Bienvenidos a este lugar de consulta sobre poetas, narradores y ensayistas de todo el mundo escritos o traducidos al idioma español.

"... el bibliotecario protege los libros no sólo contra el género humano sino también contra la naturaleza, dedicando su vida a esta guerra contra las fuerzas del olvido"
Umberto Eco

ALDAO, Andrés

Andres Aldao

Buenos Aires-Argentina//Maalot Tarshija-Israel

Libros publicados:
* Argentina: de factoría agropecuaria a neodependencia industrial / 1971
* Cuentos desde Lejos / 1999 / Ediciones del Exilio
* Biografía del Prof. Natan Trainin / 2000 (reediciones en 2002 / 2003 y 2004
* Ensayitos y sarcasmos en compás de 2x4 / 2001 / Ediciones del Exilio
* Calles Empolvadas de Recuerdos (cuentos) 2002
* A+B Memoria Cotidiana (con Ernesto Bavio), cuentos y relatos / 2004
* Aventuras y desventuras de Ale Aspis (2006. novela). Reeditada en 2007/ 09.
* De Evocaciones (cuentos) 2007
* Tragedia de una generación decapitada / cuentos /2007.
* Aserrín... aserrán / relatos de la infancia y adolescencia /2008.
* Antología de Narradores de Artesanías Literarias / 2009
En preparación:
• Nueva antología (relatos)

OBRA

SELECCIÓN DE NARRATIVA

TODO HA MUERTO. YA LO SÉ

Joaquín Solanas inició su precoz carrera de dibujante cuando cursábamos el tercer grado de la primaria. Hoy, cuando yo ya atravesé el Rubicón de la adultez, no tengo dudas de que Amelia Soto, nuestra maestrita en aquellos felices días de la infancia, fue uno de los impulsos, o la razón decisiva, que convirtió a mi compañero de correrías y travesuras en un eximio bocetista, en un vate del dibujo.
La rubia Amelia, con esa carita ingenua y sus blancas extremidades inferiores expuestas con creativa indolencia, despertó la capacidad artística del gordo Joaquín: dibujos con las piernas cruzadas; otros, con las rodillas y los tobillos juntos, inclinados hacia uno u otro de los lados. Los había con las piernas de la Soto extendidas, o con una de ellas girando alrededor de un imaginario eje.
Todo iba sobre rieles: Amelia exhibía y el artista bocetaba. Hasta que una mañana cualquiera el gordo olvidó sobre el pupitre su última obra de arte, rubricada al pie con una ardiente dedicatoria.
Antes de salir al recreo, a la rubia Amelita (¡oh, destino cruel!) se le ocurrió recorrer los pupitres: un ángulo del dibujo del gordo, que asomaba debajo del cuaderno, despertó su curiosidad.
El resto es obvio. Cuando volvimos del recreo la Soto le pidió a Joaquín que se acercara. Y allí, en el podio sagrado, delante de toda la purretada, le estampó una soberbia y sonorísima cachetada. Un sismógrafo hubiera determinado que el bife de nuestra maestrita alcanzó los 7,5º de la escala Richter.
Las huellas rosadas de cuatro (de los cinco) dedos de la maestra quedaron de muestra en su mofletudo rostro. Estoy seguro de que en ese embarazoso instante el gordo decidió hacer un elegante mutis. Desde ese infausto día cesó de dibujar a la Amelia Soto. O, dicho con propiedad, a las piernas tersas y blancas que, sin duda, le quitaban el sueño.
En lugar de bocetarlas mientras la modelo “posaba”, el gordo dibujaba de memoria, agregando detalles fruto de su imaginación proficua. Joaquín había iniciado la etapa creativa de su carrera. Al día siguiente, todavía agraviado, el gordo me propuso, de sopetón, tomarnos un día de “franco”: “Flaco. -me dijo- ¿Porqué no nos hacemos la rabona?”.
La proposición, elocuente y atractiva, me sedujo. Y nos hicimos la rabona. El sol nos acompañó en la aventura, yéndose a pasear por otras galaxias. Las nubes, sonrientes, tenían todo el cielo para ellas.
El gordito y yo estábamos unidos en las travesuras, los juegos y las confidencias. Expresábamos con vergüenza el cariño que nos ligaba. Éramos buenos compinches, uno flaco, yo, y el otro regordete y bien alimentado, Joaquín Solanas.
Vivíamos en Caballito, en la calle Figueroa. La casona de los Solana era de estilo antiguo, con entrada para auto y bellos vitrales, vajilla de plata y porcelanas, sirvienta con cama y la mar en carroza.
Nosotros teníamos nuestra casa pegados a la casona, en un departamento al que se llegaba atravesando un largo pasillo. En realidad, era un conventillo, medio hotel de inmigrantes, para laburantes que vivían del fiado. Y a veces de la caza y la pesca.
Fuera del gordo, todos los esquenunes éramos reos diplomados en la escuela de la calle, aunque algunos pisamos el palito de la lectura (Carlos de la Púa, Edgar Wallace, Verne, Salgari, Sexton Blake, y lo que venga). El gordo y yo leíamos todo lo que caía en nuestras manos: historietas, libros, revistas. Íbamos descubriendo con infantil asombro lugares remotos, o nos extasiábamos con secuencias de un mundo más simple, sin ordenadoras, con personajes buenos y malos, en el que siempre triunfaban Dock Savage, Dick Tracy, el Agente X9.
El tiempo nos pasaba entre juegos, lecturas y fechorías tales como tocar timbres y salir disparando, o patearle el cajón de fruta a algún vendedor ambulante.
Fueron tiempos de ingenuidad; Caballito era un inmenso bosque encantado, con brujas y hadas; una aldea mágica con trapecistas y payasos, calles adoquinadas y tranvías que nos desafiaban a bajarle el “trole”, muertes y delirios que no entendíamos. Compinches inocentes, a veces tiernos, otras torpemente crueles, huíamos de la tiranía de los viejos y la incomprensión de la gente mayor, atados a reglas y costumbres rígidas. Queríamos saber, aprender los misterios de la vida. O, como suspiraríamos tiempo después, “tomar el cielo por asalto”. Pobres gilunes, nosotros, enfrascados en sueños que iban a terminar como crueles pesadillas.


