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"... el bibliotecario protege los libros no sólo contra el género humano sino también contra la naturaleza, dedicando su vida a esta guerra contra las fuerzas del olvido"
Umberto Eco

LOZANO, Manuel

Manuel Lozano

San Francisco-Córdoba-Argentina//Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Buenos Aires-Argentina


Libros publicados:

* Bizancio bajo las aguas
* Mansión Artaud
* La noche desnuda de rostro ciego
* La rueca dorada
* Historia natural de la herida
* Iconostacio
* Todos los mapas son inútiles en Abisinia
* Tratado sobre una infinitud que arde

OBRA

SELECCION DE POEMAS

EXPOSICION DE LOS DIAS TRAS EL MURO

...Y la muerte no será más...
Las cosas anteriores han pasado.
Revelación, 21:4


a Roberto Matta Echaurren, por la voz que perfora la luz

Vendrá una exposición de amores y de dones,
de formas flotantes y avaras cuando alcanza la noche
un grito ya ido del escarnio
bajando sediento con sus ojos.

Un inventario para la desolación más brillante
en el sosiego del acantilado
deja robar el corazón sin oponer resistencia,
no obstante vacilar en los contornos.
¿Qué hacía un estambre retenido en los labios?
¿A quién pudo curar ese instrumento del escalofrío?

Sin embargo temblaba el agua, la puerta de cenizas,
la tersura del pétalo en la piedra,
un cielo trizado con que encender la penumbrosa bóveda,
el autorretrato de tu despertar
entre las imantaciones de lo extraordinario.
¡Colibríes, membrillos, la foto de mi abuelo disfrazado de príncipe
en alguna eternidad que no poseo,
y la piel que habla!

Dio un giro en torno de los invitados.
Luego creyó dar un giro,
pero la brizna blasfemó cada huella.
Ni un aroma.
¿Y ni un aroma de bosque tejiendo incertidumbres,
continuamente sentado
en la ventana de aquelarres?

Ahí todo lo que ve en la cápsula de vértigos, está.
Palpa una moneda fenicia y la desprecia.
Besa una raíz y la come.
Lo hace con lucidez, le busca la clave desmedida,
la azuza con transparencia.
Ahora es de nosotros.

DESCENDIMIENTO A LAS NAVAJAS DE LA LLUVIA

...y que el mismo haya sido atraído
por la gula de los cuerpos muertos.
Giordano Bruno


Los cardos del desierto secan en la voz
el resíduo de una estrella.
El deshollinador lamenta haber sido,
alguna vez en el mundo, un cuerpo amado.
Toda la noche se petrifica bajo mis pies.

No toco esa raíz,
no quiero que arrojes fuego en mis arterias,
que siembres herida cuando calla la luz.
Un reino de lenguaje suelta las crines
y es un puñal el relincho bajo la lluvia que empieza.

Poseso,
subes al sigilo.
Poseso,
¿dónde, todavía recubierto por las escamas
lamidas por tu idioma del origen?
Poseso,
el inconsolable da vueltas en su memoria.

Poseso,
¿gritaste con el grito suficiente
del panal en la noche del enigma?
Poseso,
viene la lluvia con la multiplicación de los panes,
divinizada,
fértil.

Ha de llegar.
Por mucho tiempo apartado, festejará mi casa.
¿Ahora vuelve trueno, orquídea, eclipse?
De la tierra de Nínive resucito.

ANCIANO DE LOS DIAS

...uno de los ancianos me preguntó:
“¿Quiénes son éstos que están vestidos de blanco, y de dónde...?”
Apocalipsis, 7.13

La última langosta habrá salido del humo
cuando el ataúd quede abierto
a la vista de todos.
No consolemos a nadie.

La montaña de basura subió hasta el cielo,
¿pero dónde el cielo?
La ciudad (mis queridos, antiguos discípulos),
es hoy asilo de lunáticos
y el hambre merodea como loba en celo:
cirial encendido entre las cuevas.

Ya no afirmo.
La resignación apesta.
Tampoco examina mi lengua los cuerpos enfermos.
Me arresto a la secreta visión:
aguijoneado,
irme por la canaleta sin cerrar la herida,
entrar en la profanación de las tigras.

Reconozco su sangre.
¿Qué pienso hacer entonces?
Linternas, armas y hachas se suceden ante estos ojos.

VIOLETA PARRA ACARICIA LA ESPUMA DE SU SANGRE

Maniática tempestad
de volver a la turbia canción
en que se pierden los circos,
nombradía de una casa disuelta en el relámpago.

¿Y él enciende la calle -una vez más-,
con el pasado resquebrajándose al fin de tu delirio:
esta vida?

Si has reescrito el rumor del agua en las pieles predilectas,
árbol o anfibio quemado por el ojo
cuando se incrusta la herida y no supura,
¿adónde escapa mi criatura,
esta cordillera subiendo con su lava ardiente?

Lo dije hasta quebrarme esta sangre.
Acaricio su espuma.
Lo imploré en tu dolor:
¿Dios de la puerta hostil de la fortuna yacente,
de las rameras jubilosas al otro lado del río,
siempre del otro lado?
¿Señor de los faisanes y las calas, de los potros cadavéricos,
de la lechuza y de las chimeneas?

Cuando caiga la tarde de cenizas, habré muerto.
¡Habré muerto con la risa de mis padres,
con mi desnudez revestida de vigilias!

Todos los días abro esta voz regocijada,
sepulto la llave.
Todos los días recorro la feria del sarcasmo.
Todos los días velo mi cadáver.
Todos los días soy Omega y Alfa y hasta el fin.

¿Pero en qué suburbio de esta cercanía me perdona su rostro?

