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"... el bibliotecario protege los libros no sólo contra el género humano sino también contra la naturaleza, dedicando su vida a esta guerra contra las fuerzas del olvido"
Umberto Eco

VEROLIN, Irma

Irma Verolín

Ciudad de Buenos Aires-Buenos Aires-Argentina


Libros publicados:
* Hay una nena que gira (cuentos)
* La escalera del patio gris (cuentos)
* Una luz que encandila (cuentos)
* El puño del tiempo (novela)
* La gata sobre el teclado (literatura infantil-Editorial Alfaguara
* La lluvia sobre el mundo (literatura infantil-Editorial El Ateneo
* El misterio del loro (literatura infantil)
* Inéditas
* El camino de las araucarias (novela-1º premio Internacional de novela Mercosur)
* La mujer invisible (novela- Primer Premio Municipal Eduardo Mallea)

OBRA

SELECCIÓN NARRATIVA

LAS PIERNAS DE MI ABUELA

Si los árboles crecen de abajo hacia arriba, por qué, cuando yo era chica, se esperaba que mi cerebro creciera antes que mis piernas. Se pretendía que lo entendiera todo cuando era casi imposible que pudiera entender lo más elemental. Elementales eran, por ejemplo, las caminatas de mi abuela por el patio enlosado. Sus piernas flacuchas entre el ir y venir de esas polleras diciendo no y sí y olas de mar y pajarracos sueltos y el sol siempre arriba. Y el tiempo pasando. Las piernas de mi abuela eran muy largas, sí, y lo siguieron siendo todo el tiempo en que las mías no crecían. Sus piernas y sus manos de dedos afilados. Sus manos que trataban de enmendar lo que sus palabras y sus pensamientos destrozaban. Poco podía hacer con sus manos o con sus caminatas bajo el sol una mujer que, como mi abuela, tenía una lengua que masticaba los hechos hasta hacerlos desaparecer.
El tiempo pasó, para bien y para mal, mientras fui comprando cuadernos con márgenes azules y delgadísimos renglones que llené año tras año hablando de mi abuela. Yo la criticaba en aquellos cuadernos y ella, por la noche, los leía. A la mañana siguiente me miraba con rencor y una risita sobradora que se iniciaba al costado de su boca. Pero para entonces yo ya tenía también las piernas bastante largas y los ojos estirados hacia la puerta de calle, tratando de mirar un sol que no estuviera opacado por el enorme y mugriento techo de vidrio del patio. Porque mi abuela había mandado techar el patio igual que si se hubiera tratado de hilvanar el ruedo de un vestido. Ella había querido atrapar el sol y, por supuesto, había logrado lo contrario.
Ahora he cumplido veinte años y me miro en el espejo: mis piernas alargadas por unos tacos negros, tan negros y espeluznantes como la línea artificial con los que delineo mis ojos. Mi abuela mira la televisión. Y la televisión la mira a ella. Entonces el tiempo, digo yo, va pasando para bien, aunque nunca se sabe. Dios me espía y yo me hago un ovillo en el viejo sofá desteñido. Me quiero ir, y me quiero ir. Repito: me quiero ir y el aire que entra, sale enseguida por mi boca; entra y sale y no se va.
Un día, gracias al tiempo que ha pasado, me voy, como quien dice, arañando otros horizontes, pellizcando un hilván, un hilo demasiado delgado del que no podré colgarme. Miro el horizonte desvanecerse cada día en un azul más desteñido que el sofá de la casa de mi abuela, donde ella se reclina suavemente y sus piernas blancas, blancas, se dejan estar, medio colgando, laxas, viejas y largas como siempre.
A mi abuela le han instalado un teléfono y yo me he comprado una computadora. Ella me llama cada día mientras, con los ojos clavados en la pantalla de mi computadora, yo intento evitar que un muchachito gris caiga en un pozo, sea matado por un árabe o salte el puente. Va y viene cien veces el muchachito dentro de la pantalla. Hasta el momento no he logrado salvarlo: me ha vencido la computadora. De pronto suena el teléfono y yo miro el teclado y la luz verde, muy verde y encendida, pensando: debe ser mi abuela. No me equivoqué. Oigo la voz de mi abuela que me dice:
-¿Hoy tampoco saliste de tu casa?
-No- le contesto.
Imagino sus largas piernas, blancas por demás, aflojarse en el sofá para que ella mantenga conmigo, igual que cada día, una interminable conversación. Mientras tanto el muchachito gris corre torpe y frenético por la pantalla de mi computadora. Corre, corre, entra en mi cerebro, se confunde y me asfixia. Y sigue escapando. La computadora emite un pequeño ruido, un ruido insignificante, apenas un timbre lejano. La voz de mi abuela continúa resonando en el aparato del teléfono como un cuerpo vivo metido dentro de un ataúd.


HOY

La mañana
Ahora estoy abriendo los ojos; mis ojos con su pupila negra y su blanco de ojo entre dos espacios, en esta medianía, sin abrirse del todo están, ahora, mis ojos, entre la claridad y la penumbra, entre lo real y lo increíblemente real, sin abrirse y sin cerrarse mis dos ojos están en mí y en ninguna parte. Y ahora hago con ellos una gran boca que se ahonda en lo profundo de la cabeza, en el centro, en la garganta de mi cabeza donde hay sólo viento que sopla y sopla hasta marearme. Mis ojos con sus dientes evaporados son ventanitas a medio cerrar, que creen haber visto esta habitación al revés, a mi propia cama, con mi cuerpo extendido sobre ella, con las patas suspendidas en el aire. Desde adentro los soplidos balbucean: el mundo está patas arriba. Pero no, aún no he visto nada, sólo siento el recorrido del aire que me sale por los ojos, el aire tibio que viene suavemente silbando y oigo un restregarse de aire rozándose y rozando, diciendo, diciéndome que he soñado con muertos que me perseguían. Correr estrepitoso de piernas crecidas. Los estoy viendo y me veo. Carrera loca en la que no se sabe muy bien quién va detrás. Corro y mis piernas chuecas rompen, en la corrida, baldosas, huellas que estaban en las baldosas y otras cosas invisibles, que nadie ha podido ver todavía sobre esas baldosas amarillas. Entonces me ahogo, abro la boca y me ahogo. Y mis piernas son destrozadas. Miro a mis pobres piernas destrozadas, allí, encima de las baldosas rotas y digo “qué lástima”. A alguien veo, que se las lleva, que me las roba. Abro los ojos, sí, los he abierto completamente y ahora enciendo el velador: una bombita con forma de útero se transparenta a través de la pantalla nacarada, débilmente, porque se confunde con la luz del día. Veo, por fin, el tapiz catamarqueño, la lámpara antigua de bronce, una biblioteca atestada de libros y papeles sueltos y recuerdos de viaje, fotografías, almohadones en el piso y a mi gata que duerme, oronda, echada sobre el parqué.

