Bienvenidos a este lugar de consulta sobre poetas, narradores y ensayistas de todo el mundo escritos o traducidos al idioma español.

"... el bibliotecario protege los libros no sólo contra el género humano sino también contra la naturaleza, dedicando su vida a esta guerra contra las fuerzas del olvido"
Umberto Eco

LARDONE, Lilia

Lilia Lardone
lilialardone@fibertel.com.ar

Córdoba-Córdoba-Argentina.


Publicaciones:
- Nunca Escupas Para Arriba, recopilación de coplas, Ediciones Colihue, 1994, Buenos Aires.
- Poesía & Infancia, Colección Piedra Libre al Debate, CEDILIJ, 1997, Córdoba.
- El Cabeza Colorada, cuentos, Ediciones Colihue, 1997, Bs.Aires.
- Puertas Adentro, novela, Editorial Alfaguara, 1998, Buenos Aires (reeditada por Editorial Babel, Córdoba, en 2008)
- Caballero Negro, novela para niños. Grupo Editorial Norma, 1999, Bogotá, Colombia (recibió en 1999 el Premio Latinoamericano de Literatura Infantil y Juvenil Grupo Editorial Norma/Fundalectura de Bogotá, Colombia)
- El nombre de José, cuento ilustrado. Sicornio Editorial, 2000, Córdoba. (reeditado por Editorial Edelvives, Colección Ala Delta, 2010)
- Papiros, cuentos. Colección Zona libre, Grupo Editorial Norma, 2002, Bogotá, Colombia ( figuró entre The White Ravens 2003 de la Internationale Jugendbibliothek de Munich, Biblioteca internacional para jóvenes de Munich)

- La construcción del taller de escritura (en la escuela, la biblioteca, el club), en colaboración con María Teresa Andruetto, Editorial Homo Sapiens, Rosario, julio 2003.
-Vidas de mentira, cuentos, Editorial Alción, Córdoba, junio 2003.
- Pequeña Ofelia, poemas, Editorial Argos, Córdoba, octubre 2003.
- diario del río, poemas, Editorial Argos, Córdoba, octubre 2003.
-Esa chica, novela, Editorial Rubén Libros, Córdoba, agosto 2006.
-Los Picucos, cuento ilustrado, Colección La Vaquita de San Antonio, Editorial Comunicarte, Córdoba, 2006 (seleccionado por el Fondo Estímulo a la producción de autores cordobeses).
-Los asesinos de la calle Lafinur, cuento ilustrado, Panamericana Editorial, Bogotá, Colombia, diciembre 2006.
-La niña y la gata, poemas para niños, Editorial Comunicarte, Córdoba, 2007 (seleccionado por el CEAL de México como libro recomendado para nivel inicial)
-La escritura en el taller, en colaboración con María Teresa Andruetto, Editorial Anaya, Madrid, 2008.
- Es lo que hay, Antología de la joven narrativa en Córdoba, Editorial Babel, Córdoba, 2009.
- Córdoba cuenta, Antología de literatura para niños, Editorial Comunicarte, Córdoba, 2010.

En prensa:
Ribak/Reedson/Rivera. Conversaciones con Andrés Rivera (en colaboración con María Teresa Andruetto), Ediciones de la Flor, Buenos Aires.

Integra las antologías:
-Eros, Universidad Nacional de Jujuy y Fundación Osde, 2003.
-Somos memoria, Ediciones del Copista y Cital (Centro de Italianística, Universidad Nac. de Cba.), 2003.
-Cuentos de Babel, antología, Babel Ediciones, Córdoba, 2006.

OBRA

POESIA

I

te veo
madre
a pesar de la bruma
de este día gris

no soy yo
no estás

son otros los encajes

te veo
flotar apenas pequeña Ofelia
tu corona de nardos va marchita

flota
y refulge
entre blancos encajes

un leve rosado perturba aún tus labios
y vas a la deriva
hacia un mundo
irrenunciable

qué es la muerte madre
en qué círculos vas
alejándote

por mi aliento trepan las serpientes
los demonios anidan en mi sangre

madre qué es la muerte

yo no quiero
esta vez
acompañarte
(del libro Pequeña Ofelia, Argos Ediciones, Córdoba, 2004)


primer paseo

un gran pájaro negro
inmóvil
bajo el sol de la mañana

abre sus alas
las despliega
estira cada pluma hacia la luz

ignora mis pasos
mientras lo miro

en la tarde

los pensamientos van
atrás
el biguá
rompe el reflejo del sol sobre el río
se hunde en las aguas turbias
aparece con su presa