VIOLETA PARRA SE ARRANCA EL CORAZÓN Y LO MIRA

Pulido en agua y huesos sobre la piedra,
desnudo de pavor (tan abierto al frío de un amanecer),
dulce, dulcísimo desangrado,
te dejo para siempre en el bosque.

Vino desde la cruz,
lo vi en la cruz,
lo vi en la lluvia de rocío de la cruz,
lo vi en los ojos del perro que lamieron mi herida,
lo dibujé en la cruz
con aquel pájaro verde
trayendo la ramita de laurel
del regocijo y el vuelo.

¿Cómo te llamaré sobre esta tierra
si ya no eres corazón,
sino este hueco velando por tu vida?
¡Mon vieux complice, mon vieux complice,
diría el borracho de una noche radiante!
¿Y con qué delantales de sol estallarías de nuevo
para bailar la cueca de Los Andes
mi pequeña hermosa, inmensa, lastimada?

Grito después de la cicuta.
Grito después de los volcanes.
Grito después de la heredad.
Grito para nacer
y ver mi corazón en llamas
-sin llanto y sin quejido-
alumbrando.

MARCEL SCHWOB (1867-1905)

Manantial del tiempo, manjar que cae de la boca
y no bebe la divulgada sangre
de quienes queman con furia sus vestidos,
¿Adónde el adónde de un acaso por todos?

El amarillo mar se resquebraja (animal ficticio)
como un sonámbulo avanzando a la pétrea desnudez.
La corona de pan acude ahora en la desgracia
restaurando el vino más intenso
-mora, así, en nosotros
su hermosura-
con esta guarida de tigres y cachorros.

El estiércol fue llevado hasta el cielo.
Es que el pequeño sanguinario cae de rodillas,
demudado,
y escribe,
escribe por el que fuiste y serás.
La ley que enardece al enemigo ya está aquí.

Una fortaleza no da de comer a las langostas.
No hay medicinas para tu quebranto; tu herida,
tu fría herida es incurable.
Aquí, no hay cementerios, querido Anatole France.
¿Aquí?
¡Aquí, un aquí!
Aquí.

Aquí no hay cementarios, querido Anatole France.
Debajo de la luz, hay basurales.

LENA

Nací en el alba que nadie pronuncia, que nadie cuida,
debajo de un fresno
con sus muertos colgantes y amarillos.
Canté.
Canté para ahogar el terror,
canté para mí misma
la elegancia de un mundo que huía
y que temblaba.
Supe de quien corrió entre las tumbas:
era tu niña del despojo.

Entonces, ocurrió el prodigio.
Aprendí a beber el sol
que nace de los vasos vacíos.

VILLIERS DE L´ISLE ADAM O JAURIAS EN EL CALABOZO

Llegas a la casa del dolor, aun habiéndola ignorado,
con los brazos abiertos en súplica de cruz sanguinolenta
a las mentiras de dios o del demonio.
Han de caer las palabras como el trueno,
las brillantes, las hostiles, despojadas, miserables
en el corazón que sufre y no pronuncia.

Hubieron sido escritas para el banquete de una noche sola
en que vuelve la vida a hacerse inmensa
bajo un sol invisible,
allí donde cantar es una ceremonia admirable.
El grito cava un pozo para tantos colmillos
que no deben ser desenterrados por ningún visitante.

A mi sombra la extienden como un mapa del sudario
que envejece a quien lo mira.
Continuamente me beben y no hay reposo.
Me comen y soy las tripas y menos quizás.
El hambre aúlla, no canta.
¿Dónde el frío?

Este frío aúlla, no canta de la mansión el balbuceo.
¿Dónde el hambre?
El hambre y el frío borran con su música perdida
la piel del que se va.

ES IMPOSIBLE LA CEGUERA EN ESTA CASA

...la leña y el agua lustral
Odisea, III, 429


Pantomima en la calle ardida de este mundo.
Elipses de la mendiga de Dios.
Ojos que son árboles, ojos que son vestidos,
Ojos de Anne Bradstreet tan incendiados,
demasiadamente ojos.

¡Así tigre puedes reír de la artimaña!
Las corolas se cierran al atardecer,
la escarcha va floreciendo desde abajo
mientras vuela una monarca en el bosque de abetos,
y veo las voces -ancladas- al fin
en un desierto de sal:
Es mi último día de la creación.

¡Así Cristo puedes reír de tu infierno!
La noche inmensa trasluce con su brillo,
deletrea una nube en la gota de sangre.
¿Pero qué escribe entonces la desnudez
de la tormenta en el dédalo de tu herida?

Todos los lobos golpean estos vidrios.
En el estanque muere el pequeño leviathan
con que jugaran los hermanos.
¿A qué fluír en la cuchara
el verde jarabe que se esfuma?
Todas las tigras ocultan el fruto.

Divina tiniebla,
es imposible la ceguera en esta casa,
es decir en este río,
agua que carcome y nutre, fascinadora de intemperies,
todopoderosa en la hierba marchita,
agua que estalla y sopla por tu sangre,
velamen oscuro en un ala tan fosforescente.
¿Desearía ella ser también la noche?
¿Reclinaría su música hasta el rocío?
Agua de los días por venir.

CARAVANAS DE PARACELSO (1533)

Entras corriendo al alba
como a un bosque largamente esperado
por quienes precedieron tus pasos
al inmenso hervidero de la lejanía.
Ya no son visibles las máscaras
del viejo durmiente de ojos abiertos
testimoniando el encierro guardián.

Contra las enredaderas moradas de la pena,
pregunto en nombre del fuego interrumpido.
¿Y qué galopa por su epidermis,
cuando estalla la escalofriante luz
consumida en cenizas de palomas y corderos?

