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"... el bibliotecario protege los libros no sólo contra el género humano sino también contra la naturaleza, dedicando su vida a esta guerra contra las fuerzas del olvido"
Umberto Eco

TOLEDO, Josefina


Josefina Toledo

La Habana-Cuba


Libros publicados:
Como jamás tan vivo (Antología poética)
Narradoras cubanas contemporáneas (Antología narrativa)
Cuentos de fantasmas (Finalista Concurso de la Casa de las Américas-1980) Editorial Letras Cubanas-1980
La ciencia y la técnica en José Martí (ensayo)Premio Nacional de la Crítica Científico-Técnica en 1994
La naturaleza en José Martí, (ensayo)2009 Editorial de la Universidad Bolivariana de Santiago de Chile.
Marta Abreu Arencibia. La caridad como energía creadora. (ensayo )Primer Premio del Concurso de Personalidades Villaclareñas

OBRA

Tomado del libro CUENTOS DE FANTASMAS

“Caperucita y el lobo”

A Luis Alberto Lavandeyra, por sus enseñanzas.

El alba aún no había ensayado sus primeras claridades cuando Caperucita atravesó el parque de la avenida con su paso seguro de siempre. Desde la parada del ómnibus en la acera opuesta, los ojos del lobo habían adivinado la proximidad de Caperucita en cuanto su uniforme y su gorrito hicieron un punto inconfundiblemente blanco en la oscuridad. Los ojos del lobo vieron sus piernas ballerinianas atravesar la avenida, y llegar casi a su lado, ignorándolo, para después volverse de nalgas a él, dar unos pasos hasta situarse junto al tronco del flamboyán próximo a la parada, pero un tanto alejado del resto de los futuros pasajeros, y abrir un pequeño folleto a la claridad leve, recién estrenada. La boca del lobo, toda secreción, dio unos pasos en la misma dirección de Caperucita, mientras su mandíbula se adelantaba como atisbando la proximidad de un ómnibus, que no le interesaba en absoluto. Cuando estuvo junto a ella, el lobo se sintió invadido por la sensación de frescura que comunicaba el discreto hálito perfumado que la envolvía, y sintió la necesidad de llevar ambas manos a los bolsillos de su pantalón de mezclilla. El lobo llevó la pierna izquierda a posición de “en su lugar, descansen”, carraspeó con estrépito repetidamente esperando anheloso que su mirada se encontrara con la de ella, que sólo había abandonado la lectura del folleto para comprobar la banderola de los pocos ómnibus que habían pasado. Entonces el lobo, sin sacar las manos de los bolsillos, echó los hombros hacia atrás, se acercó más a Caperucita, y apoyó el talón izquierdo sobre el tronco del flamboyán, observándola con la misma actitud con que lo había hecho allá en el bosque, muchos siglos atrás. El lobo autovaloró su salud a toda prueba, sólo interrumpida por una ligera hepatitis de la que recién salía; sus espaldas musculosas, sus bíceps ejercitados por el trabajo y, en un tiempo, por ejercicios dirigidos; su pelado correcto, sus patillas largas y bien delineadas… “No podrá soportar el magnetismo de mi mirada; sé que soy irresistible, infalible, durísimo…” pensaba el lobo mientras escrutaba el cuerpo de Caperucita pulgada a pulgada para volver después al rosto, que revelada un interés inalterable en la lectura del folleto. El lobo chasqueó la lengua y resopló con visible irritación, al tiempo que estiraba la pierna que tenía flexionada sobre el flamboyán. Volvió la cabeza en dirección opuesta a Caperucita y reparó entonces en la presencia de un cincuentón muy próximo a ellos: generosa papada, abundante adiposidad en el abdomen y tabaco recién estrenado.
---Compadre, ¿usted no se da cuenta de que me está echando todo el humo del tabacón arriba? --le gritó el lobo con humor agrio.
---¿Quién, yo? --preguntó el cincuentón señalándose el pecho con el índice de su mano derecha.
---¡Sí, sí!, ¡échate pa´llá! --volvió a gritar el lobo gesticulando.
---Mire, joven, por educación usted no debía…
---¡Aquí el problema no es de educación, chico, el problema es que yo soy hombre, ¿me oíste?! ¡soy hombre! ¡Y te echas pa´llá!
El cincuentón se limitó a mirar al lobo con una expresión que hubiese podido ser de lástima, y dirigió sus pasos, como cansado, en dirección opuesta. Nadie dijo nada. Todos miraron al lobo que se había vuelto nuevamente de espaldas al resto y de frente a Caperucita. Todos miraron al lobo, excepto Caperucita, cuya apacible lectura no parecía haber sido turbada por los aullidos del lobo momentos antes. El lobo volvió a escrutarla. “Se hace la superinteresante, pero yo la voy a hacer saltar”, pensaba.