él sabe conseguir
lo que desea

movimientos

ha atrapado un pez
plateado

a la distancia veo la lucha

el pez se mueve
el pico del gran pájaro negro lo aprisiona
también se mueve el pico
en otro vaivén

entre el desamparo del pez
y la certeza del ave

el latido de mi corazón
(del libro diario del río, Argos Ediciones, Córdoba, 2003)


Ruidos

El aceite chisporroteante / un móvil de madreperlas en la brisa/
la zambullida/ el falso café al estallar / la llave en la cerradura (cuando espero) /
un moscardón en la siesta de verano /
el primer soplo antes de la tormenta / el crujido del quebracho quemándose /
una moneda rueda / hojas secas bajo mis pies / la bolita cae
sobre las baldosas rojas/
un taconeo en la noche / los molinos de viento (cuando hay viento)/
el teclear de la máquina de escribir / susurros en la cama/
sirenas / el teléfono en la noche /
la respiración jadeante de mamá/ ladridos / una canilla gotea / el globo se desinfla /
la pedrea sobre el zinc / las langostas comiéndolo todo /
un perro rascándose /una voz canta (en esa iglesia de Quito)/
la escoba barre el patio de tierra/ se quiebra el vidrio / las campanas /
pasan silenciosas las hojas del libro en el silencio de la siesta/
un portazo /
golpes en el techo /
ahí vienen/insaciables/
los recuerdos.

Iglesia San Francisco, Quito, 1994
(del libro inédito Dondequiera)


El Capital

En el Citroen rojo
la plusvalía saltaba
cuando las desnudas piedras del camino serrano
detenían tu voz.
Hablabas de Marx
de Rusia
de un largo viaje en tren
en medio de la nieve
de un samovar
que brindaba el té a los viajeros.
Los vaivenes del relato
acompañaban las curvas
mientras contabas lo que la sociedad
capitalista
podía hacer
con los hombres.
El polvo del camino a veces
enturbiaba
tus palabras.
También el humo de los Particulares 70.
Y entonces tosías
como para demostrar
que el paraíso
no existe.

Camino del Cuadrado, Córdoba, otoño 1985.


NARRATIVA

Vidas de mentira*

Sin cara y pálido como la porcelana
el cielo redondo continúa enfrascado en sus propios asuntos.
Tu ausencia es imperceptible;
nadie sabe lo que me falta.
Sylvia Plath

