Bienvenidos a este lugar de consulta sobre poetas, narradores y ensayistas de todo el mundo escritos o traducidos al idioma español.

"... el bibliotecario protege los libros no sólo contra el género humano sino también contra la naturaleza, dedicando su vida a esta guerra contra las fuerzas del olvido"
Umberto Eco

SEVERÍN, Patricia

Patricia María Severín

Rafaela - Santa Fe - Argentina//Santa Fe – Santa Fe - Argentina


Libros publicados:
“La loca de ausencia” -poesía- Faja de Honor de la SADE 1992- Editó: Libros de Tierra Firme, 1992
“Amor en mano y cien hombres volando” –poesía- escrito junto a Graciela Geller y Adriana Díaz Crosta. Editó:Libros de Tierra Firme,1993
“Las líneas de la mano” - cuentos – Faja de Honor de la SADE 1998-Editó: Universidad Nacional del Litoral, 1998
“Sólo de amor” –cuentos- Premio Único Publicación ASDE 1999-Editó: ASDE e Imprenta Lux,1999
“Poemas con Bichos”- poemas- Premio Fondo Nacional de las Artes 2001 y Premio Municipalidad de Buenos Aires para obra editada, bienio 2002-2003. Editó: Vinciguerra, 2003
“Libro de las certezas”-poemas-Mención Única premio Macedonio Fernández 2008-Editó: Grupo Editor latinoamericano, 2009

Inéditos:
“La voz bajo la falda” –poesía-
"El universo de la mentira"- poesía
“Abuela y la niña”- poesía
“Humo sobre agua”-poesía
"Recreo"- novela
"La Tigra"- novela
“Salir de cacería”-novela

Ha obtenido, entre otros, el Primer Premio en cuento en el Concurso Nacional Alicia Moreau de Justo; Primer Premio en cuento Las Tierras Planas; Premio Publicación Subsecretaría de Cultura de la Provincia de Santa Fe; Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores -por dos veces-; Tercer Premio Poesía del Fondo Nacional de las Artes 2001, y Premio Municipalidad de Buenos Aires, con la obra “Poemas con Bichos”; Premio Macedonio Fernández, Mención Única para “Libro de las certezas”.
Sus textos se hallan en numerosas antologías nacionales e internacionales.

OBRA

SELECCION TEXTOS NARRATIVOS

Cuento inédito publicado en La Opinión de Rafaela, Santa Fe

LETRAS EN LA MADRUGADA

Estoy ahogada.
Cambio de un estado de ánimo a otro en menos de un segundo. Es como probarme vestidos: me saco la solera, me calzo el estampado, me mido el rojo. No sé qué hacer conmigo.
Dentro de unas horas vamos a encontrarnos y tengo miedo (Le escribe Paloma a Federico en la madrugada de invierno) Desde hace ocho meses ha pasado mucha letra en la pantalla. Pero la letra y la pantalla son inasibles y, además, buenos filtros. Hay verdad detrás de las palabras, pero también poca realidad. Será quizá que por eso (Escribe Paloma a Federico), necesito tomar el papel y garabatear esta carta: para que algo no desaparezca con el delete. Necesito escribir y leer para saber con certeza que en unas pocas horas abriré la puerta del bar y allí te encontraré -camisa azul, pantalón oscuro-, y no te disolverás en la penumbra. Y sobre todo, necesito afirmarme en estas hojas para dejar de temblar. Te corporizarás en vos y tu sonrisa, de pantalla y vidrio, será de piel y labios; tus manos perderán su condición de estatua para arremolinarse en el gesto del saludo. Quizá el sonido de tu voz no sea de campanas, sino de cello o de piano en grave o de río tibio. Y tus ojos tengan una aureola de cielo alrededor del iris. Muchas veces, durante estos meses, me he preguntado si hago bien en seguir adelante (Piensa Paloma y le escribe a Federico). Todas las veces me he respondido que no; y sin embargo aquí estamos. Yo, que necesito diez horas de sueño, estoy devastada por el insomnio y la incertidumbre. He adelgazado esos kilos tenaces que el desgano y la edad te imponen. No hay nada más agónico que dar curso a una ilusión. Tampoco nada más bello. Son los contrarios los que excitan la mente y agigantan el alma. En la borrasca de este océano, oscuro y transparente, es que me entrego al encuentro. Todo es caótico en mí. Voraz. Soy este volcán en ebullición. Tacho cada una de las fantasías que diagramo para volverlas a pensar. ¿Nos gustaremos? ¿Habrá piel? ¿Podremos abarcarnos? Estamos aislados detrás del ordenador, sentados en el cobijo del escritorio, protegidos por la soledad. De pronto algo se ilumina, se prende un pábilo, una señal. Hay otro igual que uno en la inmensidad de todos los posibles, de ese incierto mar de afuera que entra por la línea del teléfono y se instala en el outlook. Y una quiere descartarlo porque esta cansada de virus y basura, pero un tenue signo rojo te detiene. Allí comienza el vértigo: cuando la palabra clikea sobre el corazón.
Te he dicho que era feliz y sin embargo duraba. Has dicho que estuviste enamorado pero me desespero por descubrir tus ojos. Me conocías apenas. Te acordás de la infancia, de los lugares comunes. Lo que sabés: me fui del pueblo después del accidente de mamá y papá. Hice una cruz y me olvidé de todos. Tapar el dolor nos ayuda a continuar. Lo que no sabés: el rencor me mantuvo viva. Del colectivo desbarrancándose en la noche. Del silencio de la ciudad que protegió a los culpables. Llegaste a remover mi cajita de cenizas. Te dejé hacer. También tengo oscuridades: odio, envidio, acuso.
Tuve marido, tuve amante, tuve compañero. Pero una inquietud irrefrenable me arrastró siempre hacia la pérdida. Como un cóctel mal habido, mi alma, nunca termina de ligarse. Me quedé con los hijos, y la sensación de lo que no pude completar. Y ahora te apareces para un revival.
Las mujeres nos enamoramos de pequeñas cosas: una flor y la mano que la extiende; una palabra al oído en el momento justo; una mirada enloquecida detrás de una aparente calma; un secreto minúsculo, Federico (Apunta Paloma y el papel se puebla de pequeños signos) Algo debió ser dicho entre nosotros que pulsó las cuerdas de este violín inseguro. No se nada de vos excepto lo que me has contado: que te casaste grande, que tus hijos son pequeños, que sos buena gente, abogado y deportista, y que necesitas imperiosamente volver a enamorarte.
Nos metemos en arenas movedizas ¿lo sabés? lo sé. Nada se puede construir sobre el dolor ajeno ¿Y nuestro propio dolor? preguntaste. Estamos en la franja de la zambullida, no de la largada. Palabra tras palabra se ha ido poblando el alma. Dos personas que han escrito ¿por qué te extraño si nunca te tuve? ¿por qué te quiero si jamás te he visto? están prendidas por hilos invisibles aunque aún no comprendan su significado.
Amanece.
Los años que vienen se juegan en unas horas.
Necesitaba escribirte una carta de verdad (Le dice esta mujer, Paloma, a este hombre, Federico), un registro indeleble que tenga olor, tacto, profundidad y que solo el delete de tu mano –si lo desea- pueda estrujar.