Vuelven a pagar por lo que matas,
¡a pagar el precio sacratísimo de la milagrera
escrutando luz, escrutando muerte!

Cuando el grito se asfixia en un descuido,
me alarma la ficción de no estar en el reflejo.
Harina agujereada por altas tempestades,
escuadrón de traidores deslizándose en mis venas,
Alejandría aunque huesos:
¿que juguetes no armará con un triciclo roto
la tela incompleta de su demolición?

APOLONIO DE TYANA

...y el agua es para mí como la tierra firme.
Poema egipcio del siglo XIII A.C.


Sobre el vasto desierto ha descendido un cántico estremecedor.
Todo el ultraje ya es palabra del pasado.
¿Qué abismo de sabiduría persevera hasta el erial
en que comen y beben de esta sangre?
¿En qué muro viste crecer la enredadera amarilla
que ahoga al prisionero amaestrado
bajo tantas clausuras?
Yo te traigo la joya de una progenie espantosa,
una suma de pétalos agrios, la ilusoria melodía
que sólo el jaspe reconoce.
Me asomo a la minúscula entrada.
Oculta como una breve fisura entre la niebla y el crimen,
miras la rosa azul inexpugnable,
la migratoria flor de Judea
que tus ojos deshabitan donde no me retengo,
y que inmolo con todo el luto de mi especie.
Lo increado ampara la destronada mansión en que sueñas.
Las criaturas hubieron de desprenderse del fruto enardecido
hasta purificar la muerte en esa eternidad de un solo instante,
eternidad, mi eternidad, vieja ráfaga ebria
subiendo en este pozo de las maldiciones.
Así quisiste el secreto:
suspendido entre los vahos de la pócima letal,
chocando contra las trampas de la perduración.
Un sudario de crines dejas a tu paso.
¿Quién horada hasta el eco, interroga
a su aviesa agonía con fábulas de amor, tan sólo súplicas?
Las caravanas se detienen.
Zumban abejas en la boca del druida.
Nadie enciende candiles para mí en el refugio
de crepúsculos y noches que son la Historia.
¿Cuándo el vítreo final, la engañosa bandada
de colibríes sobre el cuerpo yacente?
¿Y aquellas feroces dinastías de mi visión,
esculpidas con la certeza de las lluvias de Urduk?
¿Fue feliz el que estuvo?
¿Era mi cuerpo un lenguaje anterior a la palabra,
o apenas el héroe vacilante -pantera sortílega-
entre los hierros de su prisión a solas?
Nadie se aleja ni espera por mí, por él, por el que fui
antes que dios,
antes que el remotísimo esplendor
de una corona sepultada en la hierba.

FRIDA KAHLO

Quemé mi cuerpo desde el nacimiento,
lo quemé con saliva y lápices tajados en el banquete totémico,
augural de esta profanación.

¿Recuerdas la niñita sigilosa, llorona emperatriz del opio
y la trístida morfina
por las altas copas del siglo?
Él dirá que soy mi propia madre
naciendo del espejo gangrenoso de la tribu.
-¡Asquerosa, nada más deleznable pintora obstetra y asquerosa!-, dijeron desde una madriguera.

Quemar mi cuerpo.
No me entierres así, crucificada como en vida
contra los colchones crueles de la pudrición.
¡Quémenme, a ver,
simplemente quémenme!

El agua engendra fuego.
El aire engendra fuego.
El fuego está engendrándose.
La tierra engendra fuego.

La tierra mana sangre
cuando acudo y lamo
el centro de la esfinge.

BADINERIE EN UN ALCAZAR FRENTE AL DESIERTO

Roída de gusanos, teñida al fin de sangre,
esta boca ha comido las palabras de hielo.
El trineo rojo gira alrededor del agua transparente
como si venerara la sed del que espera el anuncio.

Las murallas se inclinan en rotación perpetua.
Los párpados cerrados dicen poco del cadáver
que usurparon los ojos y nadie resucita.
¿Quién envía a sus hijos en aúreo viaje para el crimen?

Y entonces se hizo silencio.
Después la carcajada abría las puertas maravillosas
donde escancian el vino como el sexo, la aurora,
el lúgubre placer de descarnarme en la lluvia.

Las cavernas del mundo son quemadas a tu paso
por la luz que riela las ciudades y los bosques.
Silba el áspid la canción del huésped sumergido.
Esos cuerpos desnudos desafían al tiempo
dando tumbos por el jardín sin sombra, precarios.
Adentro están el conspirador, la conspiradora y sus pezuñas.

¿Pero hay más sangre, más ebriedad de sangre
en el desposeído?
Dicen que existir será la lepra.
¿Cómo?
¿Están crucificando al que aún no engendraste?

BETTE DAVIS SUBLEVA EN EL RELÁMPAGO SU TIGRA

Jadeas en el día del siglo
como una hijastra en los funerales de la madre inocente.
Tocas la tela, extenuadísima,
como si fuera poca esta fiebre.
Jadeas y exploras
los frutos de un crimen
más acá de los fósiles,
del maderamen sumiso
(obediente y descarnado de la beneficencia.)

¡Ella, la habitada, la habitable,
la que se desmenuza como diamante
quemado en el cerebro!

No hubo quimera en los pantanos.
Escuchas el hervidero secreto del sol
mezclado en el oleaje
y las babas de amor mojan la otra lucidez
de las frutas.
Tus pechos se abren al diluvio imperceptible
de la intercesora.

Con el sayal de cenizas,
busco la sed de una tigra que vuela.
¡Ella, la déspota, la torturadora menos visible
entre los garfios de su heredad maravillosa!

Subes con la verdad de tu mentira.
¿Y qué harás con la cara de payasa,
vampira -al fin- de nuestra cacería?
Charca del escalofrío,
una niña se pudrirá
para siempre y en lo alto.