Siesta
Mi gata reposa sobre un almohadón, indiferente, con ese aire de haber ido y vuelto luego de conocerlo todo. Yo, por acariciarla, me acerco a la ventana y descubro, allá en la plaza, algunos chicos que juegan con globos. Son globos de gas, están erguidos o flotan encima de los chicos que no quieren soltar el hilo, que no lo soltarán, que han inclinado hacia atrás sus cabezas y miran las esferas multicolores, oscilantes apenas sobre el césped verde. Aunque superan la altura de los árboles son frágiles, muy frágiles esos globos de gas; a mí de chica, me encantaban. El hilo finito que los sostenía se mezclaba con el aire invisible. Desde mi mano surgía una persona muy delgada de grandes sesos. Sí, en mi mano empezaba y allá, alta, su cabezota inteligente. Otras veces me parecían panzas de parturientas desprendidas de sus cuerpos, orgullosas y solas. Cuánto me gustaban aquellos globos de gas que exigían la presión angustiosa de los dedos en la punta de ese cuerpo invisible, para que las panzas no se fugaran. Y yo alzaba la cabeza y contemplaba a la enorme panza suelta con mirada sublime, porque de pronto ya no era una panza sino la pupila del Gigante que se había escapado de uno de sus ojos.

Atardecer

El sol se recuesta sobre el borde de un edificio alto y blanco. Apenas alcanzo a mirarlo y ya se precipita detrás de un escenario que no logro ver. El mundo se ha puesto boca abajo y es necesario huir.

Anochecer
Está creciendo la luna y alguien encendió una lámpara en una de las ventanas del edificio que está frente a la plaza. Y no hay otro remedio que aceptar el comienzo de la noche, que es una gran boca de lobo, que anda pidiendo silencio por adelantado, que es densa. Entonces alguien, con una toalla -quizá blanca- pone nerviosa a la tela, le pega al viento, se enoja con el aire: la sacude. La luna redonda se redondea aún más brillando con su plateado amarillento. Y alguien, acaso, en ese gran edificio, dice: Ha comenzado la noche.
Los árboles ya no se ven. Únicamente pueden percibirse los focos luminosos que bordean la avenida. No hay más que dos líneas de focos, luna redonda y ventana alta; y la ciudad entera tiene miedo de perder sus formas. O se enloquece con tantas luces diferentes esta pobre ciudad; tiene miedo, quiere escapar. Enloquece.
La ciudad ha abierto sus piernas blancas sobre la avenida. Toda la ciudad está aplastada, recta, línea de verdad, como un renglón, bajo el gordo punto de la luna. Y los muchos edificios son, ahora, una ventana brillante, alta, cuadrada. Pero la noche es redonda y la ciudad se ha vuelto loca, se escapa del redondel y entra en la ventana alta, en la que es fácil imaginar a una mujer de más o menos treinta y pico de años que va y viene por un pequeño departamento, mientras una gata comienza a mirar en la oscuridad.