La claridad seguía abriéndose paso a empellones por entre cúmulos holgazanamente inamovibles que anunciaban una ambivalencia de lluvia y cambio de temperatura. Tres ómnibus arribaron sucesivamente a la parada y, tras ellos Caperucita vio acercarse al que esperaba. Cuando se abrió la portezuela automática, el primer descanso de la escalerilla apareció tan repleto de pasajeros que ella decidió esperar el próximo; no obstante, tres hombres jóvenes lo abordaron, impidiendo el cierre de la portezuela con sus cuerpos proyectados en racimo hacia afuera.
Caperucita retornó mecánicamente al amparo del flamboyán, miró su reloj de pulsera y recomenzó la lectura del folleto por donde la había dejado. Ahora sólo estaban en la parada Caperucita, el lobo y, muy allá, una pareja de enamorados recién llegada. El lobo volvió a flexionar la pierna izquierda apoyando el talón sobre la corteza del flamboyán y reinició su regodeada observación. “Se hace la superinteresante, pero yo la voy a hacer saltar”, pensaba, mientras recordaba los rostros de casi una veintena de caperucitas, primero indiferentes, como ésta, y después con expresiones de sorpresa, de miedo, de bochorno… la mayoría a punto de las lágrimas púdicamente silenciosas para no atraer la atención… El lobo conocía de memoria estas expresiones. Ya no podía seguir tolerando la imperturbabilidad de Caperucita, las condiciones eran ahora propicias y el lobo se decidió: con la pierna izquierda flexionada como la tenía, al lobo le fue fácil extraer su miembro viril en estado de erección, sin incurrir en ademanes delatores. Con la respiración sibilante el lobo colocó su pene sobre el muslo flexionado y se lo observó, persuadiéndose una vez más de que era el más grande y mejor proporcionado que jamás hubiera ostentado hombre alguno. Seguro de sí, el lobo silbó a Caperucita que continuaba leyendo a su lado.
---Pss, pss…
Caperucita volvió el rostro hacia él, y el lobo le señaló con mirada libidinosa a su pene, al tiempo que contraía sus músculos eréctiles logrando el automovimiento de su miembro viril. Caperucita observó la operación, volvió momentáneamente la vista al folleto para hacer un doblez en la página que estaba leyendo, y enseguida se dirigió al lobo con la misma natural seriedad con que acostumbraba a tratar a sus pacientes en el cuarto de curaciones del hospital.
---¡Qué chiquitico y qué aspecto tan enfermizo tiene! --le dijo Caperucita en un tono muy bajo y continuó: ---Mire, yo soy enfermera de proctología y le aseguro que cuando el hombre tiene el miembro así… ---Caperucita acentuó el así mirando fijamente el miembro viril del lobo al tiempo que torcía la boca con el mismo gesto de asco insuperable que ella ensayaba cuando hace ya muchos años su abuelita intentaba darle una cucharada de aceite de ricino.
---Así empiezan la gonorrea, la sífilis y el cáncer de la próstata; usted debe ver al médico enseguida --argumentaba Caperucita en un tono muy bajo y con absoluta serenidad, mientras veía cómo el miembro viril del lobo se encogía rápidamente hasta perder por completo la erección, al extremo de escurrirse, insignificante, dentro de la portañuela del lobo, sin precisar su intervención.
El lobo, más que bajar, había dejado caer la pierna izquierda y de pronto tuvo la sensación de que su desayuno --un buen pedazo de pan y café caliente-- le había hecho daño; eructó violentamente y los deseos de vomitar amenazaron con ser del todo irreprimibles. Tragó abundante saliva. El lobo hubiera querido cruzar la avenida en dirección al parque para no vomitar delante de la gente, pero sintió las piernas acalambradas y no se atrevió a moverse; ni siquiera había podido sacar las manos inútilmente ocultas en los bolsillos de su pantalón de mezclilla. Giró torpemente sobre sí y apoyó el hombro contra el flamboyán al tiempo que un estallido interno pareció volcar su estómago, explayándose por la boca, por la nariz, y haciéndolo llorar. Ahora, alejándose hacia el ómnibus cercano, oyó de nuevo la voz de Caperucita recalcándole con absoluta convicción:
---No deje de ver al médico, las cosas a tiempo… --y subió al ómnibus. Caperucita había aprendido mucho después de su primer encuentro con el lobo, allá en el bosque, hace siglos. Ahora sabía obtener los mejores resultados utilizando convenientemente los recursos de que disponía, que aún no eran muchos.
“Es posible que tenga que seguir un tratamiento de psicoterapia por impotencia”, pensó Caperucita, mientras buscaba el doblez que había hecho en la página del folleto, sentada en uno de los asientos laterales del ómnibus.