Y EL CUERPO ES UN OJO DE PAPEL QUE ESTÁ SANGRANDO

Un hombre recorre, al final de sus días, una casa de campo
donde todos sus huéspedes son desconocidos
y jamás se encontrarán cara a cara.
El principio es indeterminado
-como la esperanza, tigra de esplendor doloroso,
o el recuerdo que nos aleja del porvenir y del presente,
sin la pobrísima reproducción mecánica de los inviernos-.

Todos los años el mismo hombre regresa a esa morada inicial,
arrancándose de su tiempo, de puntos de referencia,
de este carnaval rodando hasta el límite
donde árbol no es árbol, no fue árbol, no será árbol.
El canto del pirata anciano saldrá de su boca
sin apenas ser reconocido ni aun por el mar; ni aun
por la voz de Walter Scott en la penumbra
de un cuarto con olor a espliego.

¿Cómo localizar al intruso en el planeta?
¿Con qué hábito probable, en qué intervalo primitivo
donde el ojo calcula la distancia del objeto inmemorial
que quiebra este presente?

Se acentúa la visión de la sombra, pero avanza,
avanza rota entre el trabajo oculto de las células,
-tal vez multiplicando el grito misterial-,
pero siempre compartiendo la amnesia de una figura
que no repetirá el modelo insomne,
porque el astillado páramo está aquí
y será cubierto por las aguas.

CANTO EN EL MAR DE GALILEA

Aquí vine a ahogar mi infancia de este mundo,
la juventud en espiral,
la imposible vejez
para el que debe ser travasado por las crías
de la demolición.

Macabro y violeta el cenotafio
por el que finjo deslizarme.
¿Gritará la cruz cuando yo grite?
¿Qué madre suplicará por mi lugar
cuando yo grite?
Padre,
¿y ahora quién es mi madre?
Padre,
¿y ahora quién es mi padre?
Todos y Ninguno.

Arrojo hasta el cenit
una bocanada de infierno, la avergonzada lluvia
que alcanzó tu boca
mientras espejaba un equinoccio
la piel caliente de esta noche.

La prisión volverá a apagarse
bajo tus pies, vestigial,
tal como la sierpe sin corona
muerde la cerbatana.

Viine aquí a inmolar mis treinta y tres años.
¿Adónde irás inocentísima llaga del desierto?
La carne de la humillación
debe comerse a sí misma
sin asco y sin testigos.
Canto
con la delicadeza feroz de una gardenia.

Mi canto es agua viva.


APENAS LLUVIA*

a Elba Gianfelici, que ha cruzado el tiempo

Ruge el silbido.
Me donas el reino de una noche mínima
entre las mordeduras de las hojas.
Navidades de Valéry, sequedad del espanto.
Distancias en la casa interna de la herida.
¿Y fuera de todos, lo inevitable?
¿En conocimiento de qué ojo delator?

Se derrumba el mundo cuando llueve;
se borra entonces, apenas se desgarra
en la doble oscuridad de un aletazo.
Habrías caminado en la lava
tan sombría, tan inmensa,
multiplicada al fin en tu alabanza.
He palidecido en el blanco de ese rojo.

Cenizas que comían de tus dedos
como arañas húmedas
bajo la acorazada raíz.
La cama oculta los fragmentos
de libros que leías y poseías
en medio del naufragio.
Trozos de espejos caídos de otro sol.

¿Alcanzaría esta parábola a descifrar
el solo idioma de milagros
desde la piel a los huesos?
¿Por qué los ríos aúllan
la aletargada miseria de la sangre?
Junto al camino, en silencio,
el relámpago.

El te buscó, imantado,
entre el saldo de abrojos y la noche.
¡Siempre el error en las certezas,
el surco infeliz frente a la aurora!
Verjas abiertas para el juego.
Acabas de entrar.
Hay un linaje soberbio en esta lluvia.

TIGRA DE SED EN LOS SUBURBIOS DE KFAR KANNA

Y te daré a ti y a tu descendencia después de ti la tierra en que moras,
toda la tierra de Canaán, en heredad perpetua...
Génesis, 17:8


Para eso labraron tus calles, imantados hasta donde el fuego se corrompe,
como plagas en la noche del desprecio.
El agua vuelve a ser vino
pero no hay siquiera un dios en estas posesiones.
¡Viviente Cocteau desesperado
a qué llaga dormida convertirías en oráculo
para decir la guerra y sus alcantarillas!
Resplandece un cráneo lamido por la sangre.
He llorado esta sangre
mirando desde lo alto el reino de este mundo.
¿Y la bujía como cuchillo fidelísimo en las ventanas?
Para siempre hurgo entre cascotes los restos de piedad,
esa esfinge dorada que se apartó de los hombres.
Hoy la luna perfora una ausencia.
Los tentáculos prueban a mansalva
el grito inacabado, la cicatriz, el fruto.
Dinastías de mendigos llegan a las puertas
custodiadas por grifos y por perros.
El vario ritual alza en la noche una constelación
de ciudades para el deslumbramiento.
Nunca hubo pacto aquí.
El agua de esta lepra traspasada de espinas,
¿aullará de amor en medio de la fiesta?
Descendemos a Carpernaúm.
Alevosa farsa el teatro de la razón en luto
sobre el muelle desfondado de los pobres.
¿Roes los escombros, palpas sus vestidos?
¡Arrodíllate al sol sin retorno de esta tierra!
La imaginación es una tigra de sed.

