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"... el bibliotecario protege los libros no sólo contra el género humano sino también contra la naturaleza, dedicando su vida a esta guerra contra las fuerzas del olvido"
Umberto Eco

PEDROZO CIBILS, Amanda


Amanda Pedrozo

Asunción-Paraguay.


Libros publicados:

* Las cosas usuales (Editorial El Lector)
* Mujeres al teléfono y otros cuentos (coautoría, editorial El Lector)
* Mal de amores (editorial Arandurá)
* Diario del bosque del Este (editorial Servilibro).
* El Gato, la Ratona y Canallita.

En preparación:
* El yacaré y otros cuentos.

OBRA

SELECCIÓN NARRATIVA

LA BOA

-El nene, mamá, el nene.
La madre espantó los mosquitos de un manotón que dejó su marca en la pielcita morocha. El nene ya no podía llorar y porfiadamente se prendía al pezón aguado y dulce que se hamacaba y pegaba un salto cada vez que se le escapaba de la boquita caliente. Pero el nene comenzó a respirar desde un fondo sin retorno. En ese momento justo la madre, desde la orilla de los camalotes y de los helechos inclinados se agarró a su determinaciòn y vio entre el verde oscuro y los pétalos del agua la cabeza tremenda de la serpiente que se comía a su hombre (después había contado que segundos antes él había estado tirando la liñada aunque sin esperanza, que por eso ella sólo se dio cuenta cuando ya no podía hacer nada sino salvar a sus criaturas y salir disparada del horror).
La niña leyó la desesperación en los ojos de la madre y en esa lengua que le salía apretada y extraña cuando ocurrian esas cosas le dijo:
-Mba’e pio oiko jeyma mamita?
La madre extendió el brazo y señaló la sombra en la noche líquida, se escuchaba claramente el enloquecido plas-plas debajo de las hojas y el aroma se desprendía sin contención hacia el viento. La naricita del nene se estremeció buscando la parte menos fría del aire para seguir viviendo. La niña miraba quieta la laguna inmensa y se sintió atrapada de los brazos y retorcida por la madre que empezó a correr con la cabecita del nene bamboleando sobre su hombro derecho. La niña miraba hacia atrás y notó los círculos de luna alrededor de los manchones lechosos que semejaban estrellas en el agua.
–Qué lindas las flores para llevarle a la Virgen de Caacupé –pensó mientras empezó a correr detrás de la madre desprendida de ella o estironeada, ya daba lo mismo y se entretuvo con la idea del ramo de yrupe a los pies de la imagen, justo tocándole el borde del vestido azul a María madre mía y protégenos con tu manto. Pensó en los tallos chorreando savia espesa en sus manos mientras respondía ordenadamente las preguntas que le iba haciendo el karai comisario, porque en ese momento la madre lloraba con la cara seca y no podía responder nada sino repetir cansada que la boa salió del fondo, que ella calcula que habrá venido de la orilla del mismo río (porque allí suele haber, dijo con esa memoria que se guarda en los ojos) y que en ese mismo momento se estaba comiendo a su hombre con liñada y todo, y qué voy a hacer Dios mío sin marido y con siete inocentes que me van a pedir que comer y seguro encima mi única nena ésta que ve acá señor autoridá me sale puta como su abuela paterna y el nene luisón porque es el séptimo hijo varón, ay Dios mío qué habré hecho, qué voy a hacer ahora y a lo mejor si se van enseguida le pueden sacar de la barriga de la víbora vivo antes de que se convierta en mierda de kuriju, si Dios y la Virgen permiten (tuvieron que subir la cuesta, pasar por el patio de Luciana Baltazara, pisar ranas y sapos y esquivar los gansos filosos y el relincho de los corrales hasta el alambrado de púas y el barranco y la orilla donde oyeron –aún- el chapoteo).

.... ante mí la testigo, Luciana Baltazara Martínez, 44 años, soltera pero amancebada según hace constar, domiciliada en las inmediaciones del lugar del hecho, dijo que a las 23:45, siendo el día 22 de febrero del corriente año, vio pasar en estado de aparente agitación a su vecina nombrada como ña Desí, a quien conoce por ese nombre solamente y por ser su marido don Eusebio Lezcano, pescador como ella. Siguió explicando la testigo que con su hijo menor Leoncio, de 14 años, vieron que tras la citada ña Desí iba corriendo su hija Viviana y agregó que la mujer llevaba en brazos a su pequeño hijo de meses cuyo nombre no sabe pero dice sospechar que la madre por simaspena ni siquiera le hizo bautizar todavia. Concluido lo cual, agregó que ella salió gritándole con su menor hijo Leoncio por si precisaba algo, pero que su vecina y la hija siguieron corriendo sin parar como perseguidas por el mismo diablo lo cual a su entender no sería extraño, pero sin responderle ni una palabra, y que la niña Viviana llevaba algo blanco en las manos, que a ella le pareció que eran flores pero su hijo el citado Leoncio la contradijo diciendo que era el pañal de su hermanito.
Preguntada sobre si quería agregar algo más, la testigo dijo que no tiene la seguridad pero que en realidad hacía meses no veía a su vecino el pescador y que oyó rumores pero que no piensa hablar de eso porque no viene al caso y tampoco le gusta quedar como chismosa, que lo único que puede decir con seguridad es que ña Desí es una madre sacrificada porque no tiene más remedio, que le consta que a veces hasta se ofrece para labores domésticas o carpido de patio, y que ella en persona suele comprarle algunas piezas de mandi’i para aliviarle la vida, porque nota que sus hijos no tienen ni qué comer.