Del libro LAS LINEAS DE LA MANO, Editó, Universidad Nacional de Litoral, 1998


LA VALIJITA


En la curva donde la camioneta de Dacor mató al chancho de Jacinto Monteriola, ahí, justito, se dobla para ir al sitio donde habitan los viejos.
Bajando la pendiente ya se ve el techo inclinado y luego chato desparramado entre los eucaliptos. De lejos no parece un asilo, parece más bien una casa de campo venida a menos.
Todos los viernes, a las nueve de la mañana, don Antonino Funken, deja el asilo y trepa despacito el cerro. Dice que va de visita, para que los suyos no se molesten en llegar hasta allí. Y de paso aprovecha, ya que está, para tomar un poco de aire de la serranía. Ese aire es bueno para la sangre, dice, y le recuerda su juventud, dice, cuando trabajaba en el campo, y no le menguaba ni un poquito a respirar profundo cada mañana.
Don Antonino Funken lleva en la mano todos los viernes, una valijita de cartón, pequeña y rectangular, atada con piolín.
Cada cincuenta, o setenta metros, deposita con cuidado la valijita sobre el pedregullo, y descansa. Luego la levanta en vilo, y sigue rumbo hacia la curva, donde la camioneta de Dacor mató al chancho de Jacinto Monteriola, para ver si tiene suerte, viene alguien y lo lleva hasta el pueblo.
Nunca tuvo que esperar más de dos horas, ni menos de cuarenta y cinco minutos. Lo sabe por el sol que se estira en línea oblicua, pasando por sobre los eucaliptos del asilo, por el poste quinto de la luz, y luego hacia el molino de Gorriti.
El ya no tiene reloj. Lo enterró el mismo día en que murió la Mercedes, cuando decidió que todas las horas serían iguales para él.
Hace unos cuantos años que vive en este lugar, al que llaman el sitio de los viejos. Ocho los hijos. Desparramados. Su campo ya no es de él, ni de ninguno de ellos. Prefiere no molestar desde que decidieron que ese lugar era el mejor para su vejez. Allí, puede hablar con la Mercedes, todo el tiempo, sin que nadie lo importune.
-Ya falta poco – le dice-. Llegaré como corresponde. No te preocupes.
En el pueblo, tomará una grapa en el bar, si lo invita su amigo, el peluquero. Y mirará jugar a las cartas a la tardecita, cuando apure otra grapa, con la picada de salame que hace preparar Dacor, y le convida.
Después, Dios dirá. A los dos hijos que viven en el pueblo les disgusta que él salga del sitio. Le dicen, qué vergüenza andar vagabundeando por allí, con esa tos y a su edad. Entonces, él pondrá la valijita sobre el banco del andén, y apoyará la cabeza, y dormirá hasta el otro día, cuando el jefe de la estación lo llame para tomar unos mates. Entre los dos recordarán los tiempos idos. El jefe fue su vecino cuando vivía en el campo. Le dirá, como todos los sábados:
-Eh, Antonino, ya te dije que no duermas afuera. ¿Y los hijos?
El se encogerá de hombros, como siempre.
-El lunes va a llover, en el cerro ya se ve la nube de alguacil.
Cuando llegue el mediodía preguntará el jefe:
-¿Te esperan a almorzar, Antonino?
-Quizá llueva el domingo a la noche.
Pero antes, seguro que antes de despedirse, recordarán cuando el viejo Gorriti se cayó de la punta del molino, donde fue a buscar la botella de alcohol puro, que los hijos le escondían del trago.
Se ríe el jefe mientras le dice:
-Eh, Antonino, vos no podes subir al molino. Porque, ¿la valijita?
Él se reirá también.
Hoy hace calor, de temprano, y la valijita le incomoda de un brazo al otro brazo. Es un calor pegajoso, húmedo, pero ni aún así se quita el saco: el saco se hizo para llevarlo puesto, igual que la corbata en su sitio, como a Mercedes le gustaba, cada vez que iban al pueblo, por la provista de la semana, a los casamientos, o a los velorios.
Van para las dos horas y todavía nada. Ni un camión, ni una furgoneta. Sólo dos o tres autos de turistas hacia las montañas. Ésos nunca llevan a nadie.
-¡¡Dacor!!
Dacor lo ve, y estaciona su camioneta, y lo alza, y alza la valijita de cartón. Juntos se van hacia el pueblo, felices por haberse encontrado: uno silbando bajito, el otro contando que los hijos le escribieron esta semana y están muy bien, pero que mejor otro día va a visitarlos, que este día será para tomar unas cuantas grapas, con los amigos, con Dacor.
Bajan en el bar. Antonino se sienta al lado de su valijita hasta la noche cuando se levanta para irse a la estación. La busca. La llama. Pero la valijita no está. No aparece por ningún lado. Será una broma de Dacor o del peluquero, o algún hijo de Gorriti, seguro, sí, un forastero, el que estuvo parado junto a él mirando el truco y se fue a media tarde con sigilo, seguro el forastero, porque todos acá saben que no tienen que preguntar ni tocar su valijita.
No queda más que ir a la policía, sentarse en otra silla, cruzar las manos y explicar que deben hallarla, que es urgente, que no puede andar por los caminos sin ella, que Mercedes lo quiere bien puesto cuando se junten para siempre, que entienda el comisario por qué es tan importante, que no puede faltarme, que no debe encontrarme desprevenido.
-Quién – pregunta el comisario
-En la valijita tengo el traje. Otra corbata y la camisa. Menos zapatos, todo. Pero de ésos no he de tener necesidad. Cuando me encuentre, don. Cuando me llegue.