EL REVÓLVER Y LA FOTO

Mi padre mira por el agujero de su revólver después de quitar la bala. Un ojo cerrado y el otro muy abierto y el tambor del revólver girando, girando. De pronto su ojo siente el vértigo de esa velocidad bastante más rápida que la del mundo que viaja alrededor de nuestra gran estrella amarillenta. Pero mientras el tambor gira, el ojo de mi padre no percibe ninguna luz, la velocidad la consume en su propio vértigo, no permite que se filtre la más mínima claridad ni siquiera cuando el orificio sin la bala, por un instante liliputiense, coincide con la curiosidad del ojo abierto de mi padre. Él sabe que ese tambor que gira puede abrirle la puerta a la contracara oscura del espejo, donde su rostro se multiplicará hasta decir basta. Hace años que mi padre realiza esta tarea, sin cansarse, con enormes esperanzas; pretende vencer la idea de la muerte y se ejercita como un colegial haciendo girar el tambor de su revólver en el que falta un solo cartucho. Y lo mira, simplemente lo mira. Es una ruleta rusa sin contrincantes, aunque tal vez el único contrincante sea la idea de la muerte, sólo una idea, aunque más poderosa que cualquier adversario. La idea le ha venido girando en la cabeza desde el día de su nacimiento y, a tal punto se le ha hecho insoportable, que se ha visto obligado a comprar ese dichoso revólver para ejercitar su mirada una y otra vez. Mi padre quiere mirar a la muerte, pero sólo ve el agujero donde no está la bala. Ese sitio hueco dentro del arma mortal le hace figurarse su propio cuerpo entre algunos espacios de tierra, su mismísima persona en las innavegables cabinas de la muerte. De este modo, cuando el tambor gira, imitando con torpeza el girar del mundo, mi padre se estremece. Y la idea de la muerte lo acompaña. El estremecimiento convierte a papá en un hombre vulnerable. Eso lo asusta. Sin embargo papá lo soporta porque sabe que dentro de él la idea de la muerte palpita también e, igual que él, se estremece para volverlo más y más vulnerable. Con el correr de los años la idea de la muerte terminó por transformársele en una especie de lombriz solitaria que le hizo crecer el hambre. Y el hambre está en sus ojos que, aunque se esmeran, ya no pueden agrandarse más para ver mejor el orificio que se hace pequeño, muy pequeño, que ya es casi un punto que se adelgaza hacia delante, como si viajara por un espacio profundo, interminablemente profundo como esa caída en la pesadilla que no terminaría nunca si una no despertara. La idea de la muerte, entonces, convertida en un punto que cae o viaja o se aleja, se pierde de una vez por todas en un lugar que no existe ni puede entrar en su ojo o en la amplitud estrecha de ese ojo bien abierto o, digamos mejor, abierto hasta donde la buena voluntad del cuerpo de mi padre lo permite. De manera que la idea de la muerte es lo que es o es lo que parece ser, según se la mire desde este rincón o desde aquel otro. Me pregunto quién combate a quién en esta lucha antiquísima. Gira el tambor bajo el ojo vigilante de papá mientras la idea de la muerte se encrespa y se prepara para sobrevivir dentro de él. Los ojos de mi padre –especialmente el izquierdo que continúa abierto frente al girar del tambor- han perdido fuerza. Cuando yo era chica, de tanto observar a papá haciendo siempre lo mismo con el revólver en una mano y un ojo abierto y el otro no, se me antojaba que la idea de la muerte era un animal poderoso que, muy despacio, le arrancaba vigor a su mirada. Es difícil no recordarlo, hasta creo que lo estoy viendo exactamente de la misma manera en que ahora aparece en la fotografía, esta vieja fotografía que he mirado hasta el cansancio en la que el revólver brilla un poco más abajo de los dos ojos de papá. A un costado, mi hermano y yo sonreímos en segundo plano. Claro que mi hermano es prácticamente invisible: la luz entra en la fotografía desde la izquierda y lo borra, lo deja casi blanco, fantasmal.
No me canso de mirar la foto, han pasado tantos años. Es muy extraño: han pasado tensísimos años; yo soy un a mujer cuarentona y mi padre ya no está. Lo raro es que siempre creí que si la muerte y mi padre se andaban buscando, en el medio, indefectiblemente, iba a estar aquel revólver. Aquel dichoso revólver. Pero no fue así. El revólver sobrevivió a mi padre, estuvo guardado en un armario de metal años y años hasta que entraron en casa los parapoliciales, hurgaron en todas partes, dieron vuelta cajones y muebles y se llevaron el revólver. Se lo llevaron con otras muchas cosas, confundido entre el revoltijo de los cuerpos y las voces, sin darle demasiada importancia. Es extraño, sí: mi padre encontró la muerte de otra forma. Y si digo que él la encontró y no a la inversa es porque papá deseaba más toparse con la muerte que la muerte arrimarse a él.
Hay quienes aseguran que hay objetos cercanos a la vida de la gente –por ejemplo mi gata y el jarrón de cerámica que se rompió un día después que la gata y la muerte se encontraran- objetos hechos de materiales delicados que esperan las resoluciones de nuestros cuerpos para continuar sobre el mundo. Yo hubiese jurado que aquel revólver y mi padre tenían vidas paralelas y muertes encontradas. Es tan extraño, todavía hoy me sigue asombrando que el revólver no estuviese involucrado con la vida de papá. A mi hermano y a mí nunca nos gustaron las armas de fuego, tampoco nos gustaba aquel gesto vanidoso con que papá hacía girar el tambor. Una adivina me dijo, hace bastante tiempo, que fue una suerte que mi padre se muriera naturalmente, de lo contrario el revólver hubiera obligado a la muerte a encontrarse con él de un modo intempestivo. Yo no creo en palabras de adivina, pero quién sabe qué voluntades pesan en estas cuestiones cuando aún no se conoce qué sucederá. Cuando los cuerpos vivos de la gente van y vienen con negligencia, lejos o cerca de armas de fuego o de cualquier otro tipo, subyugando al destino que nunca está del todo decidido por alguna clase de final. Lo cierto es que mi padre murió por mal funcionamiento de sus órganos en un hospital muy grande. El revólver no tuvo nada que ver en este asunto. Se trata de algo simple: papá, cuyo instinto le hizo sospechar con anticipación que estaba por encontrarse con la muerte, le dio a mi abuelo un papel, un sencillo recibo para retirar el revólver, que había dejado escasos días antes en arreglo en una vieja armería de la calle Sarmiento. Mi abuelo fue a buscarlo y, no bien salió de la armería, corrió hacia el hospital. Papá y la muerte acababan de encontrarse. Cuando el médico le dio a mi abuelo la noticia, el revólver frágilmente se escapó de sus manos, bien envuelto como estaba con la mitad de una hoja de papel madera. Al caer el revólver hizo un ruido fuertísimo que repercutió en cada uno de los pasillos, los rincones y recovecos del enorme hospital. Cuentan que el médico, al notar que mi abuelo tenía los brazos y los ojos entumecidos, se agachó para agarrar el paquete. Siempre he pensado en lo irónico que resulta que precisamente el médico levantara el paquete sin adivinar que se trataba de un revólver, de ese revólver, el mismo que después se llevaron los parapoliciales cuando entraron en casa en mitad de la noche. Junto con el revólver se llevaron también a mi hermano. Fue de repente, ni tiempo tuve para pensar en lo que estaba sucediendo. Y no pensé durante un rato muy largo. Por fin, cuando logré pensar, sentí que en realidad no había sucedido nada. La casa había quedado vacía o llena de muerte. Mejor dicho, llena de la idea de la muerte mientras yo trataba de abrir bien los ojos para que la oscuridad no se acostumbrara a permanecer en mí. La casa se había convertido en el agujero del revólver que, agrandado a extremos inauditos, obligaba al mundo a adelgazarse infinitamente, infinitamente, infinitamente. Pasado un tiempo llegué a suponer que la idea de la muerte podía ser suave y torneada como el mango de aquel revólver, lisa y blanca como su empuñadura. Quiero creerlo ahora que miro de nuevo esa foto en la que mi padre sigue guiñando un ojo y el caño del revólver es un puntito negro, un ojo que no se cierra, redondo, perfecto. Intento tapar con mi mano el puntito y, casi sin darme cuenta, cubro la foto íntegramente. Allí la dejo, un larguísimo rato para que los recuerdos y las ideas se desvanezcan. Entonces, de pronto, los recuerdos y las ideas –todas las ideas- se desvanecen.