Concluida la declaración de la testigo, comparece quien dice llamarse Santa Viviana (11 años), soltera, la menor hija de doña Desideria de Lezcano, en carácter de denunciante. Asegura que una boa apareció en la orilla de la laguna y que arrastró al marido de la madre, “mi mamá me gritó porque a mi papá ânga le comió la kuriju kakuaa, me dijo que tenemos que correr y escuchamos el ruido cuando le rompía toditos sus huesos…”, aseguró la menor, quien dijo que hablaba ella en nombre de la madre, en consideración de que ésta se encuentra en shock desde el momento en que vio en vivo cómo el animal nombrado como “boa” o kuriju salió del agua y devoró a su marido. La denunciante en este punto aclara que el supuesto hombre devorado no es su padre de sangre, sino su padrastro.
Tras lo cual el personal policial a mi cargo se trasladó al lugar de los hechos en fecha 23 de febrero del mismo año y a las 02:30.
Agregado a lo cual, da fe de todo lo dicho por la denunciante el informe del suboficial Antonio Galeano y el conscripto Eusebio Peralta, quienes fueron los primeros en llegar a la laguna citada como Aguapé, porque encontraron a la ahora viuda y a su menor hija cuando ambas iban corriendo a pedir auxilio en la comisaría, y para acelerar el socorro fueron con ellas de inmediato al lugar. Aseguran los primeros intervinientes Galeano y Peralta, que pudieron comprobar que un cuerpo humano estaba siendo devorado por una boa, lo que no pudieron evitar por haberse sumergido el presunto monstruo en momento de ver a ambos, con la mitad del infortunado ya en su interior y el resto, es decir las piernas (una de ellas todavía con bota de goma y la otra descalza) pataleando en estado aparente de desesperación. El suboficial Galeano informa que logró tomar una foto del momento que la kuriju a la que describe como la mayor que haya visto en su vida, se sumergió tragándose lo que quedaba de la víctima, o sea, el señor esposo de la denunciante, y que ésta en ese momento estaba en la orilla, viendo todo, gritando y con su criatura en brazos. La hija de la infortunada supuesta viuda también se encontraba en el lugar, juntando flores de camalote y sin hacer caso del llanto de su madre. Siguió relatando que en su oportunidad presentará la foto de referencia, cuando así le requiera el juez y si le pagan el revelado porque el último dinero que tenía en su poder lo invirtió en la compra del rollo y que además sólo le quedaba una pose dado que por orden de su inmediato superior tuvo que tomar fotos en el cumpleaños de 15 de la hija del señor comisario.

La madre reemplazó la vela derretida apagando con dos dedos la llamita chisporroteante, alisó con la palma de la mano el sebo que había forrado casi del todo la botella de caña y metió en la hamaca de trapo al nene, envuelto como un cigarro y eructante. Antes de dormir la madre acomodó las bolsas de víveres, las ropitas todavía atadas con piolín, las cajas de velas y fósforos que les trajeron los vecinos y las damas devotas de la parroquia apenas se enteraron de su desgracia. Antes de dormir las dos se sentaron a comer el guiso con mbeju que les acercó ña Luciana Baltazara esa noche. La niña ubicó su ofrenda de flores a los pies de la pequeña imagen de la Virgen y la madre chupò el resto de la leche azucarada que había quedado en el biberón y se frotó los pezones con un poco de sebo de la vela, para que no se me cuarteen, dijo despacito. Antes de dormir el nene sonrió por un costado de la boquita. La niña le bordeó con el meñique el hoyuelito: -barriguita llena corazón contento –dijo también despacito.

-Vos callate estúpida –la madre creyó que la niña estaba hablando de la boa. –Mediante eso ahora tenemos para comer –la niña la escuchó pero se fue durmiendo pensando que si el nene se moría de la fiebre le llenaría de pétalos blancos todo el cajoncito y estaría tan lindo con su sonrisa de barriguita llena quieta a un costado de la boca y también le regalaría el rosario blanco y la velita de su primera comunión, para que vaya al cielo de los angelitos morochos listo para cuidarla a ella y a la madre desde la nube rosada más linda que hay (esa noche se soñó a la orilla de la aguada, con las manos chorreando savia mientras un niñito de boquita seca se le iba muriendo entre los pechos de madera, y su niñito tenía sus ojos y la misma cara del hombre que estaba siendo devorado ante sus ojos por un tremendo jaguarete y sólo podía ver ya los pies mientras el resto era arrastrado a jironazos entre los altos yuyales de la orilla de la aguada).