CRUCE EN EL MUELLE

El hombre orinaba contra un poste.
La mujer descendía por la escalerilla antigua hacia los muelles. No eligió la escalera ancha, y de hormigón, de los paseantes; prefirió bajar por la de madera, sinuosa y sin atajos.
Se escondió en su abrigo de piel; era fría la corriente que llegaba del río. Peldaños empinados descendían hacia la vieja explanada de ferrocarril, que antes, mucho antes, había tenido activa circulación de vagones desde el puerto y donde, en ese momento, ahora, orinaba un hombre rodeado de perros, contra un poste.
El hombre percibió a la mujer y quedó de espaldas. Dio media vuelta pero no cerró su bragueta. Se afirmó mejor con las piernas en triángulo. El chorro descendía en un semicírculo lánguido. La mujer estaba lejos pero no podía separar los ojos del hombre. Lo observaba cuidadosamente. No a la acción, al acto en sí mismo, sino al ver en descubierto, tapado apenas por la penumbra de la tarde, el sexo semierecto. Acción reservada a sitios más propicios, por higiene o por recato.
Parecía que la mujer gozaba mirando al hombre que orinaba contra el poste; cada peldaño que descendía sus ojos se desplazaban de reojo, pero con insistencia, para ubicarlo mejor. Y sonreía. Probablemente le diera placer la ambigua vergüenza que despertaba en el hombre por ser descubierto así, meando con apuro, meando rápidamente para poder guardar.
El comprobó, por el ruido de los pasos, que la mujer seguía bajando las escalerillas. Quiso taparse detrás del poste; los perros olfateaban el charco que se disolvía entre las vías.
La mujer subió más el cuello de piel. Dejó los ojos descubiertos. Se notaba cierta seguridad, o quizá parecía, por su forma de bajar la escalinata; su paso firme al poner en evidencia al que orinaba en el poste; la manera majestuosa de calzarse el abrigo a esa hora de la tarde, casi noche, en ese lugar inadecuado. Aunque no para un hombre orinando contra un poste, allí, en los muelles.
A la mujer se le notaba, por el gesto breve de encoger la comisura de los labios, que le disgustaban de igual manera los perros y los vagabundos. Se podía intuir, en el ruido parejo y firme de su paso, que deseaba incomodarlo.
El hombre era joven aunque parecía viejo. La barba crecida, el saco roto, los pantalones sin color, los zapatones descosidos.
La mujer pensó en el hombre y no supo qué hacer con ese pensamiento; no se imaginaba el pasado del hombre, menos su futuro; no podía imaginarse nada, ni siquiera el porque de ese hombre allí, en ese exacto momento. Sintió repugnancia. Un grito desde la barranca hizo girar su cabeza. Vio a sus amigos. Agitaban botellas; hacían gestos para importunarla. Amenazaban con irse. Estaba harta de sus amigos. Era siempre lo mismo, paseos y borracheras, porros y charlas; los mismos lugares y manoseos. Fumata, café, cervezas, tragos, patotear, el hotel por horas, en grupos de tres o cuatro, el desgano, el olor a semen, ese coito apurado e incómodo arriba del auto, sobre la barranca, en el motel, antes de llegar a casa, antes de encontrar o no al marido que, a veces, venía a dormir, cuando no tenía reuniones de negocios.
El hombre no se dio vuelta ante los gritos que descendían de la barranca. Decidió terminar de una vez por todas. Los amigos de la mujer tiraban botellas y latas. Lanzaban piedras. Gritaban. Hacían puntería a la espalda del hombre; al lomo de los perros.
La mujer terminó de bajar el último escalón. Agitaba los brazos disconforme. Quería que se fueran y la dejasen tranquila, a ella, al hombre, a los perros. Pero sus amigos la perseguían con insultos corriendo de una punta a la otra de la barranca. Hacían gestos obscenos que involucraban a la mujer, y al hombre que cerraba su bragueta, dispuesto a irse rápidamente de allí, a desaparecer entre las sombras del muelle.
Otros hombres irrumpieron.
Bajaban por la escalera ancha de hormigón. Disimulaban las cachiporras cruzando las manos en la espalda. Las insignias, bajo las camperas de cuero. Cuando llegaron a las vías abreviaron el paso. Cerraron el camino al hombre, lo empujaron, le pidieron documentos. Los amigos de la mujer gritaban hurra; increpaban a los hombres para que lo fajen, le peguen, le den su merecido a ese atorrante, sucio, vago, desvergonzado, que muestra y orina, y quién sabe qué otras cosas es capaz de hacer delante de una dama. El hombre tropezó en las vías. Cayó. Los otros lo patearon en las costillas, las piernas, la cara, las orejas; los amigos de la mujer reían en la altura. Se desplazaban de acá para allá; las botellas en alto vivando a los matones. La mujer sostenía con una mano el cuello del tapado, con la otra, se cubría los ojos mientras retrocedía. El hombre sangraba por la nariz y las orejas. A la mujer se le agitaba la respiración en cada sacudida, en cada grito, en cada patada. El hombre era un bulto casi muerto. La mujer se apretó el estómgo. No quería porros, ni amigos, ni autos con sexo breve y aburrido.
El río se elevaba en tenue oleaje del este, cada vez más oscuro, en esa noche cerrada y sin luna; la mujer escuchó su propio grito sin saber que era ella la que gritaba y bajó los peldaños que había subido y se abalanzó hacia los hombres que pateaban al hombre y agarró a uno por los pelos, sin saber que era ella la que lo estaba haciendo, y se resbaló en el charco de orín que el hombre había dejado entre las vías. No tuvo tiempo de ver la navaja. No tuvo tiempo la mujer de sentir dolor ni miedo; el cabo de la navaja quedó separado de su cuerpo, amortiguado y fatal, entre el vértigo de la piel del tapado y la noche cerrada sobre el río.