SÁBANAS AL VIENTO

Cuando entré en la cocina el cuadrado blanco de la heladera me emocionó. Al abrirla tuve dudas, primero manoteé la jarra con jugo de naranja, pero finalmente me decidí por el vino. Ploc ploc; saltó el corcho de un modo extraño, como si la botella en vez de vino hubiese sedo de sidra. La vi dibujar un semicírculo en el vacío para luego perderse debajo del armario. Las horas revolotearon sobre mi cabeza como sábanas tendidas, claras, al atardecer. “A veces no entiendo lo que me pasa”, dije en voz alta. Pero enseguida me tapé la boca: era una reverenda estupidez hablar en voz alta, nadie estaba conmigo en el departamento. El vino que oscilaba en el vaso y me enfriaba la mano, era de un translúcido color bordó. Me acerqué al ventanal; en las terrazas, allá enfrente, todavía se balanceaban ropas descoloridas en el aire azulado. Recordé los brazos de mi madre, gordos, pálidos, resaltando sobre una lámina de tonalidades sepia y estirándose hacia los broches de madera, hacia la cuerda tensa y bastante oxidada, hacia al aire hueco. La baranda del balcón también estaba oxidada. En voz bien alta me dije: “Voy a entrar en escena”. Y sólo por un momento, lo admito, me pareció que aún mis dos manos se agarraban de la cuerda tensa, muy tensa, que me había dejado manchas de óxido y raspaduras, porque fue de repente que me sentí confundida con un revuelo de sábanas sueltas, sueltas, muy sueltas.


REGRESO A CASA

Una mañana me vino a buscar. La abuela me acompañó hasta la puerta tocándome suavemente la cabeza; en un último gesto me apretó la nuca. Desde el pasillo lo vi vestido con un traje gris que bajo el sol parecía plateado. Su cara, cuando se agachó para besarme, tuvo una expresión rara. Me asombraron sus ojos: estaban endurecidos.
Apenas empezamos a caminar me di vuelta y vi a la abuela con la mano extendida, la hamacaba con lentitud a un costado de su mejilla. Ya más lejos percibí desdibujadas sus facciones, en parte cubiertas con la mano que había dejado de balancear. A ella, detenida en el umbral, la luz del sol también la volvía plateada. Desde la internación de mamá, por primera vez en muchos meses, iba abandonar aquel barrio. Busqué, para despedirme, una señal, pero sólo logré un molesto parpadeo.
Nos paramos junto al poste. Las fachadas de enfrente mostraban una blancura de guardapolvo. Las ondas luminosas vibraban hasta ahogarse en lo oscuro de una puerta o el amarillo de las baldosas. Más arriba, continuando las terrazas, un lienzo transparente. De pronto, todos los árboles no estuvieron, el resplandor me encegueció. Por un instante la calle fue blanca, hasta que recuperó sus colores.
Sentí el roce de la manga en mi mano apretada por la suya, la curiosidad intermitente de su mirada y el frío de un anillo. Quise adivinar si había decidido ponerse aquel traje con la corbata al tono sólo para venir a buscarme y no pude saberlo. Por su modo de caminar pensé que ese traje debía sentirse agobiado. Tal vez había pasado la noche en vela. Si se empeñaba en sonreír adquiría el aire de un payaso a medio maquillar. Al rato me dijo: Subí. Había llegado el trole.
El guarda tenía un lunar velludo cerca de la boca, me sonrió. Fue un movimiento rápido. Las comisuras de sus labios se arrugaron durante escasísimos segundos y bruscamente volvieron a su posición normal. Se trataba de uno de esos hombres que consideran un deber tratar con dulzura a los niños.
Nos sentamos en los asientos de adelante, enfrentados a la ventanilla. Volvimos a pasar por los sitios donde antes habíamos caminado. El umbral estaba vacío, pero tres hojas con forma de corazón se asomaban por el enrejado de alambre, no tardarían en enroscarse a él. Ante el paso del trole, en una esquina, se alzó hacia nosotros el esqueleto de un edifico. Fuimos andando por una avenida anchísima, ribeteada de plátanos. El sonido del viento no tenía nada en común con el sol reluciente. Aspiré un olor mezclado con nafta, se desprendía de la cuerina de los asientos. Luego bordeamos el límite del gran baldío de yuyos altos con el arco de fútbol destartalado, que hacía equilibrios en un rincón. Y otra vez la claridad cubrió la ventanilla como si le hubieran colgado una cortina de papel manteca. Giré la cabeza: en primer plano su acartonado perfil resaltaba sobre un fondo de asientos desocupados. No me dijo nada durante todo el viaje, sin embargo en la vereda me comentó que volveríamos a vivir en la casa grande.
La casa se mantenía en el mismo lugar, a mitad de cuadra. Su frente seguía cubierto con las piedritas color plomo. La puerta de hierro no había perdido su actitud de encasquetada sobre el alto umbral. La vecina asomó la cabeza por la ventana y la inclinó. Me pareció descubrirle la misma sonrisa que había tenido el guarda del trole.
-Buenos días, en casita otra vez- dijo con una voz chillona que lastimaba.
Después dejó escapar algunas palabras más en diminutivo.
-Ya era hora- le contestó él.
Y abrió la puerta de calle. Primero cruzamos el zaguán: un rectángulo estirado con la maceta de helechos en un ángulo. Supuse que él estrenaba un par de zapatos nuevos porque se resbalaba. Se quedó sosteniendo la puerta cancel para que pasara yo.
El patio estaba totalmente iluminado, creí que se había instalado un relámpago. En medio de esa diafanidad lo vi avanzar hacia la cocina y sacarse el saco. Mientras abría la heladera me preguntó si quería comer algo. El vaho del congelador le llegó hasta la cara, ni aún así sus ojos, casi despavoridos ahora, se aplacaron. Volvió a hacerme la pregunta y o le contesté que no. Una luz titubeante no se animaba a atravesar la claraboya opaca. Los cajones beiges del armario y frascos de vidrio peleaban contra la penumbra. Despacio se acercó a la radio. Los zapatos, que seguro eran nuevos, crujieron repetidamente. Al girar la perilla de la radio hizo salir la voz de Nat King Colle: “…si Adelita se fuera con otro la seguiría por tierra y por maaaar...” Tuve que estirarme para cambiar el dial. Con la caja de fósforos en una mano se arrimó hasta la hornalla de la cocina. El fuego lo atrajo de inmediato igual que un imán y su cara quedó impregnada de un rojo azulado. Enseguida guardó la caja de fósforos en un bolsillo. Detrás de él reconocí una silla que alguna vez estuvo a la intemperie. Apoyada en la puerta de la cocina llegué a verlo leyendo el diario en el comedor. No pude explicarme de qué manera alcanzaba a distinguir las letras en aquella oscuridad. Sin embargo me llamó la atención la fluorescencia de las paredes: contrastaban con el resto de la casa en la que reinaba un apaciguamiento de iglesia. Di unos pocos pasos. Mis sandalias de charol se dejaron llevar tímidamente sobre el parqué encerado. Entretanto se escucharon los cantos de la vecina que, atravesando el tapial, llegaban hasta allí envueltos en su propia letanía. Las cortinas, la araña de caireles, los pequeños adornos de loza estaban intactos en sus lugares de costumbre, pero parecía que los habían destinado a permanecer ajenos al movimiento de las manos por mucho tiempo. El silencio me dio la impresión de que desde ahora en adelante debía acostumbrarme a andar en puntas de pie. Entonces papá dejó el diario, se dirigió a la repita y lentamente fue acercando un fósforo encendido a la vela que estaba frente al retrato de mamá. Ni él ni yo nos movimos durante aquel largo tiempo en el que, varias veces, se hicieron escuchar los cantos de la vecina. Quietos mirábamos la llama de la vela, que titilaba, que tenía la base azul y la cresta de nácar y la mecha negra transparentándose, que se estaba, que parecía una perforación en el cuero blando de la oscuridad.