SELECCION DE SU PROSA

UN PERFIL DE ELBA GIANFELICI

Como lirio entre las espinas,
así mi amiga entre las hijas.
Cantar de Cantares, V, 2

Sólo un Misterio que no se nombra.
Sin Momento ni Lugar.
Macedonio Fernández


Cuando nos sorprende la noticia de una muerte (con todas sus hojas insolubles), asistimos a la visión inmediata de un bosque derruido, de la siempre alegoría de una columna rota. Cuando esa persona forma parte vívida de nuestra formación cultural en su sentido más amplio, esa pena se ahonda hacia niveles insospechados. Sentimos caer frente a nosotros la paloma apuñalada de Proust: somos ya la paloma y el puñal. Escuchamos correr en nuestra sangre los ríos erizados de los que habló Kafka: somos ya esos ríos.
Luego, tratamos de aferrarnos al oleaje de memorias que va invadiéndonos como una música, y el dolor parece mitigarse. Pero sabemos que, acaso, pueda tratarse de una trampa de esa misma memoria: quiero decir de la aparición de una tabla de naúfrago en medio de la tempestad. Nos resulta incontenible el oleaje. Nos sumerge cada vez en sus momentos epifánicos.
He conocido a pocos seres tan felizmente sabios, tan sonoramente apasionados como Elba Gianfelici. Casi todo mi paso por la Escuela Normal estuvo marcado por su luminosa presencia y, por qué no, por su nostalgiosa ausencia también. La primera vez que hablé con ella (tendría yo unos trece años), fue en la Dirección que estaba a su cargo. Ésta, en el imaginario de ese adolescente que era, representaba poco menos que un gabinete secreto, que un mítico refugio de silencios o de resoluciones.
Aún puedo recordar a Elba en este primer encuentro mostrándome diferentes fotos de la casa de Horacio Quiroga, en San Ignacio, fotos que guardaba minuciosamente por debajo del vidrio de su escritorio, como minuciosas piezas de un ajedrez todavía incompleto. "Estos lugares magníficos -me repetía- donde podés ver cómo nacen orquídeas salvajes desde el barro. Así, mi querido, como pasa en la vida, como nos pasa, ni más ni menos." Yo no podía sospechar siquiera que viviría en esa Misiones raramente exótica que sus imágenes y anécdotas describían con clarísima precisión, años después.
Elba se embriagaba de arte y de vida, ambos indisolubles como dos espejos cóncavos superpuestos. Sus clases de literatura argentina siguen siendo, para mí, paradigmáticas de una felicidad y de un placer pocas veces igualados. Hacía de su vida una obra de arte, según los dictámenes de los viejos surrealistas. Llegaba a las clases apenas compañada por una pequeñísima esquela. Su memoria, sin llegar a ser naturalmente la de Funes, era prodigiosa: nunca volví a encontrar a alguien que supiera íntegramente el Martín Fierro hasta en los más mínimos detalles (me causaba risa verla corregir los "lapsus" o errores de lecturas a los alumnos desde esa elefantiásica memoria, memoria que no dejaba de ser ínclitamente selectiva. ¡Y aquella mañana en que un compañero leyó "menstruar" por "mesturar"! ¡Cómo no acordarse de sus gestos, las respuestas frente al balbuceo!)
Conversar con Elba era entretejer un tapiz de rupturas insólitas de tiempo, de ardientes anacronismos. Macedonio, Borges, Lugones, Hölderlin, Rilke, Santa Teresa de Jesús, Quevedo y Góngora, García Lorca y Cernuda, Faulkner, Jules Supervielle, Felisberto Hernández o Delmira Agustini, solían ser sus habituales frecuentaciones. Hablaba de ellos como de amigos. Esas sombras claras iban y venían por la casa: a veces, parecían sumirla (o elevarla) a especies de éxtasis que no controlaba, pero que evidenciaban también su dominio verbal de las llamadas "ciencias diagonales" de Roger Caillois. Dormía rodeada de libros y cuadernos que corregía, en ocasiones ensimismada, otras con visible nerviosismo, hasta la extenuación. "Son mis más fieles testigos", solía repetirme. Esta es una imagen que rescaté para la escritura del poema Apenas lluvia. Elba aspiraba las palabras, se cobijaba en su doblez, las sometía a los escalofríos y destierros, las desenhebraba.
¡Qué increíble, me digo ahora, cómo recordamos con filosa verosimilitud (que no perfección) las voces de personas que hemos admirado y querido! Su voz áspera, noblemente poderosa, ocultaba -lo descubrí enseguida- una persona generosa y no menos tierna, pero jamás afecta a contingentes sentimentalismos. Cuando escuchaba su programa de radio, allá por los ´80s, esa voz me invadía con una urdimbre incalculable de ecos. Escucharla era como asistir a una revelación: "Yo muero extrañamente./No me mata la vida, no me mata la muerte, no me mata el amor./Muero de un Pensamiento mudo como una herida...", de la trágica Delmira, se tornaba en ella de una moderna y lóbrega hermosura. Y llegaba hasta nosotros, hasta mí.
No temía los espejos. Los enfrentaba aun con el dolor o con el grito, formas de la desnudez. Amaba la noche. Acaso era ése su verdadera mansión de ensimismada. ¡Cómo olvidar cuando, vestida de elegante tailleur escocés, repetía la paráfrasis de Bécquer: "No me quitéis la noche. No me quitéis ese lujo! O al recordar el final del poema "James Joyce", de Borges: "Señor, dame coraje y alegría/para escalar la cumbre de este día."
Viviendo y estudiando ya en Córdoba, supe frecuentarla; primero en la planta alta de una casa cercana a la plaza Vélez Sarsfield (no recuerdo ahora la calle); después en la de Urquiza 1210. Antes de que terminara yo de subir las escaleras, solía asomarse y recibirme con un "ha llegado el alumno más brillante que he tenido, un hacedor de milagros" o cosas por el estilo que me repetía en dedicatorias. Juro que la vergüenza me desbordaba más de una vez, no sabiendo cómo reaccionar ante semejantes bienvenidas. Elba reía a carcajadas. "La justicia es un valor fundamental para mí", agregaba.
Tal vez la búsqueda fervorosa de ese valor hoy en vías de extinción, la llevó a ser "ninguneada" por la envidia y otras mezquindades que no nombraré. Elba Gianfelici fue -más aca de cualquier falacia de autoridad- la mejor profesora de literatura durante mis años de San francisco y una "genial" de la amistad, para usar una expresión borgesiana. Quiero dejar constancia aquí de mi irrenunciable admiración por ella, admiración que no borrará la distancia física. Un rayo que no cesa.