Depende, dijo, y salió con paso rápido hasta doblar en la Cañada.
Federico fue tras él y al llegar a la esquina, espió con cautela. Su padre estaba unos cincuenta metros más adelante y Federico se desplazó cuidadosamente, escondiéndose de trecho en trecho tras las gruesas tipas. Traidor de mierda, pensó, mientras se secaba el sudor con un pañuelo gris. Habían llegado a la zona que más odiaba: los árboles raleaban, los edificios se hacían escasos, y le resultaba casi imposible ocultarse. Por eso, para no perderlo como la última vez de tantas otras veces, decidió esperar oculto en el cañaveral del extenso baldío, donde la Cañada hacía una curva y se podía ver la silueta del hombre recortada sobre las piedras blancas del parapeto. Sabía que lo importante era elegir el momento justo para salir, antes de que su padre cruzara en dirección a la calle empinada. La sombra del cañaveral aplacaba el calor que le mojaba la camisa y Federico se preguntó si esta vez lo lograría. El padre había dicho: Depende.
Traidor de mierda, pensó de nuevo.
Avanzó a trancos por la vereda irregular. Al doblar, su padre ya no se veía y se apuró a subir, bajo el fuerte sol del mediodía. Sin aliento se echó sobre un umbral. Su padre había entrado en una de dos casas igualmente grises, estaba seguro, pero no sabía en cuál. Ambas tenían una puerta al centro y una ventana a cada lado, y observó que la de la izquierda parecía más abandonada.
Esta vez se quedaría hasta que su padre apareciera, lo tenía decidido, no iba a volver atrás aunque pasaran horas y los vecinos empezaran a mirarlo. Su madre decía, No vale la pena hacer caso de los otros. Y otras veces: Nada conforma a la opinión ajena. Ella camina entre las plantas, toca con suavidad los bordes de ciertas hojas, una caricia dulce que Federico registra, como también el asco con el que captura minúsculos caracoles, los aprieta entre pulgar e índice y acto seguido los desecha con un ademán que parece un latigazo. Si los caracoles son grandes (resulta increíble comprobar cómo algunos escapan de su mirada atenta, se deslizan en agujeros y crecen con desmesura), lo mismo los atrapa, también entre el pulgar y el índice, y los aplasta bajo su pie con un ruido seco. Habían sido, estos del jardín, instantes únicos. Federico seguía a su madre, participaba de sus soliloquios y la ayudaba con las malezas. En particular recuerda el enorme placer del día posterior a una lluvia, el brillo intenso de las hojas despojadas de toda mota de polvo y su madre que señala los dientes de león, Ahí, con cuidado, y él se agacha a buscar el punto exacto de unión entre la pequeña raíz y las hojas, lo gira con cuidado hacia uno y otro lado hasta notar la flojedad; sólo entonces da el tirón definitivo, para expulsar un yuyo del cantero de fresias. En esos momentos su madre dice, invariablemente, Verde que te quiero verde, verde viento, verdes ramas, y Federico sabe que una vez más va a contarle el porqué de su nombre. Muchas veces esas palabras han vuelto, como un día en el patio del colegio. Al salir de la clase de Lengua, les había contado a sus compañeros que se llamaba Federico por el poeta que la profesora acababa de citar, y empezó, en medio de una profunda agitación que le dificultaba respirar, a repetir con voz pausada, ¿No ves la herida que tengo desde el pecho a la garganta? y los otros rieron. A partir de ese momento él notó un recelo, que no menguaba ni a la hora de la merienda, cuando ofrecía compartir los buñuelos que su madre había envuelto en varias bolsas para que no ensuciaran nada. Son insensibles, dijo ella la primera vez que Federico le contó que los chicos de la escuela se burlaban porque él sabía poemas de memoria. Vas a hacer el secundario en un colegio de gente educada, le prometió a pesar de la oposición del padre, que no entendía la importancia del latín y el griego. Blanca, dejáte de joder con el chico, dejáme que lo lleve al taller así tiene un oficio. Pero ella dijo: Federico nunca se va a ensuciar con grasa, y ella sabía cómo convencer a su padre. También contaba con la opinión del doctor Estévez, que fue quien diagnosticó el asma después del desagradable episodio en el jardín de infantes, ese ahogo súbito que le acometió en medio del llanto, porque una nena le comió las galletas azucaradas que guardaba al fondo de su bolsita a cuadros. El asma de Federico se convirtió en el arma más contundente que poseía la madre para hacer frente a las ideas paternas acerca de la práctica del fútbol, la concurrencia a estadios, o la posesión de una bicicleta que lo transportara hasta la escuela. Nunca dejaba de sorprenderse cuando ella conseguía imponer su opinión, se tratara de compras o decisiones, de permisos o salidas. Él sentía que su padre no callaba por disenso, sino porque dejaba su voluntad en manos de las de ella. En las pocas veces que lo oyó decir, Blanca, ya basta, la reacción de ella fue mirar en torno como si no se sintiera nombrada, como si el límite, por desacostumbrado, la pusiera en una incómoda situación de duda. Un día, ya adolescente, Federico le preguntó por qué se había casado con su padre y ella contestó, sonriente, Porque era igualito a Gregory Peck, por eso, y empezó a describir el baile donde lo había conocido.