DOMINGO A LA MAÑANA

“…los gangster y los dioses no hablan, mueven la
cabeza y todo se cumple” Roland Barthes

Una mano sujeta lo que pronto estará tenso; tiene algunos callos en el nacimiento de los dedos y su palma es ancha y mullida como un almohadón. Casi exactamente igual, aunque con la línea del destino más bifurcada, la otra ha guardado una gillette en el bolsillo y ahora apacigua una superficie liviana, lisa. Muy cerca, un chico sigue con meticulosidad las ideas y venidas de esas manos y por momentos, al despreocuparse de ellas, detiene su observación en la cara, entonces ve agrandados los agujeros de la nariz del hombre alto. Hace un rato los ojos del chico se dedicaron a ir acompañando la cuidadosa desaparición de la gillette. El hombre es el padre del chico que tiene unos ojos enormes y brillantes, en parte por la niñez, en parte por la emoción. Están solos en un parque amarillento; ha comenzado el otoño es domingo.
Bastante lejos algunos coches van por la autopista. La falta de proximidad los empequeñece, volviéndolos parecidos a los de colección en el estante de una juguetería. Desde aquí cualquier puede suponerlos montados sobre una misma cinta transportadora; la lejanía disminuye también su velocidad. La autopista no es más que una ilustración en décimo plano a la que padre e hijo dan la espalda. Con las caras inexpresivas como preparadas para santiguarse contemplan, de tanto en tanto, el montículo de casas bajas, y lo reciben mediante una percepción borrosa, igual que a una foto mal revelada. Por encima de todo, tonalidades semejantes se diluyen en franjas consecutivas.
Cuando el hombre comienza a separar los brazos como iniciando un bostezo, como dispuesta a repartir saludos o quizás con el fin de hacer la parodia de un Jesús crucificado, el chico gira para ubicarse frente a él mientras sus rodillas buscan el suelo. Una vez acuclillado descubre paralizadas las manos del hombre, que miden o calculan distancias; tal vez por eso inclina la cabeza hacia un costado. Es muy probable que en este instante el hombre vea el desprolijo horizonte, trazado por la terminación de los techos, como a una línea a punto de desmayarse.
Sería exagerado afirmar que el chico es lo más parecido a una estatuilla de santo, incapaz, inclusive, de perder su aire de devoción aunque un abrojo atentara contra sus rodillas. Bajo los árboles, a lo mejor cansada de intentar apoyarse sobre un colchó inexistente, e imitando un libro hojeado con apresuramiento, se bambolea la mariposa amarilla.
Un poco impaciente, el hombre desabrocha el último botón de su camisa, de modo que el pecho velludo queda sometido a la forma de una ve. El chico, todavía en cuclillas, procura sostener con su mirada prudente los ademanes del hombre, que tiene la estatura de un dios de cara redonda y ancha nariz, cuyos orificios sugieren profundidades de hormiguero. Atrás, los automóviles, enturbiados por la atmósfera de ensoñación, aletargan aún más su paso.
Dentro de un rato el hombre estornudará. Al sacar el pañuelo del bolsillo irá cayendo en cámara lenta la gillette ensobrada en papel de seda. El hijo, ansioso, va a pretender alzarla sin amagar el menor de los movimientos, quizá queriendo utilizar un poder telequinésico del que carece.
Producido ya el estornudo ha caído la gillette y el chico, después de una larga pausa se pone de pie y realiza un discreto zigzag de abrelatas partiendo del eje de la espina dorsal. No sin antes ensuciarse las uñas levanta el chato rectangulito y, sonriendo, se lo entrega al hombre. Hubo un lapso asombrosamente breve durante el cual el sobrecito protector de la gillette brilló con muchos resplandores y, aunque observado desde lejos casi no era nada, algo en él indicó que no sólo por su tamaño poseía detalles enigmáticos.
La brisa tuerce la gramilla. Brumas de tierra se desprenden de la tierra creando un disturbio de ocres que envuelve un par de zapatillas blancas. Al sentarse y abrazar sus piernas, el chico comprime el cuerpo y con él forma ángulos que, como todos los ángulos, tienen vértices y abismos. Cuando ese cuerpo queda inmóvil bajo la apariencia de una ene de imprenta, cuyo punto final se sitúa en las zapatillas, una luz potente que ha venido creciendo desde el costado lo deslumbra: el sol es una metáfora del sol. Con los cachetes sobre las rodillas los ojos languidecen. De cualquier manera ninguna luz puede distraerlo porque delante de é se despliega un quehacer mágico que construye contornos familiares. El sentido consiste en desenhebrar o perseguir líneas porosas, no del todo pulcras, pero líneas al fin construyendo formas geométricas. Mientras tanto, por los alrededores, lo antigeométrico se desparrama en ondas y declives. Para el chico el suceso está contenido entre el cinturón del padre y algún lugar cercano al sol, para el padre, entre sus dedos habilidosos.
Desde el cuello del hombre surge una guirnalda que se pierde en la culminación de los árboles. Se trata del puente. Con el mentón encendido por la rugosidad de las rodillas, el chico ha decido incluir en el paisaje aquel trozo abovedado que establece un límite angosto entre la escenografía del parque y el gran pliego. Ve una pareja diminuta recortando en el aire su figura de equilibrista de circo. Ve los autos atrapados por dos surcos paralelos. Ve el otro lado del puente y le gusta.
Apresuradamente el padre demuestra que sus manos no están rellenas de algodón. Un ejercicio de torniquetes, roces, adosamientos, lleva y trae la mirada del chico, quien reconoce en ellas el alarde de su calidad de instrumento. Las luces ratifícales, que guiaron a la amodorrada caravana de coches, se han apagado hace muchas horas. En este momento respiraciones confiadas acompañan el manipuleo diestro. El chico, perplejo, está recibiendo las tres cuartas partes de un rostro adulto que, detrás de una relativa transparencia de colores, simula sonreír.
Podría suceder que un helicóptero deambulara justamente por encima de ellos, o que las margaritas prometieran no secarse y se pusieran a brincar, sostenidas por sus tallos raquíticos, sobre la ausencia de césped. Pero no, sucede que ellos se preparan aquí, lejos del mar, en el centro de u continente, para presenciar un salto enorme hacia lo interminable y extasiado. A metros de la autopista alguien levantó invisibles columnas de departamentos. Sobre la tierra, restos de hilo, de papel y la gillette ensobrada, quedan a expensas de un reposo que algunos remolinos de aire, sin duda, interrumpirán. El hombre está sintiendo, dentro del hueco formado por el pulgar y el recoveco de sus dedos, el deslizamiento del hilo. El ovillo blanco se va deshaciendo al abrirse paso entre ramitas y pasto seco. En este instante una hoja del color del té cae de un árbol. Cuatro ojos comienzan un movimiento hacia arriba para perseguir la nudosa cola de trapo, que cuelga del barrilete y describe círculos flotantes siguiendo la dirección del viento.