Del libro SOLO DE AMOR, Editó: Imprenta Luz y ASDE, 1999
LA VENTANA DE PAPÁ

Mi papá fumaba cada día un cigarrillo después del almuerzo. Sólo uno. Fumaba un cigarrillo y miraba por la ventana del comedor, hacia la calle, mientras el humo, daba tres vueltas en círculos alrededor de su cabeza. Mi papá miraba la gente que pasaba, desde arriba, porque mi casa queda en la planta alta. En la planta baja hay dos garages y un negocio que vende inodoros, bidets, percheros de distintos colores para colgar toallas y bañaderas (bañaderas no, me dijo la dueña: se dice bañeras). No hay espejos ni otra cosa. Es un negocio aburrido y de feo nombre: “Sevlo”. Nosotros alquilamos ese local y los garages, para tener otra entrada, dice mi mamá, que siempre organiza los dineros de la casa.
Mi mamá pensaba que mi papá no sabía hacer plata. Por eso ella tenía que renegar para que no faltara la comida en casa. En casa no faltaba la comida, pero faltaban muchas cosas que mi papá no podía comprar; en el campo nunca nada iba bien. Si no era la sequía, era la inundación, si no era la inundación habían bajado los precios del trigo, y nada alcanzaba para nada.
Una siesta mi papá dejó de fumar un cigarrillo todos los días después de comer. Empezó a fumar también uno antes de almorzar, y otro, antes de la cena. No fumes tanto, le dijo mi mamá, vas a enviciar a los chicos con el mal ejemplo. Mi papá no decía nada. Miraba por la ventana del comedor, desde la planta alta, a la gente que pasaba por la calle. Después se iba al campo. A veces volvía porque la camioneta se le había descompuesto, y otras veces, no volvía. Entonces mamá decía, este hombre me va a volver loca. Y cuando papá regresaba, en realidad parecía una loca que gritaba. Papá se ponía a mirar por la ventana y prendía otro cigarrillo.
Un día le dijo a mamá: no puedo respirar. Mamá fue a la farmacia y le trajo un aparatito que él apretaba y largaba un rocío dentro de su boca. Desde entonces mi papá fumaba y usaba el aparatito. Pero a veces seguía diciendo: no puedo respirar.
Mi mamá, mientras tanto, hablaba de los negocios que debía hacer para tener más entradas, de lo que necesitaba comprar, de las cosas que nos faltaban y de los programas de la tele. De vez en cuando de lo mal que le salía la comida porque siempre andaba regateando ingredientes, o de las vacaciones que soñaba.
Un día llegué de la escuela y mamá estaba llorando. Me abrazó y me mostró a papá acostado sobre el sillón rojo. Fui a darle un beso pero él no se movió. Tenía un ojo medio abierto y el otro cerrado. Mamá empezó a gritar como cuando se ponía loca, y repetía: que nos espera, que nos espera. Fui a sacudir a mi papá para que se levantara pero se le cayó el brazo hacia el costado y tampoco se movió. Mi mamá dijo, ya basta, ya basta, y me llevo hacia la puerta, te vas a quedar en la cocina con tus primos. Mis primos no hablaban, me miraban de reojo y yo me aburría. Después entraron las tías cuchicheando; lloraban y me abrazaban. Algunas salieron con el café y yo me fui al comedor y me puse a mirar por la ventana.
Desde entonces no puedo salir de ese lugar. Veo todo pequeño y diferente. Veo las espaldas y me pongo a contarlas. Es posible que todas esas espaldas lleven como una marca invisible la mirada de papá.