HISTORIA UNIVERSAL DE LA BRONCA. SÍ.
o: LA BRONCA SEGÚN SAN ANDRÉS

«¿Te creés que al mundo lo vas a arreglar vos?»

En la siguiente página, mis queridos hermanos, seguiré buceando en el túnel fangoso de la sociedad opulenta. Y a quienes van a enfrascarse en la lectura de estos broncoensayos, les recuerdo la inscripción en la puerta del Infierno: “Dejad toda esperanza vosotros los que entráis”. (Dante, La Divina Comedia –Infierno, III, 9) ■

H
ay cosas que te dan bronca. Mucha o poca, pero te dan. La gente no puede vivir sin embroncarse, sin agarrarse una bronca de órdago. En el mundo añejo de las horas lerdas, en que la siesta era una cuestión de principio, y levantarse tempranito para ir al laburo era cuestión de ética, ya existían las broncas. Pero eran distintas, más razonables. Menos complicadas, comprensibles incluso. La bronca ha ido cambiando con los tiempos. Aunque se trate de la misma piedra sin pulir que se aloja en la boca del estómago, o cerrándote la garganta, o a la salida del esfínter, las broncas posmodernas están muy extendidas. Sí.
La gente que hace mucho tiempo no trabaja siempre anda con bronca. Las mujeres de los desocupados, a diferencia de las hembras heroicas que sabían poner linda cara al mal tiempo, tienen la bronca pintada en la facha convertida en un vergel de arrugas prematuras. Los hijos de los embroncados también arrastran la bronca despertada al ver a otros pibes y adolescentes engullirse hamburguesas de varios pisos, ir al cine cuando se les canta, comprarse adidas, bermudas, helados en verano, chocolate con churros en invierno.. Sí.
¿Y los otros? ¿Los pibes con bronca? S dedican a contemplar con bronca acumulada el placer gozoso de los otros, cuyas bronquitas capitales son ¿Nos llevan a Londres o a Miami? ¿A la Costa de Sol o a Mallorca? Los broncosos, por su lado, patean la redonda con furia redoblada, reventando pelotas porque la bronca se va concentrando en el dedo gordo del pie. Sí.
Los comprendo. Cuando yo nací, dicen que mi primera aparición en este valle de lágrimas la hice rojo de ira y gritando como un desaforado. Buscaron cientos de explicaciones a mi bronca precoz, a una bronca que supuestamente no tenía razones valederas, ni científicas, ni puntuales ni casuales, ni causales. ¡Cuán equivocados estaban todos, qué ciegos, madre mía! Sí.
Un día de noviembre, en el año 1929, se me ocurrió escurrirme del vientre de mi vieja. Durante años buscaron la clave del enigma en los horóscopos, en las más estrambóticas combinaciones astrológicas. Y nada. Aunque la respuesta estaba a la vuelta de la esquina. El 24 octubre de aquel extravagante año ocurrió un hecho que nadie enhebró con la bronca visceral de quien esto escribe: el hundimiento de la bolsa en Wall Street, la gran recesión estadounidense y la crisis económica mundial.
¿Cómo un tipo normal, sensible, hijo de inmigrantes proles, que nace rojo de ira no iba a emerger embroncado en un mundo que desparramaba broncas y hambres hacia los cuatro puntos cardinales? Porque El que no llora no mama, como muy bien escribió uno de los más preclaros filósofos de la bronca, don Enrique Santos Discépolo. Sí.
¿Ahora comprenden por qué soy un experto, un perito, un desheredado de la fortuna con una bronca que podría denominar, incluso, congénita, genética, cinética? Ser un tipo atacado por la bronca me trae problemas, pero tiene sus ventajas, sobre todo en este feliz mundo posmoderno y globalizado.
La bronca puede ser causada por una úlcera (efecto) o, asimismo, puede provocar una –o varias – úlceras (causa). Algunos dicen que es un sentimiento (como el peronismo). Otros afirman que se trata de un estado de ánimo; hay quienes recurrieron a la teoría psicoanalítica, una melange de complejo de Edipo y efluvios de Medea. Los freudianos ortodoxos explican la bronca como un fenómeno general de la raza humana, provocada por la salida de los fetos a través de la vagina de las santas madres. Sí.
No respeta raza, religión, sexo, color de la piel, ojos y pelo, estado civil, edad. Y existen numerosos tipos y clases de bronca. Tenemos la bronca familiar y la bronca entre familias (un ejemplo famoso: capuletos y montescos); o la bronca que divide a un país (Braden o Perón, Clinton o Starr, católicos y protestantes en Irlanda, laicos y fundamentalistas en Israel); está la bronca entre vecinos o tanos y gallegos, entre porteños y provincianos, y la del barrio norte y los de piel oscura –cabecitas negras, bolivianos, paraguayos, descendientes de los indios¡(estos sí que tienen una bronca de siglos) –, prostitutas y travestis, gringos y marginados, charlatanes y chorritos al paso. Broncas, broncas para todos los gustos! Sí.