ESCRITO A ORILLAS DEL RÍO CHITRAVATI

La calle
Le señalé la luna y le dije: “The moon”. Y la niña, señalando como yo la luna, con una hermosa pronunciación en telugu, dijo: “Chandravati”. Entonces me sonrió; tenía todos los dientes cariados. Su madre los tuvo igual. Y su abuela, y su bisabuela también.

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El hombre sin piernas cruza la calle. La vaca, que va adelante, es un torpe lazarillo, pero el hombre la prefiere a cualquier perro, porque para el hombre los perros son algo así como cucarachas o peor todavía. El hombre sin piernas haría cualquier cosa por su vaca. La vaca no lo sabe. Yo camino unos pasos y entro en el templo. Coloco mi frente contra el piso. Respiro hondo y le agradezco a Dios infinitamente no haber nacido perro en este lugar.

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La señora caminaba con su vaca por la calle principal del pueblo. El ruedo de su sari blanco iba levantando polvo. No sé por qué me recordó a un cortejo fúnebre, a una novia caminando hacia el altar, a la alumna abanderada con las dos escoltas portando la bandera patria. Pero en la mujer había algo más. La frente alta, los pies sucios, esos ojos que no he visto en ninguna parte del mundo y un diminuto brazalete brillante que ahogaba su muñeca y resplandecía entre las estrellas y el otro de los elefantes.

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El cielo es tan liviano, pero tan liviano, que se desvanece. Un gran agujero blanco se abre sobre nosotros, es casi una excusa para que aparezcan los astros. Bajo un cielo así la tierra tiene un peso increíble que nos recuerda a los dinosaurios.

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El hombre miró toda la tarde a su flaca vaca gris. La vaca parecía no estar mirando nada. Más bien daba la impresión de que se aburría. Después llovió. Nunca llovía por aquellos sitios. Y hubo que enterrar a la vaca.

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El ruido de la bicicleta al andar por el camino de tierra se parece al de los cascabeles de la vaca. A la vaca no le gustan las bicicletas, se le nota en la mirada, pero el muchacho que pedalea tiene los ojos grandes, más grandes todavía que los del hombre del turbante rojo y entona una canción en telugu, con la misma devoción con que en mi patria cantamos el Himno Nacional.

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De repente los cuervos ennegrecieron un cielo de tiza mientras yo recorría con mis dedos los bordes de una pendiente de color marrón, de un marrón que no era el de la tierra ni el de mis ojos, era el marrón de los pozos profundos al mediodía.
Sí, los cuervos hicieron una sombra muy grande y entonces el mundo quedó boca abajo.

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La muchacha hindú me sigue a lo largo de toda la pared. Hay un interminable muro grisáceo allá adelante. Alguien barre, levanta sin cesar polvillo del suelo hasta llenar el paisaje de niebla. Atrás, la mujer con sus dos cobras en una canasta y un tachito vacío. No estoy sola, lo sé. No estoy sola, vuelvo a repetirme y un lamparón se estrella en mi frente y me llena de luz.