OTRO BANQUETE DE LA ARAÑA, POR MANUEL LOZANO

Dios mío, debiste pasar por una prueba terrible.
-Me encuentro bien -dije-. Me encuentro bien.
Daphne Du Maurier, Casa en la playa


En las horas gentiles de la concupiscencia regresabas, siempre regresabas con tus cabellos lacios y rubios y el delgado cuerpo desnudándose -de a poco-, apenas traspasada la puerta falsa. Me sonreías. Me extendías también las manos que yo rechazaba, casi por instinto, para mezclarme con las víboras y sumergirme entrelazado en la fuente magníficamente lóbrega.

Ya se sabe que en Loreto las víboras y los lagartos se reproducen como conejos. ¡Si habremos encontrado nidos entre los restos de paredes de las ruinas jesuíticas! Igual, de chicos les temíamos. Bajábamos los escalones del parque con ese apuro nunca justificado de los jóvenes y, aún antes de llegar a la fuente seca, Elpidia me pedía pruebas de amor que le negaba al instante. “Esas son cosas de Luis, tu pariente, a él le debés todas las pruebas”, le canturreaba yo con sarcasmo.

“Miras cómo se hace el día en tu cuerpo. El lugar del juicio o de la ausencia. Hasta acá debió llegar el destronado, el destrozado”, me decías en arranques desaforados de poesía inútil, sí ¡tan inútil!, porque ¿qué más inútil de inutilidad absoluta que la poesía frente a tus solicitudes de pruebas de amor?

También hubo un hacha, pero no en el sueño siesteril que lastima mis pies bajo el sol misionero. Siempre viendo un hacha vos, te decía Gabriel mientras te acompañaba en aquellas caminatas nocturnas que no podés borrar de la memoria. Imposible pedir clemencia ante esos cuervos que te siguen desde los obrajes, te repetía Gabriel, ni siquiera la atenuación de la condena. Porque son como cuervos, ¿o no lo sabías? ¿Carroñas o cuervos? ¿Lugar de la boca harapienta o del cadáver lujoso?, te aventurabas a contestarle en otro de tus impromptus.

Algunas noches, que duraban lo que dura una noche, que duraban siglos, aparecía en sus pesadillas una mujer incendiándose que mostraba los huesos del brazo, justo en el momento en que la piel -hecha minúsculos jirones-, se derretía en el suelo púrpura. Entonces la niña sucia (como se llamaba a sí misma) saltaba súbitamente en medio de la cama, permaneciendo en un éxtasis hipnótico durante largo rato. Ya habían pasado hacía tiempo las pruebas de amor, las arrancadas líricas, las fugaces travesías a la selva.

Ahora es la simple cama mortal la que te deleita y desespera al mismo tiempo, sobre todo cuando tenés insomnios que no se curan con nada, le dije esta mañana. Su cara se demacró como por arte de magia, instantáneamente. No me reclames compasión sobre tu piel, no sólo pasajera detrás del atavío -le gritó un día a su primer violador- y su sexo se abrió en grandes tajos (eso creyó ver ella, mirando cómo se iba por la pierna un hilillo de sangre oscura.) Al lado de su cuerpo mugriento había un hacha, pero esta vez era un hacha real (la del violador.)

Ayer se preguntaba frente al espejo del cuarto pintado con color índigo traído de México, casi desgarrando sus ropas y mostrando, altiva y desafiante, los senos crispados, levantados en puntitas, dónde estaba "aquél que no venía a tomarlos, a lamerlos, a pellizcarlos hasta el dolor". Para mí, el deseo es progresivamente geométrico y busca muerte, yo sé que busca muerte el deseo, no yo, repetía la que alguna vez fue niña sucia, restregándose las manos. Hoy me siento cansada, mi rostro está blanquísimo, ajado como un papel chino, y los huesos parecen no pertenecerme.

¡Pasaron veinte años, che, y todavía te acordás vos! La verdad es que me tomó como a una bestia que necesita ser domada, me pegó con su látigo de espinas; eso sí: un pequeño látigo de espinas, mientras mi tajo enrojecía como un tulipán, pero ya no sangraba. ¡Cómo está el morbo en los obreros, yo te podría decir que es mucho más elaborado que el de un coronel o un sacerdote!, me decía siempre.

Ahora, levitando veía todo más claro, transparente. Ellos nunca vendrán, nadie vuelve con su mismo rostro a la caverna, porque ni la caverna se repite. En la tarde de ayer corría, por los alrededores, un gimnasta con un sombrero panamá tapándole las cejas. La sombra de ellos, pareció, por unos minutos, retornar con gran fuerza. “Cómo puede ser que después de cuarenta y siete años, regrese perfecta la visión. Es lo que también te pasa con los perfumes, cuando alguno te gusta o lo odiás, esa hirviente, maldita pero dulcísima memoria del olfato te acompaña de por vida. Si sucedió por el cincuenta y uno”, le digo a Cirita, mi última prima.