ECLIPSE

-El ojo de dios –dijo, mirando el sol rojo que sorbía las sombras, aún aquellas sedosas de los ojos de ella, su único amor que también sería el último (porque los vaticinios). Era tan fácil subir así los peldaños de piedras, con ella respirando a su lado como los pájaros, iluminada por las antorchas de aceite y él podía ver a refilones la piel rojiza y el sudor de su amada llorando sin sufrimiento entre los arañazos de fuego y la fascinación de los hombres, esa muchacha de caricias adivinadas que duraban más allá de la piel y que, ahora sí, en medio del sopor y el delirio del sagrado brebaje cantaba como una niña estremecida y sexual. Cuando el sol rojo se tragó de un soplo todas las sombras y ya era sólo un anillo de oro en la oscuridad el pueblo suplicó de rodillas al ojo de dios y el aullido llegó a las caderas vírgenes de la muchacha que empezó a girar igual que una flor de ceibo que se despeña al mar desde el acantilado, pero era su cabeza que caía desprendida y después el ropaje y los arañazos de fuego sobre las olas de sus cabellos negrísimos en el agua. Y claro, la sangre en la hoja del cuchillo, entre las piedras, y el grito alborozado de los hombres al asomar de nuevo el ojo de dios sobre el pueblo, que es como decir lo único que importa.

KARAI SIMÓ

Por vigésima vez iba a pasar solo el Año Nuevo desde que su mujer lo dejó y para animarse a dejarlo tuvo que bajar corriendo el tape po'i que lleva al arroyo de las ánimas antes de que el amor la hiciera volver a los brazos atormentados de su hombre. Karai Simó se quedó mirando las piernas nerviosas de la ingrata y caprichosa Vicenta Encarnación y la cabecita negra de su hijo Juan que se iban de su vida hacia el rancho de la abuela. Para aguantar el golpe y aguantar la vida tuvo que pasar los meses y después los años mirando el florecer colorado de las batatas desde donde podía espiar el viejo camino de las carretas por donde podía haber venido Vicenta Encarnación de nuevo a su vida, si no hubiera sido tan caprichosa.
Karai Simó remediaba su desgracia haciendo todas las cosas como en el tiempo de bonanza en que su mujer todavía estaba en la casa y Juancito era un gozo moreno lleno de hoyuelos que no lo dejaba dormir ni estar despierto. Juntó sobre la mesa en el patio todas las frutas que precisaba, aspiró el olor de tierra nueva del cántaro y un rato después llenó el jarro con el clericó fresquísimo que sabía a Vicenta, casi a la piel quemada y generosa de Vicenta, a sus senos resbalosos.

Por vigésima vez Simó se puso su camisa almidonada después de bañarse en el agua del pozo bajo la parralera doblada de racimos jugosos. Extendió sobre el catre una sábana blanca que olía a pacholí, se sentó a esperar como todos los años lo que no habría de llegar nunca, llenándose la boca y el alma del clericó que iba sorbiendo del jarro y cuando llegó las doce de la noche estaba definitivamente llorando, él solo en la casa, en medio de las bombitas que sonaban lejos.
Cuando comenzó a divisar el bulto que venía llegando por el tape po'i desde el arroyo de las ánimas, apartó apurado el llanto y la resignación y por un momento creyó que era Vicenta Encarnación que venía a pasar con él el Año Nuevo. Era para ese momento que había estado mirando fijamente el florecer colorado de las batatas por tantos años. Era para trenzar con adoración sus cabellos oscuros, para apretar sus senos resbalosos, para aspirar su olor a madreselvas y naranjas maduras, para tumbarla en el catre y quererla como antes, morderla despacito en la mejilla derecha hasta llevarla a la orilla del dolor, para ponerle finalmente con la boca una dalia morada entre los dedos.

Después se durmió con el cuerpo apaciguado de su amada y caprichosa Vicenta entre los brazos. Despertó estironeado por Juan que le decía lo imposible, que su madre había muerto de repente esa medianoche, que yo sé papá que ella te dejó pero igual está muerta y fuiste su único hombre después de todo.
Karai Simó cruzó corriendo el arroyo de las ánimas, hasta ver cómo su amada Vicenta reposaba quieta y sorda y muda para siempre, con una dalia morada entre los dedos y una huella de mordizco en la mejilla derecha.

3 comentarios:

Susana Lizzi dijo...

Muy bueno este material, querida Amanda; de importante tono de rescate cultural. Es bueno, además, conocer tu rostro, amiga paloma. Cariños! Paloma Susana

amelia arellano dijo...

Amanda, querida Amanda. Tus palabras son alimento para mí. Panza llena , corazón contento, diríammos los argentinos.
Abrazo, hermana.
amelia

Biblioteca Popular Puerto Tirol dijo...

Amanda

Más que bueno.
Megustó muchísimo lo leido.
Tienesun cuento sobre el Lobizón?
Cariños
Esteban-Chaco-Argentina