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Un vestido sucio en un mundo limpio. Un vestido limpio en un mundo sucio. He allí la cuestión.


EL PALACIO

Hago castillos con mi imaginación. Brotan desde un sitio desconocido y se mantienen en perfecto equilibrio en ese minúsculo espacio de mi cabeza mil veces más pequeño que un lunar. Y adentro de los castillos no pongo nada.

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Entré descalza en el palacio como quien entra en el baño o se mete en su cama. Se abrieron puertas y puertas y puertas. El brillo perseguía las ventanas y los espejos eran siempre demasiado pequeños. Entonces me vi obligada a decir mi nombre muchas veces. Muchas, muchas, muchísimas veces.

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Yo caminaba entre turistas en el palacio más grande del mundo. Apareció un chico harapiento y preguntó mi nombre. Se lo dije. Luego vino otro y me preguntó lo mismo. Después una muchacha delgada de ojos negros. Dije mi nombre por tres veces rodeada de cristales y puertas de nácar y molduras doradas. Ahora me parece mentira que mi nombre de princesa fuese dicho tres veces sobre pisos de mármol donde mis pies podían reflejarse.

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Hace mil años, cuando estuve aquí, el sol era un poco más grande, apenas un poco. Y no estaban los palacios. Pero las vacas tenían el mismo color ceniciento que tienen ahora.

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Yo venía avanzando desde el otro lado del palacio hacia mí. Alguien me seguía desesperadamente. Quise que el palacio se derrumbara. Pero no tuve suerte: no se derrumbó. Vi mi espalda, mi larga melena reflejada en los espejos. Vi muchos espejos, muchas espaldas, larguísimas melenas. Y yo corriendo detrás de mí, siempre corriendo.


EL ASHRAM

Del otro lado de esta pared está el mundo. Llegan hasta aquí ruidos muy fuertes. Todos los días el sol avanza desde allá. Queda un instante en alto, digamos que se mantiene dificultosamente sobre el borde filoso de la pared. Entonces ya no hay ninguna sombra y los ruidos se aletargan como si cayeran arriba de un colchón. Después el sol se pierde del otro lado.
Durante la noche la pared tiene un tono muy oscuro, parece un gran animal muerto, Y no hay nada que hacerle, nadie se arriesga a atravesarla. A veces, se me ocurre, que esa pared es delgada y hasta transparente como la tela de aquel vestido que una vez estrené.

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Quise resguardarme bajo los árboles inmensos. Yo escribía. Y pasó una mujer. Era una mujer flaquísima y encorvada. Miró mis ojos, espió mi lapicera y extendió su pequeña mano sucia como si me ofreciera una flor.

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Era la más grande, la más gorda todas nosotras. Se la llevaron esta mañana. Alguien la tomó del brazo, alguien la empujó un poco. Intentaron hablarle, pero no conocían su idioma. Todo fue igual que al principio, ni siquiera había adelgazado, Sólo que ahora la valija era más liviana. El cielo se había encapotado allá afuera cuando la vimos caminar descalza, cuando la empujaron, cuando quisieron convencerla de que cruzara la puerta, ese agujero de luz que siempre vemos desde aquí.

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Yo quería escuchar aquella música de la que me habían hablado. Por eso subí las escaleras despacio, con mis piernas flacas. Otros pasos resonaban arriba, abajo. Y la luz venía por los costados, cegadora, blanca. La escalera era interminable y también blanca. Subí y subí. Una mano tocó mi cabeza, de pronto. De pronto la música comenzó a sonar. Era una escalera muy larga, muy blanca.

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Una mujer que no habla mi idioma, llora a mi lado. Es una mujer de trenza muy larga y cabello renegrido. Cuando quite las manos de su cara le veré el rostro. Veré sus ojos. Sé que son negros, sé que tiene un punto oscuro en medio de la frente. Sé que ella no se llama María ni Juana ni sabe reza el Padre Nuestro. Los pies llenos de anillos se asoman por el borde de su vestido de seda. Imagino su pequeña casa penumbrosa, su casa de muñecas sin pintar y la veo entrando, con sus pies ásperos sobre el suelo áspero sin ningún pensamiento, vacía, blanca, llena de luz con su estómago vacío.

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La mujer estaba vestida de blanco y me dejó entrar en su casa. Olía a perfume, condimentos y flores secas. Después nos quitamos los zapatos y ella encendió unas velas Cantó, cantó y cantó. Cantó sin que en su vestido se moviera un solo pliegue. Después puso su mano derecha muy cerca de la llama de la vela para apoyarla enseguida sobre mi cabeza. Después, muy cerca, escuchamos la voz de los cuervos.

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Ella enhebra un hilo verde en una pequeña caja de plástico. Es de un verde muy verde, que hace juego con los tonos de su sari. Los ojos le tiemblan en la cara y, entre sus dedos, el hilo verde se desliza con la suavidad del vuelo de los pájaros.

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A la mañana temprano, entre la niebla, ya están las mujeres inclinadas sobre sus escobillas. El polvo al alzarse desde la tierra se mezcla con el aire blanqueado y opaco y las siluetas de las mujeres pierden nitidez. Sólo el cuchicheo de las escobillas y sus voces frágiles y polvorientas que barren, barren, barren las últimas penumbras, la sombra de los cuervos y de la noche.