Del libro SOLO DE AMOR, Editó: Imprenta Luz y ASDE, 1999

UN PASO ATRÁS

Entonces ella se colocó detrás del escritor.
Había escuchado su voz por los altoparlantes y quiso verlo después de tanto tiempo.
Ubicó el lugar. Se hizo un sitio entre el gentío que quería llegar hasta él, y avanzó.
La ayudaron a encontrar el stand su voz, agrietada y silabeante -que la guiaba entre la multitud-, y el haber ingresado al recinto por la parte contraria a la que él se hallaba. El escritor elevaba en ese momento hacia el público, la vista y el micrófono.
Sería mejor inspeccionar un poco el clima, oler el aire, y observar los gestos, antes de decidirse a levantar la mano, la ceja, abrir los labios para decir hola cómo estás, es una alegría verte otra vez.
El escritor seguía explicando la necesidad de realizar cada año la Feria del Libro, que de ninguna manera era eso una feria de vanidades para tipos como él, y qué mejor para la gente que los libros, y no ir a ver vacas a la Rural con gallinas que cagaban en el lugar menos indicado, o puestos de loza importada en éste país de pobres.
Ella pensó que ya conocía esas palabras, que le sonaban antiguas, y quiso abstraerse de escucharlas. Descendió sus ojos hacia los brazos fuertes y venosos, y pensó en los abrazos. Recorrió las manos firmes de dedos largos y uñas muy cuidadas, casi de músico, que sostenían el micrófono. El escritor no era bohemio, sólo parecía. Pensó en las caricias, fueron pocas, el escritor es avaro de caricias, volvió a pensar. La irremediable memoria aún fabricaba duendes; pero duendes tramposos que se comían el alma en pedacitos.
No veía su rostro pero lo imaginaba tal cual lo había recorrido una y otra vez, con ansiedad y ternura, y por los anteojos de él, por sus cristales claros, se reflejaba la parte del público a la que miraba. No le hacían falta pero quedaba bien: marcos de carey con patillas doradas; la barbita rala en las mejillas, puntiaguda en el mentón como “chivita”, algunas canas sobre el pelo negro. Como un intelectual de fin de siglo.
El escritor es el centro del mundo, pensó, el ombligo de este sitio. Observó los jeans gastados y los zapatones y se acordó de su negativa. A ella le gustaban otros, menos montañeses, más delicados y de cuero blando, sugirió, abrevió diciendo, te quedarán bien y él, aquellos, los de la suela ancha. Ni siquiera la escuchó. Ahora rescataba desde el fondo, la forma que el escritor quería darse a sí mismo, algo muy cuidado que pareciese sin importancia.
Las piernas breves y el caminar desgarbado, la campera de paño caída en un hombro. Quiso saber si sus labios aún lo extrañaban, y en la confusión no pudo responderse. El seguía hablando y la multitud lo escuchaba en silencio, con respeto, con admiración. Pensó en su pecho, en los carozos chatos que asomaban con asombro sobre la piel blanca y sin vello, en su lengua, y en una tarde de ríos y de pájaros, en que ella lo miraba caminar hacia la orilla, y él cifraba sus pensamientos en enigma.
Pensó en su vergüenza ante un nombre de filósofo mal pronunciado, en los colores que le subían hasta la frente, en que él le decía lectura nena, más lectura, en su frustrado intento de poema que asomaba por la punta del cuaderno ¿Lo leerías? Cuando corrijas, quizá. Por ahora, buena literatura. Puente, río, camino, mi casa, mi cama, mi olor, mi abrazo solito y mío de mí, y para mí, y las lágrimas que no deben caerse en este preciso momento delante de él, no.
Después fueron las llamadas y el contestador automático, ¿para qué‚ tantos mensajes, nena?, abruman. Luego la distancia y él riéndose, un paso atrás nena, como las mujeres chinas.