RÉQUIEM PARA UNA CIUDAD DIFUNTA

Una recorrida fugaz, entretenida y melancólica; un regreso a los pasillos de la memoria desde las rendijas del exilio. Relatos sobre una ciudad que ya no existe y amistades extraviadas, personajes pintorescos que nutrieron a Buenos Aires con la llama de la amistad, el gesto solidario o el pintoresquismo barroco.
La imaginación me transporta a mi ciudad cuna. La urbe en la cual anduve soñé, amé y sufrí durante muchos años. Es la fábula que me mantuvo íntegro durante los tiempos de este destierro ya irreparable.
He retornado a ella varias veces. Cuando ahora la veo no la recobro. El encanto del reencuentro se fue quebrando, como un espejo roto que se va haciendo añicos, cada vez más, cada vez más hasta que van penetrándote minúsculas partículas desprendidas de esa rotura incestuosa. Es como una sensación de dolor que se convierte en suplicio.
A veces creo que me la han birlado. O tal vez ésta, tan desconocida, distinta, feroz y hosca, no es Buenos Aires. Quizás es una imitación bastarda, un recorte adulterado, un fragmento de vidas y costumbres de una ciudad y un país que se han copulado con la aldea globalizada y la miseria existencial. Que ha muerto, como una flor marchita que se arrebuja y descompone antes de marcharse al infinito.
Forastero y confundido, voy desplazándome solitario por calles cuyos nombres me dicen tanto y hoy no reconozco, mirando edificios que despistan mi memoria y me empastan los recuerdos; contemplando a esos hombres y mujeres que pasan como ráfagas de hojas secas que se van perdiendo en la anónima frialdad de la urbe.
Esta Buenos Aires, inundada de nostalgias que mueren irremisiblemente. Ciudad helada que ha perdido la misericordia solidaria, urbe donde se extravían las carencias de los pobres, donde se pasean el crimen barato y la droga siniestra. Tan siniestra como los turbios personajes que andan por ella como pústulas del crimen con esas pistolas cargadas de balas hambrientas de nuevas muertes.
Y los vicios cosmopolitas empilchados de esmóquin esperando a los incautos resabiados que husmean en las alcantarillas del Buenos Aires siglo XXI. El polvillo fatídico, o la jeringa, que generan una calma letal o una euforia que envuelve a los incautos en esa agonía macabra, lenta e implacable: en sudarios de vacío, asaltos, crímenes, secuestros y muerte.
Retomo una y otra vez las calles empolvadas de recuerdos, de caras desdibujadas que vuelven del pasado. Y pienso en la vida que fue secuestrada por el tiempo que transcurre inexorable. Ahora es sólo un pasadizo de la nostalgia, de los tantos que se entrecruzan, que a veces mortifican o alegran y confunden. Y siempre duelen.
Es cuando uno cae en la cuenta de que está envejeciendo. Que la ciudad que se transforma nada tiene que ver con el que fuiste. Y que la ciudad que fue, nada tiene que ver con el que sos. Y los barrios reciclados son una réplica atroz de tu propia vejez, emparches soeces de la decrepitud, de la pérdida de vitalidad. De esas arrugas cada vez más arrugadas; de ese cabello que fue deshojándose hasta esta calvicie que te ofende y fastidia.
Y entonces, mientras viajás en un bondi azul y rojo de papel glacé por calles imaginarias de un barrio fantasma, te susurrás, con una mansedumbre inexplicable: ¡Qué joda fulera que ahora deba verte así, Buenos Aires envarada, vacía e insolente! ¡Requiescat in pace •