Cuando era adolescente, ella huía a la casa de sus abuelos. Detrás del parque se abría un pequeño corredor cubierto de hierbas en dirección a un valle casi infinito. Una siesta echó a caminar por la maleza, cruzó el arroyo que divide el campo y se detuvo junto al brevísimo estanque curioseado por una garza mora y algunas torcazas. Empezó a acariciar su cuerpo, apretando sus senos y con ambas manos arañando también sus muslos. Se desnudó, arrojándose con violencia. El agua, calmando su excitación, aguzó definitivamente sus oídos. Sintió pasos, pero no se inmutó. Aflojándose de a poco, subió tiernamente hasta la superficie.

Habemos tiempo en que uno tiene la noción de lo imposible. Ahora veo que llega ese tiempo tan anhelado. Romper la membrana, trasponer el umbral: revelarse sería perderlo todo en pliegues de un sudario vampiro. ¿Niña Redentora -dijiste-, sálvame del cieno congregado por toda mi eternidad? Es verdad: ahora en la vejez, sólo resta construir la probable ficción de lo que fue con palabras. Lo que fue y lo que fui están cosiéndose mutuamente. La niña sucia lo sabe. Por eso anota en descuidados cuadernos (como corresponde a toda niña sucia) la palabra inglesa “spear” que vale por lanza y por traspasar. “¡Oh, vieja arponera de tus navíos!”

Siempre al final de la clase y siguiendo los últimos pasos y el cuchicheo de sus compañeras, siente con impaciencia la proximidad de Matías, su profesor de yoga. Niñita sucia te tranquilizas al fin, te gusta mi dedo en el culo, que lo mueva todo el tiempo, en círculos de adentro hacia afuera, luego te lo chupas, íntegramente te lo lames, me gritás, me ordenás. Algunos somos, a más de la propia naturaleza, signos de otras cosas y esto, espontáneamente o por imposición -le repite- haciéndose la gran intelectual de Loreto.

Experimenta un raro escalofrío bajo su vulva: es el asiento de la bicicleta del hermano Ismael. Va de aquí para allá, levantando la pequeña polvareda que sólo puede levantar una bicicleta que es casi un triciclo. Frena bruscamente, y al levantar la vista están Ellos. De nuevo y a plena luz del día. Uno a uno, que no podría contarlos, podrían ser quince, o doscientos, o mil. Ya resulta imposible distinguirlos o recordarlos, siquiera de cerca. Sus trajes brillantes dejan ver, a todas luces, objetos -parecieran ser objetos translucidos. Es que esa tela, con el tono marrón clarísimo de muselina, aumenta el contraste.

-¿Recordás, pero recordás cuando de pequeña compartías la bañera junto a tus padres? ¿Cuando él se erguía sobre el enlozado blanco y su enorme sexo te paralizaba? Entonces no soportabas que te tomase de nuevo entre sus brazos. Transitabas el borde de lo intolerable y, lo más terrible, es que aún no sabías hablar. Te desesperabas. Después, continuando el ritual, tu primo Luis te sentaba sobre las piernas, y, mientras jugaba con sus dedos a lo largo de tu cuerpo, sentías cómo se excitaba, presionando tus muslos tensos e irisados. Querías arañarle la cara, meterles bien adentro los dedos en los ojos, pero tu timidez aún no lo permitía. Con el tiempo empezaron a gustarte cada vez más esos rituales, y sentías cierta humedad en el tajo y en la boca. Vivir el imposible ardor que nunca cesa, como dice tu amiga Josefa.

Luis mantenía una extraña relación con sus amigos. Ella lo sabía. Se encerraban en la habitación y se masturbaban, mirándose los unos a los otros, hasta el desmayo. Vos siempre quisiste estar en el centro del círculo ouroboros, viendo como en tus pechos se derramaría, al unísono, aquel precioso líquido ámbar. “La historia de una pesadilla, ¿no dura acaso siglos? Y una, niña sucia, indeseable, empedernida, se despierta tan cuerda, luego de haber pasado por el infierno”, nos repite (escribe en borradores), fija para la memoria.

Que se haga un interminable lago de semen, podrido y hediondo, como una inmensa telaraña líquida; y que el hedor llegue, al fin, desde Loreto a todo los rincones de la tierra, elucubraba la vieja niña sucia, mientras un brillo de crueldad la revivía increíble. Y tan desfigurada estaba con estos pensamientos matutinos -que a esta altura no eran recuerdos absolutos ni pura imaginación, es la pura verdad-, cuando oyó un gruñido sordo detrás de la puerta.

¡Vamos, Stella Maris, levantate ya, vamos marmota, que en la Procesión de Nuestra Señora de la Merced ni vos ni yo tenemos privilegios!

París, 1996/Buenos Aires, 2007

CARTA SOBRE LA POESÍA, ESA REINA DISFRAZADA DE PUTA O DE BASTARDA

(21 de marzo, Día internacional de la Poesía)

Siempre he tenido un deseo en
el ánimo; dejar a los hombres un poco
menos infelices. Un poco
menos oscuros y tardos.
Giovanni Papini


Resulta harto increíble: en ciertas ocasiones, como un resplandor que tenuemente trasvasa aquella mirada o como una vieja bujía de Dickens estremeciéndose en mitad de nuestras oscuridades (con el terrible y guardado filo de las agujas), constatamos anonadados la tesis de Agustín de Hipona en relación con el tiempo. El tiempo -desplomado polen enfermo desde la pérdida de todos los paraísos posibles- fluye desde el porvenir hacia el pasado, siendo el presente sólo una instancia fugacísima en el trayecto de esa Hidra con dientes de pájaro.