El escritor seguía hablando de que todos debían tener cabida en este oficio, el de escribir, desde los aprendices hasta los consagrados, que el bueno publica y el que se queja es mediocre; y que lo más original y lo más nuevo pasaba hoy, con certeza, por lo que escribían las mujeres.
Antes, fue el principio en una mesita pequeña junto a un piano, en un bar con luna llena haciendo guiños en la ventana. Su boca caliente, y sus ojos dilatados detrás de los anteojos, detrás de sus cristales sin aumento: vos debiste nacer para mí, nena; únicamente para mí, aunque no te llames Irina. Y ella que claro, que para eso había nacido. Te tomo para olvidar a Irina. Todas sus mujeres se habían llamado así. No se sabe dónde las encontraría con ese nombre tan difícil. Después de ella también fue Irina. Quizá los que escribieran las memorias del escritor dirían, qué rasgo curioso el de este hombre, qué cosa el que sus compañeras se llamen iguales (menos ella; pero qué importancia tenía, su relación tan breve que no sería mencionada en las memorias)
Luego fueron los dibujos en las cartas, las mariposas volando con mensajes, los sueños desvelados. Y el escritor enumerando colegas, y cómo desplazar al que se cruce, nena, y no te olvides que aquél escribe tan mal, malísimo, y aquel otro tan ridículo con sus ínfulas de intelectual; el escritor hablaba de su novela de próxima aparición, ella podría leerla cuando estuviera impresa, ¿qué méritos tenía para verla antes? y ella que claro, que le faltaba tanto para aprender, y él, que conmigo, todo.
El río, el fuego, la salamandra, los almohadones, la sopa de arroz preparada de receta de abuela: dos hojitas de albahaca, un poco de tomillo; acomodar sus camisas, poner en orden puloveres, zoquetes; nunca regalarle nada amarillo como hizo al comienzo con la remera: un insulto para él, ¡es el color de mala suerte!, gritó.
El escritor seguía hablando de la Feria del Libro en la Feria del Libro, que los demás deberían prestar atención a las manifestaciones espontáneas del público, lo que significaba la comunicación, el contacto, el respeto por el trabajo del otro, la libertad y la palabra.
Su cabello estaba recortado y pulcro. La colita atada en la nuca había pasado de moda. A veces salpicaba, cuando hablaba con tanta pasión, y tenía una lengua grande y pastosa, que sacaba de tanto en tanto delante del espejo, para constatar que no hubiese pólipos u otra enfermedad imposible de curar.
Últimamente lo había visto hablar por televisión en el programa de ese conductor que ponía en vilo a la audiencia con sus juicios tajantes y sensacionalistas. Le llamó la atención que se tuteasen. El siempre había despreciado al conductor.
El escritor decía que ya basta de cansarlos con la charla, que ahora deberían ser ellos, el público, los que hablasen, que vamos, animarse, y empezó a levantar el micrófono, y a girar la espalda hacia el costado, hacia donde estaba ella.
Pidió rápidamente permiso a la señora de sombrero que obstruía el paso.
Salió.
Afuera había viento y aire para su ahogo y un poco de noche y silencio y un poco de amor escondido en alguna parte y un poco de olvido, también, quizá.


SELECCIÓN POÉTICA

Del libro POEMAS CON BICHOS, Editó Vinciguerra, 2003

/Hoy me fui de todos y de todo
de mí
de Dios
tan jodida me fui
resbalando por mi cuerpo
haciendo equilibrio con la sombra de las uñas


Hoy me fui sin cantar -yo nunca supe-
guiñando un ojo a la vergüenza


desnuda sobre la helada me fui/



/quisiera ser un bicho más/ no este animal doméstico/


III-CON VIBORAS

Tengo encerrada una serpiente en un frasco verde
En realidad el frasco es transparente
la serpiente es verde

No es una serpiente
dice mi hija
es una culebra enorme y larga
destrozada por un perro