POR LA CAUSA (1)

«Evocarían hombres como torres que se fueron
desmoronando, compañeros que no regresarían nunca
de su sueño, y que no quedaría de ellos ni el recuerdo,
ni una imagen... Ni la postura en que cayeron
acribillados quedaría.»
Juan Marsé

Se arrebujó en el portal para protegerse del chubasco. Y del miedo. Un miedo que iba creciendo al compás de las horas, las sirenas y esos ruidos que, afinados en la noche, se descarnan y explicitan. Dormitaban en su mente, tensas, en vigilia, las preocupaciones que absorbieron sus dos últimos años: militancia, encuentros, reuniones, riesgos y el temor a la tortura y la muerte.
Los recuerdos lo llevaron a la que fue su vida cotidiana; la ligereza existencial, los días descomprometidos del estudio en el nacional, los amigos, la música y los libros, las charlas telefónicas casi siempre intrascendentes, las noviecitas del secundario, el bulín en la casa de sus padres con pósteres de Los Beatles, Sui Generis. Sueños adolescentes bocetados casi siempre ante el espejo: pitando el cigarrillo como los grandes, ensayando jetas de enamorado y el susurro de frases de galán en la oreja de una minita fabulada, acomodando las ondas del pelo, o examinándose, en delirio, los brulotes impiadosos del acné pustulento.
Deseaba olvidar. Aunque el desvanecimiento volvía a recobrar sus formas definidas, el miedo retornaba, recrudecía y no le dejaba huir de la pesadilla de las últimas horas. Ahora percibía, nítidos, el pánico, la orfandad, el mañana incierto. Aguardaba el nuevo día sin saber hacia donde rumbear. Sabía que estaba cerca de plaza Once; oía las sirenas de los coches policiales, raudos, amenazantes.
Estaba agotado, pero el miedo continuaba apremiándolo. Tengo que permanecer lúcido, o pierdo, pensó desesperado. Los otros habían muerto. Estaba seguro. Y pensaba en Inés. Su imagen, límpida y cálida, se insertaba en su temor. Sobrevivir, ¿pero cómo? Que llegue la mañana de una vez, la gran puta, murmuró.

El día remontaba grisáceo, triste. Caminando llegó hasta Medrano y Rivadavia. Entró a un bar y pidió café con leche y un churro. Estaba desvinculado de todo. Absolutamente. Se le ocurrió llamar al “buzón”. Quería cerciorarse – ingenuo – de que fue una delación y no casualidad. La voz melosa de la mujer le dijo: Te dejaron una cita en… Fue como oír la sentencia: sabía que era una celada estúpida. Tan estúpida como su llamada. Nosotros vamos a ser los próximos – se le ocurrió impotente –. Tenemos que salir del país. Debo avisarle a Inés; que se raje cuanto antes... Que corte toda relación con la gente de la orga: debe haber un buchón infiltrado, carajo.
Llamó por teléfono a la tía de la madre. ¿Puedo ir a tu casa Mercedes?...¡Por favor!...Y no le cuentes a mi vieja que te llamé...