Con su golpe de dados, con su enorme dolor y su crimen, con la cáscara inquieta cayendo sobre un mundo desmedido, con sus soplos consumados a la sed más hambrienta, con sus fantasmas completamente errantes (a contracara de su borrascosa, ilusoria movilidad), el enigma sigue ardiéndonos. ¿Volvemos a llamarlo Poesía? Sí. Ahora recuerdo las últimas palabras del -para mí- más extraño de los poetas, Keats: “Siento crecer la hierba sobre mi cabeza." ¿Qué otras imágenes menos inevitables y cotidianas para el problema del tiempo? ¿Volvemos a llamarlo Poesía? Sí.

No crean, prima facie, que estas palabras adolecen de simple arbitrariedad o que ocultan un código cifrado. Los encuentros azarosos me embriagan de alegría. Son las tenues monedas del destino. Pienso, indefectiblemente, en el mito falsario de la “originalidad” (“No intentes ser original -ironizaba Manuel Mujica Láinez-, porque ya lo escribió Borges”). La urgente ansiedad provoca, en mí, un lapsus visual: no sé por qué debajo de una amarilla y desgastada publicidad leo Buenos Aires y no Montevideo, como efectivamente acusa.

De igual manera, la alegría persiste. ¿Acaso el Río de la Plata no ha sido culturalmente para nosotros “un río sin orillas”? ¿Quién decreta que Horacio Quiroga sea argentino o uruguayo a secas, Felisberto Hernández solamente uruguayo? Mi sentimiento cosmopolita se impone, gracias, dioses y demonios de todo infierno celeste!

En estas tardes veraniegas de Buenos Aires (quizás tan sofocantes como las de 1924), pienso en los asombrados anacronismos de la poesía, esa reina disfrazada de puta o de bastarda. ¿A qué nos remite un sueño doblemente soñado? ¿A la falacia piadosísima del Eclesiastés, “Todo tiene su tiempo”? ¿O a su cruda certidumbre? ¿Habría habido -alguna vez- un mundo semejante a nosotros en el uso de ciertas hipérboles, con nuestra misma historia de la piel y todo ese mismo vértigo arrastrando la furiosa geología del poema? ¿Qué máscaras de cera en la imaginación de algunos sobrevivientes corriendo hacia la nada? Leo (y le pregunto) a Jean Paul Sartre en su Muertos sin sepultura. También a ese inactual H. G. Wells creando contra-utopías para nuestro desmedido asombro.

Italo Calvino escribió que la escritura es un espejo que refleja el mundo en imágenes dobles y ambiguas. A esta pregunta cabe otra no menos inquietante: ¿lo reproduce o lo reorganiza? ¿Lo acuña simplemente como una moneda, sub specie aeternitatis, o acaba por terminar rendida a sus pies? La Poesía es no sólo un mero modo de testimoniar y transgredir incalculables visiones de una de las palabras más equívocas de que disponemos -la “realidad”-, sino de ejecutar involuntariamente una tarea imposible pero, paradojalmente, fructífera: ser la autobiógrafa del mayor exilio, elaborar un rostro cuyos rasgos definitivos no conoceremos nunca. Un rostro como una memorabilia que se traga a sí misma. Un cuerpo martilleador de su llaga.

Siempre descreí del término “generación” y de las extensiones que conlleva. Creo que jamás pensamos (ni leemos) a la generación de Dante, a la generación de Flaubert o Mirbeau, o a la de Byron o a la de Marianne Moore. Si bien es obvio repetir una vez más que ninguna obra excluye a la sociedad en que fue gestada -Borges proponía unas pocas excepciones-, mientras el mundo subsista se seguirá leyendo a Dante, a Flaubert y Mirbeau, a Byron y Marianne Moore. Generación es una cómoda fantasía didáctica, una dulce invención para profesores de literatura. Aún las obras de arte más análogas se diferencian en el tiempo. Baste este ejemplo: ¿Quién intenta, a estas alturas, hallar semejanzas entre Ives Tanguy y Leonor Fini?

Si toda carne es hierba, como sentencia Isaías, por qué pensar en neófitos y ancianos, en consagrados y jóvenes. Rimbaud escribió toda su obra a los diecinueve años, Lautréamont a los veinticuatro, Sthendal después de los cuarenta. Pero permítanme aventurar,dialécticamente, que el uso cándido y desmesurado de expresiones tipo "nueva generación" ha tenido para muchos otro objeto: el de propiciar -aún desde la oscuridad, aún desde el ninguneo- un espacio diferente de apertura y conocimiento de las voces más interesantes del arte. Y a juzgar por la postergación (y hasta el desprecio) que se vienen ejercitando desde nuestros gobiernos hacia el ámbito cultural, esa labor es más que elogiable. Atestigua. Advierte.

En un texto casi olvidado pero increíblemente actual de mediados de los ´60s, Alejandra Pizarnik rescata los propósitos de una publicación venezolana de esos años denominada “Zona Franca”, propósitos que exalta “porque el designio que los anima es, precisamente, mostrar la otra belleza -menos visible por menos fulgurante- de la comprensión, la construcción, la intersección”. Y rescata de aquel prólogo estos entrañables lugares de la inteligencia: “En un mundo amenazado por la posibilidad de su propio suicidio formamos parte de quienes ponen en duda esa pasión ancestral dirigida a eliminar al adversario sin fórmula de juicio. Pensamos que el arte constituye una forma de liberación, que las posibilidades del espíritu están intactas, que es preferible la duda lúcida al ciego afán cesáreo de imponer alguna fe."

La Poesía nos abre a la aventura total del pensamiento, la aventura íntegra de la imaginación. Allí reside su triunfo. ¿No te animás, entonces, a entrar en esta incalculable fiesta de espejos?