DESLICES

Si él hubiera considerado que cualquier balcón es apenas una superficie pequeña, sostenida por la buena voluntad de unos cuantos barrotes de hierro, quizá ella no hubiera podido hacer lo que hizo; y quién sabe si lo hubiera hecho en el caso de haber comprobado que los pesados caminos cuando pasaban producían un temblor sólo verificable al contacto de su baranda. Si él hubiera dejado de sentir confianza que es –nadie lo niega- algo necesario, aunque a la larga –como dice el refrán- mate al hombre (él mismo, quien en alguna ocasión sintió el frío de la baranda al apoyarse y, acaso, pensar que todo cuerpo tiene inevitablemente un rumbo hacia abajo, sobre todo si debajo de los pies hay algo hueco) no habría aflojado su atención. Y no nos olvidemos que todo cuerpo o cosa ocupa un lugar en el espacio y que este, al fin de cuentas, tiene un fondo, aún cuando se trata de un barril que, como también dice el refrán, suele no tenerlo, no hay que en este ni en casos parecidos artilugios posibles, pues bien sabido es que yéndose por el hueco lo que está descendiendo, en algún instante, encuentra el fondo. Y más aún, si ella hubiera manifestado su gusto por coquetear con el vértigo a la manera de un trapecista que, hay que decirlo, por lo general no pesa los setenta y cinco kilos ochenta gramos que ella pesa, a nadie, y menos a él, el hecho lo hubiera encontrado inadvertido.
Es más seguro es, todavía, que si ella no lo hubiera distraído escondiendo gillettes en su cartera, razón por la cual se las robaba a él, saboteándole de ese modo su constancia matinal de rasurarse la barba, y si, además y por si fuera poco, ella (ella misma, la que fue capaz de hacer lo que hizo) no hubiera hurgado en la caja de artículos de limpieza, llevándose a posteriori el raticida para ocultarlo debajo de la cama (¡vaya lugar para ocultar un raticida!), él no hubiera estado tan desprevenido con aquel balcón. El, sobre todo él, que ha sido siempre tan con ella desde la noche en que vino a conocerla para su dolor y su desgracia en aquel banco de plaza, donde ella juró que pasaría la noche asegurando entre lamento y lamento que, entre otras cosas, el frío le estropearía la piel –una piel un poco vieja, no nos vamos a mentir, pero que ella cuidaba con cremas especiales- él, quien le prestó su pulóver y que por ir a buscarlo a la mañana siguiente quedó enredado con ella y con su piel, nunca creyó que sería aquello no esto lo que ella haría de golpe y porrazo. Esto, precisamente esto, causa indiscutible de que nunca, nunca jamás –lo que ya es mucho decir- él olvidaría que una mujer, un banco de plaza y un pulóver en mancomunión, tienen la virtud de atrapar de modo tan contundente. Porque aquella noche –según la confidencia que él mismo le hizo a un primo político con aire embelesado- ella, en aquel banco de plaza, le pareció frágil e inofensiva como una docena de huevos. Y no lo ero. No. Y es de no creer que, ahora, si ella, la misma de aquella noche, aunque más gorda que entonces, hoy por hoy y en este exacto momento clamara por la presencia de él para pedirle una miserable aspirina, él se haría el tonto, el dormido, el muerto o no existido.
Tratemos de entender que él puedo –como hombre comprensivo que de por sí es- perdonarle a ella muchas cosas, pero no toda una vida de equivocaciones. Pues quién se atreve a negar que al final ella, la que creyendo que fuera de sí misma se hallaba lo que en verdad estaba en su interior, buscó el vacío para no encontrarlo. Es cierto, él puede hasta perdonarle incluso las angustias que gillettes y raticidas le provocaron, porque raticidas y gillettes cumplieron un papel fundamental en este desenlace. Ya que, si no hubiera sido habido gillettes ni raticidas despistadotes, él no hubiera apartado sus ojos avizores de aquel maldito balcón, tan abierto a lo que no debía ser. Y mejor aún, si ella misma, la que le mintió tantas veces, no hubiera tenido el don del disimulo, él mismo hubiera comprado una tabla de madera para clausurar aquel balcón; aunque de cualquier forma ya estaba cansado de espiarla a troche y moche todo el santo día.
Pero si ella no hubiera dejado de hablarle de aquellos sueños, por lo demás bastante aburridos, a él, un hombre ciertamente cuidadoso, no se le hubiera pasado por alto la posibilidad de semejante ocurrencia con la que ella, como era su costumbre y su obsesión, deseaba encauzar sus desatinos. Ella misma, una mujer llorona y pusilánime, la que montones de veces fue sacada de una camilla de esa y de otras tantas piezas, con los ojos abotagados por deslices medianamente previsibles, ha sido siempre, ni más ni menos, una mujer abrupta. Sólo así se explica cómo él pudo desatender, sin perder la paciencia, la pista acertada. Sólo así se entiende cómo dedicó sus horas y sus ojos a desentrañar cuestiones menudas, falsas. De lo contrario, por lo menos, le hubiera puesto un candado a la ventana que separaba la pieza de aquel balcón, uno de esos candados que se compran en la ferretería.
Porque él, un hombre metódico y previsor, sabía que no era aconsejable andar ahorrando en problemas de importancia. No perdiendo el tino, se hubiera atrevido una vez más a llevar la vigilancia hasta sus últimas consecuencias, ya que, dicho sea de paso, ella instigada por sus propios delirios, no hubiera dejado ni por asomo de insistir con su manía. Sí, no hay duda, en ese caso él hubiera comprado el candado, la tabla de madera o algo. Aunque habría que pensar –ya que en estos casos él tenía la seguridad de que pensando tozudamente iba a salvarla otra vez- que él no actuó con la debida cautela. Sí, habría que pensarlo porque no habían transcurrido tres meses desde que ella, mostrando sus muñecas cortadas, juró en el hospital que él era el causante, justamente él, un hombre respetuoso de la vida en general, hay que decirlo, incapaz de aplastar una mosca con una de esas palmetas que pueden comprarse módicamente y de ocasión en cualquier negocio del ramo. Cómo entonces iba él a pensar que esta vez sería el balcón y que ella juraría y recontrajuraría que él la empujó y él, lamentablemente sin testigos para demostrar lo contrario y todos diciéndole con los ojos: a quién quiere usted hacerle creer que su mujer es suicida, ¡por favor! O algo así, y encima la dueña de la pensión dándole la razón a ella, apiadándose de esta loca a la que él, desde hace diez años, durante los cuales le escondió gillettes y raticidas, la aguantó y aguantó, él mismo, un hombre bien intencionado, hay que decirlo, incapaz de aplastar una mosca con una palmeta.