Tomó el 104 hasta Liniers. El cielo parecía una plancha plomiza; las nubes tenían un tono oscuro mate. Contemplaba al gentío que circulaba por Liniers; era como una romería ocupada por vendedores de baratijas, quioscos de cualquier cosa, gente apretujándose para subir a los colectivos. La vida daba vueltas y él metido en un callejón cuyo final no podía vislumbrar.
Llegó a la casita de Ventura Bosch. Mercedes lo hizo entrar toda compungida: ¿Qué te pasó? Estas a la miseria... andá a pegarte un baño. Le narró parte de lo sucedido: Si tu madre llega a enterarse le va a dar un patatús, comentó la tía. Durmió hasta bien entrada la noche. La mujer le pidió que no se quedara: Dejáme sólo pasar la noche, tía, mañana me voy. Vieja cagona, la ofendió en silencio. Sabía que era injusto.
Los pocos que conocía estaban muertos; otros andaban ocultos y no podían dar la cara. Ignoraba, incluso, como retomar los vínculos. Desesperado, llamó a Darío al trabajo y le relató con medias frases parte de lo ocurrido: Andá a verlo a Atilio, es un viejo amigo de la infancia –le sugirió el hermano–. No es trigo limpio pero tiene vinculaciones y te va a echar una mano. Por guita no te hagás problemas, hermanito. La gran joda es como lo va a tomar la vieja. Decíme, ¿desde qué teléfono me estás llamando…? Ah, bueno. Escucháme…
Se encontró por fin con Atilio. José Luis le resumió lo que había ocurrido:
–Tengo que rajar: ayudáme a salir del país. – le dijo mirándolo con preocupación.
–Ya sé, me lo contó Darío y lo leí en el diario. Che, ¡Qué desastre! ¿Y vos como te piraste, pibe? – le preguntó relojeándolo.
–Inés y yo – es mi amiga, ¿sabés? – perdimos el colectivo: tomamos el siguiente y además nos bajamos dos paradas antes. Por seguridad. Llegamos un poco tarde. Mientras caminábamos hacia el lugar escuchamos sirenas, tiros, un quilombo terrible. Cruzamos la calle y tomamos el primer colectivo que pasó por la parada. Más tarde vi el noticioso de la tele en un bar y me enteré que habían matado a todos.
Se quedó callado: tenía un sollozo a flor de ojos.
–¿Qué pasa con tus otros compañeros? ¿Cómo es que te dejaron en la estacada, eh? – José Luis no respondió –. Para mí es un compromiso muy serio y peligroso, pibe – le dijo Atilio – Mañana te contesto...
Al día siguiente Atilio le informó que le conseguiría documentos. Le pidió un par de fotos: Te vas en lancha vía Uruguay. Arreglaron la próxima cita y cada uno se fue por su lado. Un tiempo más a la deriva. No tenía dónde dormir y no quería comprometer al hermano.
Se hizo cortar el pelo y la barba. Continuó yirando discretamente por recovecos de Buenos Aires. Pasaba horas en los cines de Santa Fe y Lavalle tratando de no llamar la atención. Lo flanqueaban parejas tomadas de la mano; mujeres y hombres, tipos trajeados y empleaditos, muchachos y chicas con vaqueros ceñidos, sonriendo despreocupados. Él los contemplaba con ganas de quebrarse. Se sentía como una uva solitaria dentro de un racimo compacto. Andaba en la zona de los bancos; hombres y mujeres se le antojaban hormigas. Confundido dentro de la multitud se sentía protegido: era otro gregario de la manada.
Trató de recordar cuándo fue la última vez que durmió de un tirón, sin sobresaltarse por ruidos extraños, el gorjeo de un ave nocturna o los vientos que arrastraban hojas secas, el vómito belicoso de algún borracho despreocupado en la madrugada, las sirenas agoreras que cruzaban sus temores, aullidos de perros y gatos riñendo por la carroña junto al contenedor.
Cada sonido le evocaba peligros. El miedo le incordiaba, se le iba convirtiendo en un terror melancólico. Percibía la angustia como una cuña alojada en el estómago. La espera se le antojaba una agonía; como sentir las discretas zancadas de la muerte.
Un par de días después volvió a encontrarse con Atilio. Éste lo invitó a comer en el pequeño restorán de la calle Maipú cerca de Corrientes, al lado de la parada del colectivo 10.
–Esta noche te pasan a la otra orilla – le dijo –. Hacéme caso, pibe, si no rajás te boletean. Posta. Los que están muertos chau, pelito pa’la vieja, pero vos todavía podés tomártelas. No hablés de esto con nadies. En esta vida no hay amigos, ni minas, ni un corno. Te voy a dar una mano pero cerrá el buche. Voy a pedirle a Darío que te lleve esta noche a la estación de servicio de YPF, la que está apenas salís de Campana. A las once y media. Traé algo de ropa y toda la guita que puedas juntar... y no vayas a batirle nada a nadies, ¿entendistes? Vos no le hablés a tu hermano por teléfono. Yo te arreglo el fato. Y no te preocupés, pibe, vos hoy te pirás –.
José Luis se fue caminando. Estaba más tranquilo. Y se asombró de la actitud solidaria de un “desclasado” (como los llaman algunos cumpas). No quería morir y desaparecer como un N.N.
El hermano lo llevó hasta Campana. Mientras se abrazaban le dijo, lacónico: Decile a la vieja que la quiero mucho, que lamento no despedirme de ella. Nos veremos, Darío. Se acongojó.
La lancha tajeaba el fuerte oleaje del río y un viento obcecado mecía con furia la embarcación, amenazando tumbarla en la negrura y hundirla sobre el limo del fondo. José Luis tiritaba; el frío penetraba a través del abrigo. Se puso sentimental; recordó a Inés y se entristeció. Cerró los ojos; evocó a los cinco cumpas baleados sin compasión. Le pareció escuchar los disparos y supuso el repentino sobresalto –último, final – de los amigos abatidos por la patota. Imaginó como fueron sus últimos momentos. Quedó deprimido; contemplaba las tinieblas mientras escuchaba el monótono pistoneo del motor de la lancha. Eran cerca de las cinco.
La madrugada era fría y oscura. Iban a dejarlo en la costa uruguaya, en un pequeño muelle entre Nueva Palmira y Carmelo. Un amigo de Atilio vendría a buscarlo. Le avisaron que ya estaban cerca de la orilla. El lanchero desactivó el motor, la embarcación se deslizó con el impulso de la corriente hasta el muelle de tablas podridas y bulones oxidados. Lo ayudaron a bajar.
Ahí estaba esperándolo el personaje que le había descripto Atilio. Bajo y fornido, cabello blanco recortado con prolijidad, ojos escrutadores, algo metálicos e impasibles. A unos quinientos metros del muelle lo aguardaba otro tipo con un Valiant. Se sintió aliviado. Se acercaron al auto. El conductor, con cara de pájaro y ojos saltones, lo puso en marcha dirigiéndose a una pequeña localidad alejada de la costa. No querían llamar la atención. Poco tránsito en la carretera; sólo algunos transportes de ganado que exhalaban un olor pestilente. El cara de pájaro manejaba callado; parecía conocer la zona.