Soledad colecciona culebras, serpientes, víboras
Reptiles

En fin
:mira la belleza donde pocos la ven

Se ha vuelto sabia

Puede raspar escamas
para separar
lo que parece
de lo que es


SAROBIV NOC-III

También yo mudo de piel
de invierno a verano

el que me conoce
no me conoce
y dice que quiere a la otra
la que empuñaba su lengua bífida
en vez de abrazar el silencio

busca a la que no soy

la que vendrá ya esta en mí

VII-CON VACA

El ojo de la vaca se abre acuoso
olor humo leña
anticipa
pelo cuero carne chamuscada

La vaca muge tiembla
Curamos sus posibles padecimientos
para venderla sana

El cepo la sostiene
En un resplandor de lucidez
olfatea el futuro
de vísceras abiertas



ACAV ONC-IIV

Veo que el frío desciende
a través de las nubes que se abren
hemos trabajado todo el día
:los bretes están llenos de barro
y las vacas desparramaron la humedad
¿ven también ellas el frío que baja?

mi padre las contaba con la vista
luego anotaba en una hoja el resultado
mi padre guardaba recortes de diarios
fotos esquelitas cartas
adentro de sus libros
lo sé ahora
:el azar me mostró sus papeles
olvidados en la tierra del altillo
su letra
diminuta y pareja dibujada en tinta negra

sepultados en el moho
los fragmentos de la letra de mi padre
no fueron reclamados por nadie



XVI-CON MOSQUITOS

El aguacero desfigura el horizonte
Se huele la tierra mojada
bajo el sopor de la tarde
Vendrán los mosquitos
cuando el agua diga basta
Nos vestiremos con pantalones largos camisas cerradas

Pero siempre
encontraron-encuentran-encontrarán
un orificio para sacar su gota de sangre


Los que mandan son sus vástagos


SOTIUQSOM NOC-IVX

Los pájaros nublaron el cielo
el día se volvió viejo
pronto

demasiado pronto

¿quién tira de la cuerda

del cordón
del ombligo

del relámpago?


XVIII-CON PUMA

El colorado Zorzón la rastreó hasta bien entrado el monte
Una noche con luna llena

Con la carne de la puma festejaron el 25 de Mayo

Las crías siguen rondando el chiquero
Lo enaltaron
Lo ajustaron
Lo cebaron

Las crías rondan

Peligran los potrillos, dicen
Peligran las ovejas
Les gusta devorar los pechitos jóvenes
Al resto lo dejan tapado con alfalfa yuyo avena

Lo que desprecian
que no sea
para nadie


AMUP NOC-IIIVX


Pinchaban los ojos de las mariposas
arrancaban la lengua a las luciérnagas

ofrezco las silenciosas entrañas
a cambio de un armisticio
para nuestras vacilantes llanuras

ellos, los que todo se llevan
empalagados de sangre
sólo dejan las sobras



XXV-CON CUCARACHAS

Virginia vive en Buenos Aires. Piso 10. Depto 8
La casa de campo
alberga mis días y los mismos bichos
pequeños
claros
casi traslúcidos
Alborotan cañerías, alacenas, paredes, heladera
Nunca estarán vencidas


Desde los comienzos de la humanidad no hay compañía
más fiel
Son como los recuerdos

(Virginia piensa
:también es bueno pisar recuerdos de vez en cuando)


SAHCARACUC NOC-VXX

Huye hija
de esta fidelidad de rutina
de este simulacro de esperanza
de esta pequeñez traslúcida
de este amague de perseverancia
huye


XXX-CON POTRILLO

El potrillo espanta las moscas
con la cola

De tanto en tanto se asegura
:su madre esta cerca
levanta la cabeza
deja de comer
observa

Luego vuelve al pasto
olfatea a la yegua
relincha


Pocas cosas valen la pena


OLLIRTOP NOC-XXX

La fragilidad de la cordura
salir de la manada
salvarse garabateando letras
la turbulencia de la madrugada la escritura el frío
amar hasta el dolor
los amigos
los hijos

pocas cosas valen la pena



/Hoy
me fui del campo
me fui de Reconquista
me fui a ningún lugar y me fui a todos
quise habitar donde existiera el eco
no me hallo en el índice
no estoy en ninguna biografía
me voy de Severín a in sin resonancia
pretenciosa Patricia
hago veda de mí
de mi cabeza
de mis poemas con bichos


se deslizaron
cayeron
se tragaron



y supo que ella y ellos eran una sola cosa




acaso
¿qué esperaba?