SELECCIÓN POÉTICA

ANCESTRAL

Traigo en la raíz de mi cuerpo débil
El recuerdo de vidas ancestrales
Que otras mujeres han alentado por mí
Hasta darme modelado mi nombre
Para ahorrarme los dolores cruciales
Me recuerdo en tu piel sobre aquel lago
Untándote con mieles de ansiedades
Ahíta de todo el sol engullido
Y con los ojos libres en el cenit
Vas en mí como luz de mi razón
Para ser voz y azogue de este cuerpo
Lontananza que a mi vida concedes
Tú eres sostenme siempre no me flaquees.

CÁNTICO.

Mi amante de celosísima ternura
Ya no padezcas, mi hombre, duerme feliz:
Cuando aquel coloso trate de borrarte
Te reclinarás muy vivo contra mi alma,
De nuevo amansaré tus barbas, tus rizos,
Besaré de nuevo tu voz anhelante.

Mi amante de celosísima ternura,
Ya no padezcas, mi hombre, vive feliz:
Me desnudaré adentro para llorarte
Y hasta siempre me inundarás con tu fuerza,
Siempre vivos y apretados miraremos
El frío sol andino desde tu higuera

Mi amante de celosísima ternura,
Ya no padezcas, mi hombre, lucha feliz.
Poema premiado en la III Bienal de Poesía de Cuba.


OTRO MÁS.

Evocación de un joven suicida.

Alguien puso en sus manos las llaves del paraíso;
Pero no era el pescador de Galilea

Lo empujaron sobre una senda;
Pero no era el camino de Damasco

Debió marchar por el atajo boscoso hasta la claridad;
Pero sus pies llagados sintieron que ése no era el Camino

No podía volverse y vio alguna claridad al final del atajo;
Pero no era la Luz

Aguzó la mirada, anduvo aún, y la claridad pareció estar ahí;
Pero no era la Verdad

Avanzó por el atajo hasta que se le hizo un pantano;
Pero ya no supo regresar.

Llegó por fin a la claridad de todos los peros;
Pero los peros le demolieron la Vida y no supimos ayudarlo

Le hablamos de la salvación;
Pero él no pudo atisbarla desde el pantano

Logró dormirse con las pastillas de sus bolsillos;
Pero fue devuelto a su vigilia pantanosa

Vio los pies de su vecino colgando a unas pulgadas del pantano;
Pero él no tenía siquiera ese pedazo de medio salvador

Por fin, le dio pena mutilar el cable del teléfono de su casa;
Pero fue su última desobediencia para con su madre.

Aunque no supo discar tu número, Señor, perdónalo y respóndele
Perdónanos a nosotros que no supimos enseñarle tus coordenadas