Federico se seca la frente con el pañuelo gris, ya recuperado el aliento. El sol agobia a los escasos transeúntes. Él mira su reloj: la una y media. Entonces come acá, y el pensamiento confirma sus peores sospechas. El padre no ha dejado un solo día de su vida, por lo menos la que Federico conoce, de sentarse a la mesa a las doce y media, después de un meticuloso y lento lavado de manos en la pileta del patio, con detergente y un cepillo que su madre reponía cada tanto. Federico había respetado ese horario, como tantos otros que hacían de su padre una persona predecible. Al principio le dio trabajo, no tenía práctica en cocinar los alimentos hasta el punto justo, a veces miraba las agujas del reloj de la cocina y con satisfacción comprobaba que faltaban cinco minutos para las doce y media, el tiempo exacto en que los gruesos bifes de cuadril adquirirían el sangrante jugo preferido por su padre. En cambio otras veces la respiración se le entrecortaba, sobre todo trasegando con el pesceto mechado con ajo, romero y pimientos, que necesitaba hora y media de cocción, y que a veces no alcanzaba a cocinarse bien porque Federico se había olvidado de poner al máximo la perilla del horno. Sin embargo, con mayores y menores logros, él ocupó el lugar de su madre sin sobresaltos, testigo como había sido de su trajinar por la cocina, mientras hacía las tareas o estudiaba. A la primaria siempre había ido en el turno tarde, a causa del asma, y también porque a ella le gustaba llevarle el desayuno a la cama, después de que su padre salía rumbo al taller. Disfrutaban esos momentos detenidos entre el despertar y las obligaciones. Era, Federico tenía conciencia de ello, el espacio de los sueños en voz alta de la madre, los momentos en los que ella se animaba a contarle sus expectativas. Quiero que estés rodeado siempre de cosas bellas, decía, y a él lo asustaba un poco la pasión que ponía en esas palabras.
Los días posteriores a su muerte encontró que lo más difícil de soportar era el silencio de la casa en las mañanas, y que no se interrumpía con la llegada del padre a comer. Rara vez el hombre comentaba algún hecho y sin embargo Federico esperaba los pasos en el zaguán del costado, el ruido del agua en el lavadero y su presencia en la cabecera de la mesa, el gesto brusco de la mano derecha al apartar el vaso con flores frescas del jardín, los dedos apretando los panecillos crujientes que Federico había depositado con cuidado en la cubrepanera bordada. A veces piensa que todo es como antes, tal cual él lo había imaginado cuando no participaba en el ritual del almuerzo por sus estudios.
Incluso los gritos de la noche siguen igual. Atájenla que se va, había oído por primera vez, el recuerdo no estaba claro quizá porque tendría seis o siete años cuando, agobiado por la falta de aire, se levantó y abrió de golpe la puerta del dormitorio de ellos. Federico volvió a cerrarla, asustado, y se sentó en el pasillo, no sabía si el frío le impedía llamar a su madre o si era por el grito de su padre en medio de la oscuridad, Atájenla que se va, palabras que volvería a oír muchas veces, siempre por la noche. Federico le había preguntado a ella la razón del grito y su madre contestaba que no se preocupara, Así son las pesadillas, y él se habituó a considerarlas parte de la escenografía nocturna que había aprendido a conocer tan bien. Fue recién a la muerte de su madre cuando encontró, al fondo de una caja con fotografías, viejas cartas con indicios de la tragedia ocurrida durante la infancia de su padre. La pesadilla, cristalizada en la expresión Atájenla que se va, evocaba una escena real, vivida por su padre cuando sólo tenía cinco años, y al parecer vuelta a vivir una y mil veces, en cuanto la oscuridad traía las imágenes de la mujer arrastrada por la creciente, frente a las miradas atónitas de su marido y de su hijo. Pensar a su padre pequeño y aferrado a la mano de su propio padre fue un gran esfuerzo para Federico, que leyó con detenimiento cada frase escrita por una vecina del paraje. Recorrió la trabajosa escritura varias veces, hasta entender que la madre de su padre había sido arrebatada por la corriente cuando intentaban vadear el arroyo, Rumbo al pueblo iban, narraba la vecina a pedido de la madre de Federico, y hablaba del pequeño y del hombre, ateridos, vueltos a la chacra sin hablar, solos en una noche interminable. Y leyó también las cartas de su madre a su padre, atadas con una cinta azul de raso, en donde ella desarrollaba sus sentimientos con una fluidez que lo sorprendió. Sabía que le gustaba leer, la había visto abalanzarse sobre los libros que atesoraba en cajas en la piecita de planchar, cada vez que hacía un alto en sus quehaceres, pero nunca supuso que pudiera expresarse con tanta precisión. Era obvio que su padre le había ocultado la tragedia de su infancia y que sólo la intuición de ella la movilizó a indagar hasta que tuvo la respuesta, hecho producido mientras estaban de novios y su padre cumplía el servicio militar de dos años en la base de Puerto Belgrano. De él sólo había tres cartas, en una letra trabajosa e infantil, donde se quejaba por las espinas de las rosetas en las manos, por el viento y el frío. A partir del día de las cartas, Federico se sintió, si cabía, más unido a su padre, consciente de estar frente a un ser cuyo sufrimiento había tocado los límites de la razón. Igual que él, cuando murió su madre.
También había ocurrido de noche, no olvida los gritos del padre desde el pasillo, Llamá al servicio de emergencia, se muere, rápido. Y él ante el teléfono, sin saber cómo buscar el número indicado, y los gritos que seguían, ¿Ya vienen?, hasta que finalmente balbuceó la dirección a la operadora y dijo que era urgente. Al encontrar en las cartas el relato de esa otra noche con el niño y el hombre sentados frente a frente, sin palabras, Federico entendió su propio dolor, su parálisis. Las lágrimas no habían aparecido cuando el médico le bajó los párpados y la dejó quieta en la cama, una mano arriba de la otra sobre el vientre, el padre a un lado y al otro él, que miraba cómo el perfil agudo de la nariz de su madre se volvía cada vez más neto, casi hostil.
Al día siguiente del entierro, el padre se había puesto el mameluco para ir al taller y él comenzó a esperarlo a las doce y media en punto con el almuerzo: la llegada del padre coincidía con su partida rumbo al colegio. El regreso al anochecer era un poco más flexible, ocho u ocho y media, pero se sentaban a cenar siempre a las nueve. Federico jugaba aún con la idea de estudiar, su madre la había alimentado, segura de que se convertiría en un gran poeta como Neruda, o el mismo Lorca, y acaso en un novelista, y los ojos le habían brillado al citar a García Márquez. Sin embargo, cuando después de su muerte Federico recibió el diploma de bachiller, no mencionó el tema. El padre tampoco le preguntó qué iba a hacer, ni siquiera cuando eludió el servicio militar como consecuencia de una revisación médica que lo humilló delante de sus compañeros, por la estrecha dimensión de su plexo. Rencoroso y feliz al mismo tiempo, él pensó que así no abandonaría al padre. Yo no lo voy a dejar solo. Al volver de la revisación, le había contado lo sucedido. Pero en lugar de un gesto de complacencia, su padre dijo que el servicio militar era para los hombres, y se sentó a esperar que le llenara el plato.