–Escuchame, pibe – le explicó el hombre bajo y apático mientras viajaban –, este favor te lo hizo un gran amigazo. ¡No sabés que flor de favor te hizo! En este tiempo la mano está muy dura, pibe. No se trata de la yuta... son los milicos, y con los milicos no hay jodas ¿sabés? Pero Atilio es un maestro de los grandes. Él sabe que no voy a hacer doblete, ¡para nadies, pibe, para nadies más! Bueno, te esplico el fato en dos palabras. Acá tenés el pasaporte: vos viajás a Caracas hoy a la dos de la tarde en el vuelo 734 de Pluna. Después hacés la combinación a Madrid. Vení, vamo a lastrar algo y de mientras te esplico como tenés que hacerte el gil en Carrasco, con quien chamuyás. Y ojo con los ortiva, ¿stamos pibe? –. La voz del tipo era como un susurro áspero y decidido.

Mojaba las medialunas en el café con leche. El de los ojos saltones había pedido una grapa doble, el de pelo blanco, un guindado. Ojeroso, exhausto, José Luis comía en silencio. Terminó el desayuno. El de pelo blanco prendió un cigarrillo, pagó y dejó unas monedas. Se levantaron y salieron. Antes de abrir la puerta el flaco cara de pájaro les dijo: “Salgan, yo voy al baño... me estoy meando”. El otro lo miró con fastidio. Entreabrió la puerta, dejó pasar al muchacho y él lo siguió...

La descarga es como una serie de truenos cortos y repetidos: ¡ta ta ta ta ta! Los dos cuerpos, ensangrentados, caen como muñecos...
Reflejan sorpresa en la cara, tristeza en los ojos abiertos, los brazos encogidos... como una instintiva e inútil defensa ante la muerte. El cigarrillo, inmutable, lacónico, continúa humeando entre los dedos del hombre de los cabellos blancos…
El cara de pájaro, detrás de la ventana del boliche, se muerde el labio y exhala un suspiro repelente de Judas Iscariote. Repelente y contumaz.


DE LA NOVELA AVENTURAS Y DESVENTURAS DE ALE ASPIS
LOS CENSORES DE LA UDEEF


En realidad, uno no sabe qué pensar de
la gente. Si son idiotas en serio, o si se toman
a pecho la burda comedia que representan en todas
las horas de sus días y sus noches.
Arlt, Los Lanzallamas