No nos queda mucho más que el honor
- y la palabra-


no mucho más



De LIBRO DE LAS CERTEZAS, Editó Grupo Editor Latinoamericano, 2009

PRIMERA CERTEZA

tal vez nadie en el universo piensa en mí
Roberto Juarroz

No hay ruidos en la casa
corro las frazadas
entorno la puerta que da al patio

I

Se ha hecho rutina esto del insomnio
quedarse con el corazón haciendo agua
en mitad de la noche
las manos
hundidas en la tinta


se me han terminado las certezas
saco un poema a medio hacer

:las certezas son también una fuerza de voluntad

las certezas que apretamos para sentirnos poderosos
para agitar al aire pensamientos/ideas/vanos dogmas/
yo soy/yo creo/yo hago
certezas que van delante de una
:paredón y coraza
:antorcha y vuelo



como en un juego de naipes
si una cae
(sólo una)
caen las otras

saco al azar

yo soy fiel

y la recorro en penumbras como a una habitación


II

Ya no tengo respuestas
(para eso sirven también las certezas)
quisiera decirle
(las teorías son otro tipo de certezas)
que todo andará bien
(aunque de verdad no lo sepa)
que todo está en su sitio
(aunque de verdad no lo esté)
que podemos recorrer el amor y salir indemnes
(aunque no sea cierto)


sólo decirle
que hoy /ahora/


en este largo instante que precede al amanecer


alguien en el mundo esta pensando en él


QUINTA CERTEZA

sin la decisión de mirar/ no existe la mirada
Santiago Sylvester

La mañana carga humedad aprisionada en la niebla
:se espera el viento del sur
detrás de la ventana asoman los filos del amanecer
me inclino sobre el lavabo
mi mano izquierda aprisionando la loza
:las piedras verdes / transparentes/ el oro que sostiene
el anular/ la esperanza y la luz


las fibras del sol abren el cielo

:de igual manera se abre el destino
y el sinuoso sendero que empareja hacia vos
:era ayer
(y sin embargo hace tanto tiempo desde ayer)
cuando arremetí /arremetimos
ojo sobre ojo
(cíclope bendito de Cortázar)
para tratar de descifrar/descifrarnos
el fondo de la mirada
que es a su vez el fondo del alma –dijiste-
el fondo del alma y del todo de una/de uno

sin la decisión de mirar/no existe la mirada

por qué
/me pregunto hoy/
si eso ha sido solamente ayer
la imagen sostenida del fondo de vos/de mí
parece una película que hemos visto juntos hace mucho tiempo
por qué pierde entidad
cuando la distancia la fragmenta
y el ojo del cíclope vuelve a ser cuatro ojos

en esto consiste la decisión de ver:
en que hay que ver de nuevo


III


algo fuera de nosotros
situado en escenario de
chandón/espejos/lomo en su jugo para el pan
mastica la cadencia de las imposibilidades
sobre el último beso
los cien kilómetros de tristeza
el instante del pánico

en la brumosa visión
de mañana
o pasado
o después
de pasado mañana

en el silencio blanco
de tu cuerpo sobre el mío penetrado



SED

En la madrugada tengo sed
los pliegues de la almohada
se han adherido a la piel
y la luz difusa
abarca la inmensidad de la mano

parto en dos las rodillas
y calzo al medio una frazada

así el roce deja de doler

(quiero decirte que hay otro dolor
que no lo mengua una cobija)

por la ventana
entra una bocanada de noche
detrás de las rejas algo chilla
la luna está de fuego y sangra
en este frío que distrae la primavera

mi bostezo quiebra la penumbra
la habitación aprieta

tengo los hombros
vencidos y en huida

(¿estarás desvelado
rasgando tus propias cicatrices?)

la luz sigue encendida
en el medio del campo
un pabilo amarillo es un punto de llegada
aunque en mi cuarto partir y llegar
hoy se confunden

prisionera de mi propia casa


LLANTO

Las libélulas planean sobre el tanque de agua

quiero ir más allá de la condición humana
saber dónde quedaron las marcas
de tu aliento lo que fue
que miraban tus ojos el contorno
de tus besos
de amor las pisadas
de calle Corrientes los perfumes
el brindis
por lo que pudo ser

hay un orden secreto bajo el desorden turbulento
existen los milagros
sí que existen
de los multiple choice que se evaporan
queda uno

así como queda mi mano
pegada al pequeño escarabajo
que camina hacia la muerte
al borde
del tanque
de agua


lloro

el cuerpo sabe guardar cualquier memoria



SIETE


La pantalla abre
dice enlace
enter
pide contraseña
dibuja el andamiaje
tu corazón desaliñado
más allá del plasma
del teclado
la hora de los labios
ha acabado

una horda de cuchillos
se hunde
en mi furia de loba
baja en peste y sopor
entre los sapos
el malecón
el río

llena la lengua de alfileres
no hay más disimulos

siempre nos quisimos tanto



FEBRERO

Salgo a la galería del oeste
la reposera de lona
el libro sobre la mesa de piedra
hielo / JB
los anteojos/ las chicharras
leo a G. Cross:

El nudo que nos ata no se ve

no
se
ve
el nudo
que
nos ata
sube un olor a menta desde los charcos
yuyo/ tierra lavada después del aguacero
dentro de mí
el destino del agua
caigo en esta muerte horizontal
dentro de vos
la intermitencia
chispa de aire
mínimos actos de la espera
mujer rota /en tiras
dibujada sobre fondo negro
algo de mí
se derrumba
para siempre

más allá
el peón
ensarta los pastos
con la horquilla


todo lo que existe/existe ahora