Voy a mostrar tu foto y a delatar esta inmisericordia que te impidió escucharme. Voy a gritar hasta desgañitarme. Como grité la noche que la estaba pariendo sin cirugías, sin epidurales, sin imágenes previas de su cuerpo, a puras ganas de que me naciera un retoño de aquel amor que se marchó una tarde prometiendo llamarnos.
Les voy a sacudir el mediodía a esos personajes que no escarban en botes de basura pero gustan de hurgar entre las llagas.
No me mirés así, con ese aire de perdonavidas, defensor de los machos que maltratan la vulnerabilidad de las mujeres, golpeador vos también, verdugo vos también, cómplice vos también, hijo de puta…
(Réquiem por los pájaros)

9 comentarios:

Susana Lizzi dijo...

Norma, a juzgar por tus textos, sos una paloma de alto vuelo. Ojalá un día yo pudiera alcanzar ese nivel poético. Besos. Sü

amanda pedrozo dijo...

Querida amiga incansable. Empiezo por donde no debo, pero es por donde pienso, seguro que por aquello de que cada uno llora por donde más le duele. Debería empezar diciéndote que lograste hundir el puñal en la llaga sin haber perdido por eso la garra literaria, y eso no es fácil. Pero no, empezaré por esto: realmente yo todavía a veces me debato entre el asombro y el grito. Pero nunca grito, ciertamente. Ni lloro, porque es cierto que el oficio del periodismo a muchos nos saca la capacidad de querer hacer nuestro el dolor de la gente. Por algo simple: son demasiadas desgracias y demasiados dolores cada día. Significaría vivir con el espanto en los ojos y nada más que el espanto.
Salvando el caso de colegas a quienes nada les importa, lo cierto es que apasionarse o dolerse más allá de lo que permite ser objetivo (la levedad que significa esa palabra, que nombra algo imposible del todo) sería como un cirujano que tuviese que operar llorando por el paciente. Yo sé que es así, mi hermana querida, Normi, porque al principio de trabajar en un diario llegué a enfermarme de dolor de alma. Y a apasionarme indebidamente también, cuando se trataba de cosas políticas. Al menos, hasta la hora de cierre de edición, no tenemos más remedio que pasarnos un pedazo de hielo por el corazón, ya me entendés.
Pero luego... luego de eso a veces uno se queda hecho pedazos. Por suerte, algunos al menos escribimos y así vamos pretendiendo que hacemos algo. Aunque quizás lo único que hacemos es sacarnos las culpas de encima, o desestresarnos.
Y luego, está este cuento tuyo, por ejemplo, que es la otra manera de mirar, más desde adentro, eso es seguro. Y sí, conmociona.

amelia arellano dijo...

NORMA: Un cacique mapuche escuchando un discurso de un político le dijo: Muy lindo, pero rasca donde no pica. Tus poemas rascan donde pica !Y como!
Un abrazo. amelia

Laura Beatriz Chiesa dijo...

Querida Norma: qué material!!! La fuerza de la palabra en todo su esplendor,en poemas o en narrativa.
El pensamiento hecho decires, transpasa los renglones que lo soportan. Felicitaciones Norma. Con el agradecimiento de siempre, te abraza,

Avesdelcielo dijo...

La sonrisa de Norma en la foto es amplia como su temática poética. Es levantarse un domingo para ir a Misa con el corazón alegre. Escribe con el corazón descsalzo,sobre frágiles andamios, defiende a los agraviados, a los sueños,a la inocencia. Cultiva todos los estilos con su encanto especial.
¡¡¡Gracias !!!
MARITA RAGOZZA

ANA MARÍA dijo...

Estimada Norma; Quiero agradecer tu invitación. Es para mí un honor compartir la " Biblioteca" con tan prestigiosos poetas. De tu calidad, ya conocida,solo puedo agregar que va acompañada de un punzón profundo que atraviesa el alma. Felicito la presencia de tan extraordinaria escritora y militante Gioconda Belli. Su poema ESTOY VIVA COMO FRUTA MADURA, es uno de mis favoritos. Gracias y mi cariño. Ana María

ADELFA MARTIN dijo...

Caracolas de silencio
tejen sus manos delgadas
mientras la tarde perfila
los follajes de los talas,

Ni siquiera se que elegir entre tanta palabra bella y "bien usada", solo te dejo mis felicitaciones por tu obra y por este esfuerzo que nos aglutina...

saludos cordiales

Rossana dijo...

Querida Norma :

Yo no sé, porque es que me he tardado tanto en este vuelo hasta tu casa, sólo sé, que agradezco, cada palabra de aliento que has dejado entre mis alas, siempre que llegaste a mi cielo.
Aqui estoy ya, soy una especie de Alondra, con alas bendadas.
Un beso
LEO, LEO, LEO
Y la verdad, me re encanta.
GRACIAS
Rossana

Miguel Abantos dijo...

Querida Norma:
Es muy interesante y de encomiar, además de agradecer, la labor y el esfuerzo para poner todo esto en marcha. No podía pasar por alto la excelencia de sus escritos, la valentía y el oficio.
Eboharabuena.
José Ruiz Guirado