Había terminado las correcciones esa mañana, abroché las hojas, metí el manuscrito en una bolsa de plástico y se lo llevé a un editor de apellido Bermúdez. Me lo recomendó un periodista del semanario Visión Borgiana.
Dejé la copia del libro sobre el escritorio y le pregunté cuándo tendría una respuesta.
−Déjelo nomás, Aspis, y deme su número de teléfono− dijo.
−No tengo teléfono, Bermúdez, no utilizo ese aparato− respondí.
−Pero ché, usted se quedó en la vitrola: ¿cómo es que no usa teléfono?
−Me fastidia, suena a la hora de la siesta, a las tres de la madrugada, me pone de punta, me saca de quicio. ¡No quiero teléfono! Dígame, ¿lo vengo a ver dentro de una semana?
−Como quiera, Aspis, no sé si voy a tener tiempo de leerlo.
Me despedí del editor. Bajé en el ascensor (de la época de las invasiones inglesas) y seguí caminando por Tucumán hacia Maipú.
Había puesto mi nombre con letras grandecitas en la tapa:Alejandro Aspis. Aunque los amigos, mi ex mujer, los alumnos de la secundaria donde enseñaba castellano y todos mis conocidos me llaman Ale. Y en la mitad de la página el título: DoReMiFaSoLa — Ar pe gio (Arlt—Perón—Giovani Papini).
Antes solía escribir cuentos y relatos bastante ingeniosos. Llevé algunos a Página13, el diario de los progrezurdos, se los mostré al secretario de la sección Antena y Antena libros, quien les echó una mirada y se quedó con dos para leerlos... Al mes lo llamé por teléfono: No, le juro que no le recuerdo −me dijo−... ¿Los cuentos? Mire, perdóneme, no sé dónde los dejé. Ahí terminó la conversación. Y la validez del teléfono como medio de comunicación. Desde ese punto comenzó la bronca: contra el golfo pituco de Página13. Contra la literatura y sus regentes. Una bronca que se iba propagando en mi sistema nervioso como una peste virósica.
Los cuentos que había concebido los reuní en forma de libro y se los di al editor. En el último año cambié de estilo y me consagré a escribir notas de historia, literatura y política... Puro sarcasmo, tirria.
Nadie las leía fuera de los amigos. Y mis alumnos, que debían soportarlas. Me comentaban que les causaba un enorme placer... No les creía a esos descomunales chupamedias.

Envié los escritos a una agencia de revistas y, oh sorpresa, en una de ellas me publicaron un par de notas dedicadas a mancillar la carrera de letras, a los profesores, al posmodernismo y a los académicos. Un famoso artículo de Arlt, en el que pregonaba la riqueza del idioma porteño y ridiculizaba el estilo finolis y elitista del gramático Monner Sanz (cuyos escritos ni la familia leía, o sólo la familia), despejaron mi mente. Luego continué con la tirada de Arlt contra los críticos literarios −tomé frases del prólogo a Los Lanzallamas− caricaturizando sus ínfulas de escritores porque −decía − son incompetentes, torpes y frustrados.
Otro de mis dardos preferidos era contrastar las palabras con los hechos de toda la ristra de políticos contemporáneos, desde el inefable Alfonsín hasta el somnoliento y trasnochado De La Rua pasando por el saltimbanqui Menem… y la sombra del Viejo cubriendo a toda esa mersa con un manto de misericordia y chanza. A partir de las primeras colaboraciones la revista subió sus ventas y me exigieron nuevas notas. Cuanto más cáusticas mejor, Aspis, rogaban cada vez que iba a la Agencia.
Me causaba un enorme deleite martirizar a los mediocres, crucificar a los corruptos, descubrir las anemias de los grandes nombres, fueren políticos, historiadores o literatos.
Incluso comencé a recibir amenazas al estilo de las que emitían en su tiempo (y cumplían) los tenebrosos de la Triple A en 1974/75. Me mudé: me fui a la provincia... aire puro, un huertito modesto con radicheta y tomates, nada de aglomeraciones ni embotellamientos.
Largué el tubo, fuera los teléfonos, minga (la RAE no la acepta) de móviles, y le oculté mi dirección a todo el mundo. Incluso publiqué un aviso con mi nombre pidiendo datos sobre un conocido escritor (aclaro: él dice que es un gran personaje), al que los chupatintas de las gacetillas le hacen coro; algo así como un retintín de sus frases célebres. Di una dirección existente (no la mía) y un teléfono inexistente. Unos días después leí en el matutino Trombón que en una antigua casona del barrio de San Telmo estalló un artefacto de escaso poder explosivo haciendo moco (la RAE no la acepta) la ventana. Sí sí, es lo que
imaginan...
Felizmente para mi osamenta, no estaban enterados de que daba clases de castellano en un par de escuelas secundarias. Hasta que en un programa de televisión, ante millares de televidentes, un tal Jorge Luis Borgia, escritor y visitante asiduo de las ferias de los libros, me estigmatizó con una descarga grosera de odio. Me tildó de analfabeto, de escribir desicion... y desconocer las reglas de acentuación.
Al día siguiente, ni bien entré al aula, mi alumno Sergio Zinoviev, biznieto de un bolchevique al que Stalin le achicó la estatura, comentó en voz alta − estentórea, diría más bien−, lo que había sucedido en el programa televisivo de Jorge Lanata durante el reportaje a Borgia.
Toda la clase me contempló con sorna, como si fuese un rumiante con terno gris y corbata roja. Ya no podría ser secreta mi actividad pedagógica... Fui a hablar con el director y le pedí una semana de licencia a expensas de mis vacaciones anuales. Me preguntó la razón y le expuse un pretexto. No me las dio.
Al día siguiente llegué a la escuela con un brazo metido en yeso, un certificado expedido por mi amigo Saulo (cardiólogo de categoría) en el que explicaba, con minuciosos detalles, que a raíz de una caída en la bañera me había roto el brazo, desde el codo hasta la muñeca. En lugar de la semana me concedieron un mes... Y desaparecí.