No tiene memoria del día exacto en que el padre no llegó a almorzar. Pensar en eso le da rabia, se reprocha no haberlo anotado en el almanaque de la cocina; una simple rayita hubiera bastado para fijar el momento. Siempre le pasa así con las cosas que más le importan, los cumpleaños, los aniversarios. Tu madre era novelera pero vos no sé qué tenés en el mate, había dicho el padre cuando Federico olvidó que se cumplía un año de la muerte de ella.
Sí recuerda la primera noche en que su padre no durmió en la casa. Al día siguiente Federico le contó que le había costado dormirse, Menos mal que en la tele daban una película muy buena. Y el hombre contestó: Vos te creés que las vidas son de mentira, igual que tu madre.
En los últimos meses Federico ha rondado por la casa con desconcierto, al observar cómo sus milanesas siempre a punto se secan y las ensaladas marchitan. No se atreve a tocar la mesa puesta, sólo deja transcurrir el tiempo hasta que la luz borra los contornos. Entonces, prende la lámpara de la cocina y empieza el ritual de la cena.
Una noche vio por la televisión una película vieja. Un huracán, pasiones, y Humprey Bogart diciendo: Cada uno lucha sus propias batallas. Se acostó y por primera vez en muchos meses durmió de un tirón hasta la mañana. Desde que despertó, las horas pasaron rápidamente.
A las doce fue hasta el taller y de pie junto a la fosa, le preguntó a su padre si volvería a almorzar. Depende, dijo, y Federico salió a la vereda soleada para buscar la protección de un portal desde el que pudiera espiar la salida.
Ese día y muchos otros lo siguió pero, veloz, la figura delgada del hombre se escurría y ganaba la calle empinada en la que, invariablemente, se perdía.
Hasta hoy. Oculto tras un paraíso rugoso, mira el reloj: casi las cuatro de la tarde. Sabe que en pocos momentos se abrirá una u otra puerta de una u otra casa gris y que entonces verá salir al padre, porque el taller abre a las cuatro.
El hombre aparece en el umbral de la casa de la izquierda, vuelve la cabeza hacia un lado y otro, prende un cigarrillo y camina calle abajo.
Federico espera a que doble, cruza la calle y da tres fuertes golpes con los nudillos en la madera descascarada. Cuando la joven mujer abre la puerta, secándose las manos en un delantal, él la mira a los ojos y le dice: Puta.

*cuento perteneciente al libro homónimo publicado por Alción Editora, Córdoba, 2003.