Volví a mudarme... De Ituzaingó fui a parar a Villa Ballester, a vivir entre ex−nazis, hijos de nazis, y nietos degenerados de nazis, chupadores de chopes y comilones de salchichas con chucrut. Allí pasaba desapercibido. Y cada vez que iba a la estación a tomar el tren entraba a la plataforma y levantaba el brazo al estilo hitleriano ante la mirada tierna y complaciente de los neonazis de la ciudad. En ese mes recopilé mis notas, les dí forma de libro y decidí que había llegado el momento de ser famoso con causa, dejar el anonimato y convertirme en un héroe, un titán literario. Así fue como llegué a la editorial de Bermúdez.

Se había cumplido una semana exacta desde el día en que estuve en su oficina. No le advertí que iría a verlo. Fui. Subí en el ascensor (antiquísimo remanente de las invasiones inglesas) hasta el cuarto piso.
Al entrar a la oficina su cara cambió a verde, o gris; parecía un cadáver destripado. Me hizo sentar, me convidó con un habano cubano y me dispuse a escucharlo:
−Aspis — dijo en un murmullo —la UdeEF no acepta que edite su libro.
−De qué carajo me está hablando, Bermúdez, ¿es el partido de la Julita?
−No, hombre, es la Unión de Escritores Famosos, UdeEF.
Luego me explicó la perversa actividad que se esconde tras esa sigla esotérica. No podía creer lo que escuchaba. Le exigí la dirección de esa Unión de atorrantes.

La logia de censores literarios − la pandilla masónica − tiene su guarida en la calle Corrientes y San Martín, donde funcionó en una época la ALN de Kelly y Queraltó (el matrimonio transexual del nacionalismo criollo).
Subí en el ascensor sónico hasta el piso cuarto (es mi destino estrellado: todo lo malo me ocurre en cuartos pisos). Vi la placa cobriza de UdeEF. Golpeé con discreción: tuve por respuesta el silencio más estridente. Ningún sonido. Menos que nada. Decidí entrar y me encontré en una sala de espera. Escuchaba el farfulleo de voces engoladas, risas, a la salud de mis queridos colegas, grititos y otras sandeces por el estilo
Sobre la puerta de la que provenían las voces distinguí la mirilla y entonces pude verlos: estaban casi todos los grandes nombres de las letras, desde Jorge Luis Borgia, Mirta Lagrande, Jorgito Atchís (el que robó flores en los jardines de Quilmes) hasta la distinguida poetisa Susanita Giménez de Alcorta, incluidos otros relevantes personajes del mundillo literario, jugando con serpentinas, pomos de carnaval, matracas, pitos, con una escalofriante curda y exiguas ropas, brincando patéticos y delirantes en la singular parafernalia de la UdeEF.
Dudé un par de minutos y, siguiendo mis impulsos, recordé una de las famosas frases de Don José de San Martín... Entré a la sala de debates en pelotas, como los indios, y les pregunté en medio del jolgorio: ¿Están jugando al carnaval? Permítanme participar, y sin darles tiempo a nada caché un par de sifones y, a sifonazos limpios, les empapé la jeta de censores literarios vociferando ¿Censores a mí? ¡Vamos, hombre!.
No fue una pesadilla... Esto ocurrió, pero no recuerdo cuándo. Los médicos me tratan muy bien pero me quitan los cuadernos y lápiceras y no me permiten escribir porque −aducen− tengo fea letra y horribles faltas de ortografía.
Arlt tuvo mucha suerte •

4 comentarios:

amelia arellano dijo...

Andrés , celebro que estés en este sitio. Como gran trabajador y difusor de la cultura, no podías faltar.Lamento no haya una selección de tu obra, es más, me parece que es una deuda.
Un abrazo. amelia

Laura Beatriz Chiesa dijo...

Andrés: con mucho placer veo que compartimos este bello espacio. Nuevamente la selección del material es impecable, es un placer leer tu narrativa ingeniosa y real al mismo tiempo. Te dejo todo mi cariño y un abrazo,

Avesdelcielo dijo...

Qué bueno encontrarte con tu obra y tu personalidad, en este sitio que retribuye la generosidad tuya para todos los que tenemos el oficio y el destino de escribir.
CARIÑOS
MARITA RAGOZZA DE MANDRINI

ADELFA MARTIN dijo...

¡cuantas cosas nos dan bronca en estoss dìas!,pareciera que mas que nunca...o como nunca...aunque la historia estè llena de esos momentos que a veces parecieran durar siglos, o ser permanentes, eternos...
No tenìa el gusto de conocer tu obra...

Un placer

Saludos